El chileno Matías Bize es una de las grandes esperanzas blancas de una cinematográfica aún en pañales, que está empezando a salir al exterior e intentando llamar la atención a toda costa. Con tres películas a sus espaldas, gracias a la tercera, En la cama, logró la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid. La cuarta es la que aquí nos ocupa, rodada en 11 días y montada en menos de una semana por encargo del DiBa (Digital Barcelona Film Festival) para ser estrenada el día de clausura. Las expectativas de la organización y el bombo dado por los medios de comunicación barceloneses se han revelado, sin embargo, como una inteligente operación de marketing organizada para reforzar el interés hacia un proyecto fallido, gris, irregular, que a pesar de (escasos) momento de interés acaba dejando el amargo regusto de haber visto un cortometraje hinchado hasta conseguir una duración estándar de hora y media.
Lo bueno de llorar parece nacer de una reacción de Bize hacia su obra anterior, En la cama: si aquélla era una película llena de diálogos intrascendentes, en esta ocasión opta por los silencios y por conversaciones supuestamente "profundas"; si una estaba ambientada en una habitación de hotel, con los movimientos reducidos al mínimo, en esta ocasión los personajes están en continuo movimiento; si aquélla era una reflexión sobre el encuentro de dos desconocidos a partir del sexo, ésta habla de la ruptura de una pareja que lleva mucho tiempo comprometida. El problema es que ni el director ni su guionista saben encontrar la trascendencia en lo que están contando (da la sensación de que es por culpa de una notable falta de madurez, que les impide empatizar con los protagonistas), ni a través de los escasos y nimios diálogos, ni mediante los momentos de silencio, en los que los actores no transmiten nada más que el estar siguiendo los movimientos de la cámara.
La sensación que provoca su superficialidad argumental de estar asistiendo a una especie de práctica de fin de curso está empeorada aún más por un trabajo de cámara voluntarioso de Gabriel Díaz, director de fotografía y compañero inseparable de Bize, que sin embargo no es capaz de sacar la menor fuerza compositiva a los planos. La belleza de éstos es puramente funcional, casi televisiva (lo que está reforzado por el rodaje con cámara digital de alta definición), y no aportan nada a la historia que no se mencione en los diálogos. En Lo bueno de llorar abundan los largos planos secuencia donde nada ocurre, supuestamente para conseguir una mayor intensidad en la interpretación de los actores, pero la torpeza con la que están elaborados anula sus buenas intenciones. Sólo hay que ver el plano cámara al hombro que sigue a los dos protagonistas al entrar al metro para, después, seguir a una pareja con una niña en su largo recorrido por un andén, enfocando al final a la heroína al otro lado de la estación: ¿realmente eran necesarios esos largos minutos de plano de seguimiento para hacer una metáfora tan torpe de sus ansias de ser madre?
Aunque utilizar las odiosas comparaciones siempre son un recurso fácil y cómodo, es casi inevitable hablar de esta película sin mencionar Antes del atardecer, la segunda parte del díptico de Richard Linklater protagonizado por Ethan Hawke y Julie Delpy. Allá donde el director americano conseguía captar el lento transcurrir del tiempo que los protagonistas pasan juntos, además de los conflictos internos (personales y afectivos) que les provocaba a sus dos protagonistas haber superado la treintena, Bize sólo consigue una narración torpe, que avanza a trompicones, y que si hubiera estado protagonizada por adolescentes no habría chirriado en absoluto. Ni siquiera las buenas intenciones de Vicenta N'Dongo y Álex Brendemühl consiguen sacarle algo de brillo a unos personajes planos, insípidos, insalvables por culpa de un director más preocupado por cumplir el cortísimo plan de rodaje que por explorar de forma profunda e incisiva una crisis de pareja. Para eso siempre nos quedará Bergman.
a las
09:24
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7 comentarios:
a que te refieres con "esperanza blanca"?
Andrés, "gran esperanza blanca" es una expresión que, al menos aquí en España, se usa para referirse a alguien en quien parte o toda una comunidad tiene puestas sus esperanzas en que consiga algo importante. En el caso de Matías Bize, que se convierta en un cineasta importante.
Y la expresión, por si a alguien le interesa y lo desconoce, viene de la forma en que diversos promotores pugilíticos vendieron a sus luchadores blancos de cara a derrotar a Jack Johnson, el primer campeón de los pesos pesados de raza negra. El individuo se había casado con tres mujeres blancas y eso no lo veían muy claro (redoble de platillos) en los EEUU de principios del XX. De ese odio y del afán por destronar a Johnson surgió el deseo casi mesiánico por hallar "la gran esperanza blanca", algo que se ha repetido con posterioridad en momentos de supremcía negra tanto en el cuadrilátero como en otros deportes, a lavez que se ha exportado a otros ámbitos, empleándose con la pertinencia con que lo hace Tonio.
Bueno, ahora viene cuando alguien revela que la he cagado y que el asunto viene de antes, por cualquier otro motivo, y que los "DonKings" blancos del siglo pasado lo utilizaron en su caso particular.
Joder que k.brohn.....jejeje, desconocía el origen de dicha expresión.
Saludos
Es que hace tiempo soñé que me gustaba la Historia, también imaginé que me atraía el boxeo, tal vez soñé incluso que me gustaba el cine...
Comer (bien) y dormir (lo que se pueda)
Un saludo a todos
Es justamente con antes del atardecer la película con la que también comparo a Lo bueno de llorar.
Si me preguntas cuál de las dos prefiero, está claro que la de linklater. Sin embargo, veo mucho más probable en la realidad que se den los eternos silencios de lo bueno de llorar antes que el ping pong de brillantes dialogos de antes del atardecer, y es por ello que le doy mérito a la película de Bize.
Sí, pero es que en la película de Bize, sinceramente, cuando hablan es para decir obviedades o reflexiones un tanto adolescentes. En cambio, en el film de Linklater veo a dos adultos reflexionando en voz alta.
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