salvador

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En cierto debate dedicado a la crisis del cine español realizado por cierta revista de cine, se habló del excesivo peso dado al guión en las producciones salidas de la industria patria. Una idea cierta en cuanto directores como León de Aranoa ponen el texto por delante de la imagen, pero equivocada en el sentido de que nuestra cinematografía descuida, y mucho, la calidad y la construcción de sus guiones. La prueba está en el segundo largometraje del multidisciplinar Manuel Huerga, Salvador, una crónica de la vida como militante del grupo anarquista MIL del catalán Salvador Puig Antich partiendo de su posterior arresto y su muerte por garrote vil como "venganza" del régimen franquista por el asesinato de Carrero Blanco (recordemos, sucesor directo del ya muy envejecido Franco) por parte de ETA. A pesar de la fuerza que el director consigue imprimir a sus imágenes, y del partido que sabe sacarle a la mayoría de sus actores, el film no consigue remontar el vuelo debido a un guión ramplón, tramposo y que simplifica en aras de la comercialidad una situación política tremendamente compleja.

Una simplificación que no tendría por qué ser negativa si no se encargara de pulir todas las posibles aristas de la historia hasta convertir a un militante político en una mezcla de Robin Hood, rebelde juvenil y James Bond de saldo, cuyo irresistible charm es capaz de hacer derretirse a toda dama que se le ponga por delante e incluso convertir a un funcionario de prisiones franquista en un opositor al régimen. No hay reflexión política tras las imágenes de Salvador, sino una visión maniqueísta y simplificadora de la vida de Puig Antich y de su lucha personal, con el objetivo (loable, si no necesitara para ello de trampear con la historia) de denunciar las barbaridades cometidas por el régimen franquista, algo que parece estar olvidándose debido a la pasividad social y a la actitud de algunos políticos de derechas y ciertos historiadores revisionistas. Por no hablar, claro está, de excesos como la cargante voz en off que lastra toda la primera parte del film, o algunos excesos puramente lacrimógenos del segmento final, que le quitan dignidad a la humanidad que los actores saben reflejar.

Y es que, digámoslo ya con contundencia, la labor del director de Antártida tras las cámaras está muy por encima del deficiente trabajo de Lluís Arcarazo (con ayuda o no del propio Huerga). El rodaje con cámaras de alta definición aprovecha el grano que éstas provocan para conseguir una amplia riqueza de texturas de la imagen, jugando constantemente con el aspecto global del film (aunque en su primera parte tiende a los tonos terrosos y a la sobreexposición lumínica, mientras en la segunda opta por colores fríos y muchas sombras), que remite al trabajo de fotografía que ha utilizado gente como Tony Scott, Steven Soderbergh o Michael Mann. Pero, además, el ritmo del film está llevado de forma impecable, desde ese inicio fragmentado, caótico y un tanto espídico (y que demuestra que se pueden rodar tiroteos con cara y ojos en nuestro país) hasta ese segmento final que, en un giro del tono dramático que recuerda ligeramente a Million Dollar Baby, la acción se calma y se centra en el desarrollo de personajes, intentando darles algo de dignidad más allá de lo esquemático del libreto mediante el trabajo con imagen y el esfuerzo de los actores.

Y es que, más allá del excepcional Daniel Brühl que, a pesar de los tópicos y los lugares comunes con los que está descrito su personaje, tiene cancha suficiente para humanizarlo de forma sutil, en cada pequeño gesto, en cada mirada, el resto de actores tienen que conformarse con apuntar con un par de brochazos gordos quién demonios es la persona que intentan llevar a la pantalla. Excepto actores habitualmente a brillar como secundarios, del tipo Joaquín Climent o Antonio Dechent, el resto del reparto hace notables esfuerzos por llegar al espectador, pese a la dificultad de la empresa. Aunque quienes se llevan la palma en cuanto a lo pésimamente tratadas que están son Leonor Watling y, sobre todo y ante todo, Ingrid Rubio (¿sale para algo más que para mostrarse desnuda?), dos actrices más que notables que lucen como sendos floreros en el film. Incluso resulta difícil distinguir a las hermanas de Puig Antich, interpretadadas por Olalla Escribano, Carlota Olcina y Bea Segura, por lo pobremente retratadas que están. Si realmente Salvador sirve para recuperar a Huerga cinematográficamente hablando, esperemos que la próxima vez opte por un guión menos ambicioso y más coherente.

el largo y cálido (y pesado) verano

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Lo malo de estar abriéndose camino en una profesión, y especialmente una tan insegura como el periodismo y la crítica cultural, es que te toca currar en las épocas menos apetecibles del año, como en verano. Los demás están en la playa, disfrutando del sol, la playa y las medusas, y a ti te toca dejarte los dedos escribiendo sobre cosas que, en esta época del año, ni te interesan ni te apetecen.

En fin. Todo esto para decir que voy tan saturado de trabajo que por eso no he podido escribir hasta ahora. No sé cuándo volveré a hacerlo, pero supongo que será el día menos pensado, cuando tenga por fin un huequecito en esta agenda nada veraniega que arrastro. En todo caso, buen verano a todos, disfrutéis de periodo vacacional o no. El mío llegará en octubre, con el Festival de Sitges.

P.D. El dibujo está hecho con rotulador de pizarra, a mano alzada y sin bocetos previos. Un día de éstos debería recuperar la costumbre de dibujar... Pero haciéndolo bien, no así de apresuradamente.

un abrazo para mis exalumnos

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Llevo poco haciendo de profesor, pero creo que este año ha sido el que, definitivamente, me ha reconciliado con este trabajo, que nunca había pensado ejercer y que siempre se me hace algo cuesta arriba cuando retomo (como alguno me ha reiterado). Es una suerte encontrarse con grupos tan majos y tan compenetrados como éste. ¡Espero que tengan toda la suerte del mundo y las puertas se les abran de par en par en el mundo de la crítica!

Saludos para Roberto, Nora, Maite, Miguel, Oskia (pobriña... no sale en la foto que pongo) y a todo el resto, que les vi menos el pelo. Si me necesitáis ya sabéis dónde estoy, chicos.

la noche del espantapájaros

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Si me lo permiten los (escasos) lectores de este blog, voy a tener un arranque autobiográfico a lo Hilario J. Rodríguez, en este caso porque creo que es necesario contextualizar mi interés hacia este oscuro telefilm americano de 1981. En la época que este analista principiante todavía rondaba por los primeros cursos de la EGB, en TVE emitían un espacio llamado Estrenos TV donde se emitían exclusivamente películas rodadas para televisión. No sé por qué, ni cómo, mis padres me dejaron ver una de ellas en las que un joven Larry Drake (ensayando ya el papel de disminuido que le daría dos Emmys por La Ley de los Ángeles) moría acribillado mientras se escondía de sus perseguidores disfrazado de espantapájaros, para después vengarse desde las sombras. Sólo recuerdo el miedo que pasé y que, después, en el colegio no se hablaba otra cosa: incluso apodamos "Bubba" a uno de nuestros compañeros de clase (ay, la crueldad infantil).

Por desgracia, hay muchos mitos infantiles que, vistos con la distancia que da la madurez, acaban resultando un tanto ridículos, y La noche del espantapájaros no es una excepción. Es un producto netamente televisivo, precisamente creado en la época en que el medio era visualmente más plano que nunca, lo que se deja ver en el empleo de su director, Frank de Felitta (autor, por cierto, de las novelas en que se basaron los films Las dos vidas de Audrey Rose y El ente), de todos los trucos habidos y por haber para crear tensión e inquietar el espectador, incluida la espantosa música de Glenn Paxton. Y, además, como el medio demandaba en la época, el gore brilla por su ausencia (lo que no deja de ser curioso en un slasher sobrenatural) y, lo que es más, aparece poquísima sangre, no fuera a impresionar demasiado al público. El resultado, a estas alturas que estamos todos curados de sustos, es de una ingenuidad formal que asusta.

Lo que resulta alucinante, sin embargo, son las múltiples e inquietantes sugerencias que hay esparcidas por la trama pero que, por desgracia, De Felitta no sabe (o no quiere) desarrollar como debe. Primero está el odio hacia Bubba que siente el cartero Otis (excelente Charles Durning) cuando le ve jugando con la pequeña Marylee (Tonya Crowe), que parece sugerir en él una pederastia reprimida que resurge con fuerza en la escena en que empieza a alabarla cuando la encuentra sola en un pasillo, disfrazada como una adulta. Luego está la crítica a lo volubles, manipulables e ignorantes que son los habitantes de la América profunda, algo sugerido en el film pero que podría haber dado mucho más de sí, explotando además el cómo, cuando Bubba va eliminando a sus asesinos, éstos van poniéndose cada vez más nerviosos, haciendo caerse a trizas su pobre cohesión. O, por supuesto, la estrecha relación y ¿colaboración? de la niña con la venganza de ultratumba del disminuido, como una especie de juego macabro que, sin embargo, sólo sirve para ese impagable twist final (lo siento, lo he revelado desde el principio). Un twist que por cierto, incluye el homenaje al Frankenstein de James Whale que aparece en la foto.

Ahora que están tan de moda los remakes y las versiones, especialmente las de las series de televisión de los 70 y los 80 (¡si hasta Michael Mann acaba de lanzar un remake de su propia Corrupción en Miami!), no estaría mal que algún nombre importante del terror se agenciara este telefilm y se decidiera a llevar a cabo un acercamiento quizá no mainstream, pero sí al menos netamente cinematográfico. Soñar es gratis pero ¿y si Rob Zombie llevara la ingenuidad del original a su terreno alucinógeno, macabro y retorcido? ¿O si Alexandre Aja llenara la película de momentos gore bien dosificados, explotando de paso los inadecuados sentimientos de los personajes? Sólo de pensar en posibilidades como éstas a uno se le ponen los dientes largos. Claro que, si en lugar de la versión de Frank de Felitta me hubieran puesto las de Zombie o Aja a tan tierna edad, probablemente me hubieran creado un trauma para toda la vida. O no, vaya, que tampoco hay que darle crédito a las asociaciones de padres peperas.

silent hill / cine de terror contemporáneo

"Por fin alguien se ha tomado en serio la adaptación cinematográfica de un videojuego y, lejos de tópicos visuales y narrativos, ha llevado a la gran pantalla el espíritu y la estética de la obra original. Silent Hill no va a revolucionar el género del terror, pero es un primer paso interesante hacia la dignificación de un tipo de film despreciado a nivel industrial y crítico."

Más Alexandre Aja... Más Jaume Balagueró... Más Park Chan-wook...

Número 358 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.

la caja kovak

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Hay algo peor todavía que crear una película soberanamente mala: hacer una tan gris, tan mediocre, que no despierte el más mínimo interés para lo bueno ni para lo pésimo. Es el caso de la nueva incursión en el terreno del largometraje de Daniel Monzón, La Caja Kovak, film que toma una idea de partida interesante (e incluso sugerente) para acabar ofreciendo al público una experiencia insulsa, de una insipidez auténticamente soporífera. Basándose, según confesión propia, en el estilo de Hitchcock (algo, por cierto, remarcado por una espectacular grúa directamente copiada de Frenesí), el director intenta narrar con una fría distancia que no hace más que evidenciar la imposible comparación entre ambos realizadores. Monzón no puede ni soñar con el toque mágico de Hitch, por lo que su frialdad hiere de muerte toda posible tensión que pudiera haberse producido en el film.

Por otro lado, el tono del film no acaba de definirse en ningún momento, ya que va saltando de un lado a otro sin para, como si Monzón quisiera tocar muchos palos al mismo tiempo y hubiera perdido la perspectiva de lo que está narrando. Tan pronto estamos ante un thriller psicológico como una película de ciencia-ficción, para pasar a un film de terror o a una intriga de falso culpable, y todo sin solución de continuidad. Algo que funcionaba, por poner un ejemplo reciente, en Kill Bill de Quentin Tarantino, porque el norteamericano sabía imponer un tono, una textura, que unificaba los distintos géneros y estilos de dicha obra. Esa unidad dramática falta, sin embargo, en la película que nos ocupa, lo que hace que parezca un mero montaje de set pieces más o menos afortunadas, sin que dé la sensación de que el director nos esté llevando a parte alguna sino, más bien, nos está haciendo avanzar porque sí, de forma automática, porque eso es lo que se supone que debe hacer.

A ello tampoco ayudan unos intérpretes realmente perdidos, que nunca acaban de cuajar unos con otros, en parte, porque se ve claramente que no hay una dirección de actores que les marque el itinerario dramático a seguir. Quizás el más afectado por este defecto sea el protagonista, Timothy Hutton, que más que a su personaje parece estar interpretándose a sí mismo en un anuncio de El Corte Inglés, porque resulta plano, incapaz de transmitir los conflictos que vive su personaje. Tampoco se puede lucir una desaprovechadísima Lucía Jiménez que, aparte de los momentos que aparece despeinada y ojerosa (gracias a lo que sabemos que está en un momento de conflicto), se limita a ser una mujer florero para el ¿torturado? héroe. Tema aparte es la pésima dicción inglesa de los intérpretes autóctonos, lo que queda sin explicar cuando el personaje de la Jiménez resulta ser de nacionalidad norteamericana. O eso se da a entender.

Pensado en el argumento de La Caja Kovak sobre el papel, a grandes rasgos, resulta lógico que los jefazos de Filmax se fijaran en él. Pero habría necesitado a un guionista (o guionistas) más sutil e incisivo que el tándem formado por el propio Monzón y Jorge Guerricaecheverría (coautor habitual de los libros de Álex de la Iglesia) para sacarle todas sus sugerencias, la posible carga metafórica de su entramado. Y, por supuesto, habría sido imprescindible un director con una potente imaginación visual y habilidad para la puesta en escena, epítetos que parecen irle muy, pero que muy grandes al realizador de El corazón del guerrero. El problema no es, pues, como dicen algunos cerebritos a la hora de defender el cine español, que sepamos hacer productos a la altura de los americanos y los espectadores opten por lo yanqui: lo cierto es que, en manos hollywoodienses, ésta habría sido, al menos, una película más divertida, menos insípida.

las colinas tienen ojos

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Recuperar a día de hoy la primera versión de Las colinas tienen ojos firmada por Wes Craven en 1977, sobre todo después de haber visto el remake firmado por Alexandre Aja, hace todavía más evidentes sus numerosos defectos. Su crudo aspecto amateur, heredado de la anterior La última casa a la izquierda (de la que hereda una cierta reflexión sobre la violencia inherente en el ser humano), y que fue una de sus grandes bazas cuando se estrenó, ha envejecido tremendamente mal, y la torpeza de Craven como narrador no ayuda a mejorar el conjunto, siendo lo único memorable el descubrimiento del inefable Michael Berryman. No deja de ser irónico que, con 10 años menos de los que tenía el firmante de Pesadilla en Elm Street cuando rodó su versión, el francés Aja haya llevado a cabo una obra muy superior estética e intelectualmente, demostrando una inteligencia y un talento cinematográfico que ya explotaron de forma abierta en la magnífica Alta tensión.

Aprovechando con inteligencia los momentos más inquietantes del original de Craven, el joven autor los lleva aún más allá, estirando la tensión hasta límites insoportables, y aderezando el conjunto con instantes tan afortunados como el descubrimiento del cementerio de coches. Es más, allá donde la primera versión del film ofrecía un climax desafortunado, por falto de brío y de sustancia, Aja se saca de la manga unos minutos de una brutalidad y un malrollismo tremendos, una especie de descenso a los infiernos del protagonista Doug (Aaron Stanford) donde éste debe recuperar todo el primitivismo que lleva encerrado en su interior para sobrevivir y rescatar a su hija. Se nota que a Aja le gustan películas como Perros de paja o Deliverance, ya que el discurso sobre la violencia como algo innato en el ser humano resulta similar.

Además, el director aprovecha el haber convertido a la familia caníbal original en unos mutantes radioactivos para elaborar todo un discurso crítico en contra de la política intervencionista del gobierno norteamericano: ellos crean sus propios monstruos para, luego, darles portazo y dejar que sean los americanitos medios los que tengan que afrontarlos y cargar con las consecuencias. La visión del pueblo de los mutantes, con sus calles destrozadas y llenas de polvo, y con maniquís medio quemados inmóviles en acciones cotidianas, resulta también un golpetazo frontal contra el american way of life, al parodiarlo con una ironía muy aguda. Algo que remata el retrato de la familia protagonista, totalmente disfuncional, llena de conflictos y de discusiones, hasta el punto de que incluso se intuyen algunos sentimientos inadecuados (¡esa mirada de Doug a su joven cuñada!). De hecho, sólo el afán de supervivencia acaba uniendo a los que salen vivos.

Aparte de la potencia visual de Aja, cuyo dominio de la puesta en escena y del tempo cinematográfico deja en pañales a los de la gran mayoría de artesanos que hacen cine de género en Hollywood, lo que le da personalidad a Las colinas tienen ojos es cierta tonalidad terrosa, se diría que incluso ligeramente desenfocada, que transmite una crudeza más eficaz que la del original. Aunque, no hay duda, una de las grandes bazas del film es su inteligente uso de los entornos, en especial ese desierto (supuestamente) de Nuevo México, que a veces parece el decorado de un western, aplastando y empequeñeciendo con su grandeza a los protagonistas, y otras un paisaje lunar, mostrándonos que estamos avanzando por un territorio inexplorado, peligroso y, sobre todo, al borde de la pesadilla.