Deberíamos revisar la facilidad con la que, antes directores que tienden al plano corto y esteticista como Michael Bay, hablamos de estilo videoclipero. Este videoclip de Marc Webb, según una canción de Daniel Powter, es una fantástica demostración de cómo, en apenas cuatro minutos, se puede contar una historia que llegue al público y despierte una sonrisa de complicidad con más eficacia que la media de comedias románticas que se hacen hoy en día.
Habrá quien quiera tirarle algo a la cabeza a este comentarista por hablar bien de un videoclip que, por enésima vez, trata una historia de amor, especialmente después de cargarse lo último de Haneke. Pero me hubiera gustado que un solo minuto de Caché me hubiera mantenido tan enganchado como los que dura este vídeo. Y además, me alegró el día. ¿Qué más se puede pedir a una pieza audiovisual? La trascendencia y la profundidad están muy bien, pero, como a todo ser humano, a veces está bien que te recuerden que existen cosas como el amor.
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El austríaco Michael Haneke se ha caracterizado desde los inicios de su carrera por hacer un cine provocador, radicalmente personal, lleno de una violencia fría, contenida, que siempre ha intentado hacer reflexionar al espectador por la manipulación de las imágenes, del discurso cinematográfico. Esa idea, que reforzaba los discursos sociales de películas como El vídeo de Benny o Funny Games, ha sido llevada al extremo en su última película, Caché, donde el juego con la flexibilidad de la narración cinematográfica llega hasta el punto de no dejar claro prácticamente ningún punto argumental de la historia, dejando en las manos del espectador las conclusiones que quiere sacar de la misma. Es, pues, un puzzle a gusto del consumidor: depende de cada uno si lo quiere aceptar o no.
Y es que, si bien es de agradecer que aún haya directores que no tomen por tonto al público, y dejen la posibilidad de hacer múltiples lecturas de una historia, la ambigüedad de la narración que Haneke realiza en esta ocasión llega al extremo de no dejar claro siquiera cuál es el discurso de la película. Se habla sobre la deleznable masacre de París en 1961, y del sentimiento de culpa del personaje de Daniel Auteil (y por extensión, de toda la sociedad francesa hacia los emigrantes), pero lo que hay más allá queda a elección del espectador. Una idea atractiva sobre el papel pero que, en formato cinematográfico, parece una simple tomadura de pelo. ¿Para qué arriesgarse a tomar partido, a condenar a unos u otros personajes, cuando se puede dejar en manos del público? ¿Quién necesita elaborar una conclusión a lo que ocurre, cuando el espectador se puede montar la suya a medida? El problema de la modernidad mal entendida es, precisamente, que da lugar a conjuntos vacíos como éste.
De hecho, allá donde películas anteriores como la mencionada Funny Games, La pianista o El tiempo del lobo causaban reacciones viscerales en los espectadores, provocándoles a nivel visual con esos planos largos y llenos de tensión habituales en Haneke, en esta ocasión todo discurre con un ritmo narrativo adormilado, soso de tan plácido. La supuesta inquietud de la situación brilla por su ausencia y, de hecho, sólo hay un momento que consigue encogerle el corazón al espectador (y unos efectos digitales mejorables le quitan algo de eficacia a una escena, por otro lado, memorable), para volver a perderse en la morosidad de sus encuadres. El director parece haberse aburguesado con Caché, como si hubiera diluido su habitual contundencia narrativa con el objetivo de afrancesar esta reflexión supuestamente profunda sobre la adaptabilidad del discurso audiovisual. Ah, y por si alguien no lo había pillado, hay una escena en que Auteil manipula el programa de debate que dirige... ¿Quién decía que respetaba la inteligencia del espectador?
Pero, guste o no guste Caché, hay que agradecer que existan directores que se arriesguen a probar cosas distintas, a innovar la narración cinematográfica mediante discursos más densos, menos lineales que los hollywoodienses. Pero también sería de agradecer que cierta intelectualidad cinematográfica no celebre por sistema cualquier experimento de este tipo que "implique reflexión" (¡cuántas cintas de género requieren una reflexión que este tipo de listillos son incapaces de hacer!) y que aprenda a distinguir los diamantes de las zirconitas. Haneke es autor de algunas de las películas más provocadoras y sugestivas de los últimos años pero, en esta ocasión, le ha salido el tiro por la culata: reconocer que un autor puede pegar un resbalón no le resta estatura artística.
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Dicen las malas lenguas (en forma de directores de lengua viperina) que los críticos son creadores frustrados. Lo que no deja de ser divertido, porque muchas veces son los propios directores quienes acarrean frustración por no ser capaces de conectar con el público. ¿A alguien se le ocurre decir, por ejemplo, que los comentaristas deportivos son atletas frustrados? Por supuesto que siempre hay excepciones, pero los críticos que yo he conocido son personas que se dedican a esto vocacionalmente, más que nada porque, con lo difícil que es ganarse la vida con ello, te tiene que gustar mucho para seguir insistiendo.
Definir la crítica es como, poniendo un ejemplo algo extremo, definir qué es el fútbol. Cada persona tiene su propia visión de lo que es el cine, de lo que le transmite, e intentará expresarle a sus lectores esa forma de ver el acto cinematográfico. Lo único que, en mi humilde opinión, deberían tener en común todos los críticos, es en andar con la humildad por delante, dispuestos a abrir sus miras siempre que sea necesario. Demasiadas veces los que se dedican a esta profesión, fascinados por el reconocimiento y la fama, se dedican a volar bajo, en los cerrados círculos del cine, olvidándose de la realidad que les rodea y del público que es, al fin y al cabo, el que marca el destino de las películas. No dejemos de lado la sociedad que nos rodea, ni olvidemos sus problemas y sus necesidades a cambio de llenar nuestro ego.
Más reflexiones, comentarios y entrevistas a varias lumbreras del sector en el fantástico especial de Miradas de cine:
Especial Crítica Miradas de Cine 1
Especial Crítica Miradas de Cine 2
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Cuando rodó esta película, Sam Peckinpah ya era perro viejo en el mundo del cine. Ya había rodado grandes films como Duelo en la Alta Sierra, Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue y, sobre todo, la maravillosa Grupo salvaje, pero tuvo que irse a Gran Bretaña para poder rodar con libertad esta escalofriante exploración sobre la violencia como algo implícito, inevitable para el ser humano. Precisamente una de las grandes bazas del film es el contraste entre los idílicos entornos rurales y la creciente tensión que se va desarrollando en ellos: en realidad, la constante presencia de la naturaleza y de arquitectura antigua viene a remarcar el mensaje del primitivismo que sigue arrastrando nuestra sociedad, especialmente cuando vive en comunidades pequeñas y aisladas.
El control del director de su propia narrativa le permite ir aumentando poco a poco el ritmo y la tensión de la historia, dinamitando la presunta normalidad con la que se nos presenta a los personajes, introduciendo elementos de extrañeza, de malestar (empezando con el frío recibimiento que los ingleses hacen al americano medio que interpreta Dustin Hoffmann), que van revelando la hipocresía que todos y cada uno de los protagonistas del film esconden. Peckinpah deja poco a lo que agarrarse y, de hecho, sólo llegaremos a identificarnos con el personaje de Hoffmann por su carácter de extraño en un mundo hermético y cerrado, con unas reglas que le impiden integrarse en él y que, además, ha cometido el pecado de llevarse consigo a una de las mujeres más deseadas de la comunidad. Así, todas las reacciones de los pueblerinos, incluida la doble violación a su esposa, están encaminadas a "marcar el territorio", a hacerle ver al pequeño americano que no está en su tierra.
Toda esa tensión creciente hará estallar a Hoffmann, dándole el coraje y la fuerza suficientes como para afrontar el ataque de los capitostes del pueblo en su propio hogar, pero, curiosamente, por las razones equivocadas. Lo hará, en principio, para proteger al retrasado que interpreta con maestría David Warner de una acusación de asesinato que, como el espectador ha visto, es cierta (aunque fuera una muerte accidental), pero después su única obsesión, en un gesto que saca definitivamente el primitivismo del protagonista, será proteger su hogar, su bastión. Esa lucha transforma al apocado matemático, que hasta ese momento era incapaz de afrontar los conflictos en su vida, acercándole a su yo más instintivo y conectándole con su propia masculinidad reprimida. Para Peckinpah, pues, la violencia es algo que todo ser humano lleva en su interior pero, en lugar de verlo como algo negativo, el director transmite la necesidad de asumir esa parte de uno mismo para sentirse más completo, más humano. De ahí la sonrisa final del personaje de Hoffmann.
Sin embargo, uno de los detalles que más conciencias políticamente correctas remueve Perros de paja es el tratamiento abiertamente misógino de los personajes femeninos (típico de Peckinpah, y que aquí está llevado al extremo). ¿Se trata, en realidad, de odio hacia las mujeres o, sencillamente, de la intención del director de contar una historia "de hombres"? Sin duda, la segunda opción es la más pausible. En una trama tan animalesca, tan primitiva, no tiene cabida la intervención de una mujer cabal, y de ahí que las dos que intervienen sean retratadas como seres sexuales e inocentes, casi infantiles. Ambas se ven desbordadas por un entorno testosterónico y violento que busca someterlas a la fuerza y que, de hecho, les acaba suponiendo la muerte o una tortura lenta y despiadada. En el fondo, el mensaje de Peckinpah es mucho más moderno que el de algunos supuestos directores comprometidos: el hombre es un lobo no para el hombre, sino para la mujer. Algo que las noticias prácticamente diarias sobre violencia de género dejan bien claro.
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"Con esta entrega damos por finalizado el “dossier” dedicado a las aventuras en el mar. Esta segunda parte está formada por análisis de otros films votados, entre los que figuran títulos de gran importancia dentro del género y algunos que creemos necesario dar a conocer a los actuales aficionados. Aparte de ello, incluimos cuatro artículos que analizan el tema desde diferentes perspectivas: el tratamiento de la isla como espacio para la aventura, el cine de aventuras marinas con juicio, el cine bélico en la mar y el cine de terror marino."
Número 357 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.
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