Digámoslo claro desde el principio: para el autor de estas líneas, La joven del agua fue una inesperada decepción, a pesar de ser un defensor a ultranza de la obra anterior de M. Night Shyamalan, incluidas dos películas generalmente tan denostadas como Señales (que Spielberg la copiara vilmente en su La guerra de los mundos dice mucho de su genial introspección) o El bosque (un maravilloso cuento de hadas para adultos con forma de film de época). Y el gran problema no está en lo que cuenta el director hindú, que como concepto es realmente magnífico, una idea estupenda de una colosal valentía: el problema está en cómo lo cuenta. El que siempre había sido un autor que había explotado la sugerencia, las sutilezas, lo insinuado pero nunca dicho, deja escapar algunos brochazos gordos, irregulares y grumosos, de una evidencia y una crudeza tan chocarreras que dan la impresión de estar ante uno de sus numerosos imitadores, en lugar del hombre que rodó dos obras maestras como El sexto sentido y El protegido.
En uno de los extras de la edición especial de Los tres entierros de Melquíades Estrada (magnífica película, por cierto), el guionista Guillermo Arriaga lanza un consejo clarividente: que nadie intente hacer un libreto profundo, porque al hacerlo conscientemente, lo que se conseguirá es llevar a cabo algo artificial, vano; en cambio, si uno es profundo de por sí, si simplemente escribe la historia tal y como le viene a la cabeza, esa profundidad se irá, inconscientemente, impregnando en el guión. Ése es, precisamente, uno de los problemas principales de La joven del agua: que Shyamalan no ha querido contar un cuento de hadas, sino EL cuento de hadas, dar un puñetazo en la mesa para demostrarse a sí mismo y al mundo que es un genio del cine de género. Y en su ansia por demostrarlo, ha usado una excesiva cantidad de trucos facilones que no hacen más que mostrar continuamente los ases que tiene en la manga, tanto a nivel de guión como en cuanto a puesta en escena (¿por qué no echó un poco de mano a las enseñanzas del maestro Tourneur y, en vez de tanto monstruo digital, no optó por sugerir y dejarlo todo a la imaginación del espectador?).
Afortunadamente, el Shyamalan más flojo sigue siendo mejor que la mayoría de mediocres artesanos de Hollywood, y por ello La joven del agua, pese a sus fallos y su irregularidad, tiene instantes de auténtica magia cinematográfica. Ahí está, por ejemplo, la sencilla pero magnífica forma en que los personajes van apareciendo en la trama, introduciendo ya detalles que luego serán importantes; el momento en que Historia aparece en la ídem, planteado con una economía y una sutileza narrativa que, en ese momento sí, recuerdan al mejor Tourneur (si es que hubo un Tourneur malo); o sobre todo ese maravilloso plano final, en que el director deja de lado la magnificencia de los efectos especiales para marcarse un encuadre subacuático, que transmite más magia y más ensoñación que cualquiera de los recargadísimos diálogos que intenta explicar a golpe de palabra toda la mitología desarrollada por Shyamalan. Aunque, por supuesto, cualquier plano con una música tan asombrosa como la que ha compuesto James Newton Howard para el film luce infinitamente mejor.
Aunque, por supuesto, una de las mayores bazas que tiene La joven del agua para no resbalar en la mediocridad de su guión es el inmenso Paul Giamatti, un actor que está en el momento cumbre de su carrera y que brinda otra interpretación prodigiosa, llena de ternura y de humanidad. El resto de actores del reparto, sin estar a semejante altura, también brindan unas interpretaciones sólidas y creíbles, destacando cómo Bryce Dallas Howard da fisicidad a un ser de cuento, real pero etéreo, y sobre todo el sentido del humor de Bob Balaban, que defiende con dignidad uno de los peores personajes del film: el crítico de cine. Y no porque se ría de la profesión a la que este humilde cronista se dedica (si lo hiciera con gracia y auténtica mala leche habría sido el primero en carcajearme), sino porque está mal desarrollado y su muerte es cuestión de una (supuesta) mofa cartoon de gusto bastante dudoso. Sin ánimo de hurgar en la herida, a Shyamalan le irá muy bien la cura de humildad del fracaso económico y crítico del film y, quién sabe, puede que le haga volver a encauzar su carrera como consiguió la fallida Los mejores amigos... Al menos, así lo esperamos.
a las
00:20
Ya que las obligaciones laborales y caseras (¡cómo me gustaría decir que es porque estoy de vacaciones!) me vuelven a impedir darle a este blog las actualizaciones deseadas, entre ellas cierta comparativa holmesiana que se ha quedado en stand-by pero que prometo recuperar, al menos quiero ofrecerles a mis escasos, pero selectos lectores algo con lo que entretenerse en mi ausencia.
Y poco se me ocurre tan adecuado como impulsarles a pasarse por Quevidamastriste, falso videoblog íntimo en que el cortometrajista Rubén Ochandiano desgrana la (triste) vida de un gruísta llamado Borja, fanático de Bruce Willis y de los juegos de PS2 cuyas relaciones con las féminas sólo pueden calificarse como desastrosas. El look y las interpretaciones son totalmente amateurs, pero la frescura de los guiones y la gracia de los intérpretes (especialmente del inenarrable Borja) salvan los muebles sobradamente.
Si os digo que han tenido que comprar un servidor más potente porque el anterior les petó por la cantidad de descargas que se realizaban, os imaginaréis el exitazo que está cosechando Quevidamastriste. Y se lo merece.
a las
20:10
A pesar de que su libro Hammer. La casa del terror no se caracterice precisamente por su acierto analítico (que considere superior la irregular El sudario de la momia de John Gilling a la magnífica La momia de Terence Fisher es una de tantas muestras de la acartonada fisheritis que muestra su autor), Juan M. Corral acierta de pleno cuando destaca en él la maravillosa A merced del odio (aunque, irónicamente, sus palabras sobre el final dejan claro que no lo entendió), el sexto film en el que Jimmy Sangster desarrollaba su moderna noción del thriller psicológico, y además la segunda del ciclo dirigida por Seth Holt, antiguo montador de la Ealing con una cortísima carrera que consta de sólo seis películas. Si sus anteriores acercamientos al género le habían servido para explorar la maldad intrínseca del ser humano y el fino límite entre un cuerdo y un loco, en esta ocasión Sangster abordó un tema tan fascinante como el de la infancia, sobre todo cuando se trata con el inteligente sentido crítico, lleno de matices y aristas, que se emplea en esta ocasión.
Más allá de su (intachable) trama de suspense, A merced del odio lanza una mirada increíblemente nihilista hacia la labor de los padres, sobre la incapacidad de los adultos para asumir una responsabilidad tan enorme como la de criar a un hijo. Un mensaje, tristemente, más de actualidad que nunca. Todos los progenitores que aparecen en la trama descuidan sistemáticamente a sus retoños, aunque sea con las mejores intenciones, anclados en un mundo adulto que les aísla y les convierte en autómatas, demasiado pendientes de los roles sociales como para darse cuenta de las necesidades, los miedos y las ansias de su misma progenie. Además, cuando su equivocada noción de la paternidad les lleva a cometer errores fatales, ya insalvables, su reacción es siempre esquizoide, incongruente, ya sea refugiándose en una infantilidad tardía y malsana u obsesionándose con recuperar lo irrecuperable. Sólo los niños, en su sencilla inocencia, son capaces de ver con claridad las líneas maestras de la vida, el camino a seguir para resolver todos los problemas de su vida. Otra cosa es que los adultos se lo permitan.
Como en los mejores ejercicios hitchcocknianos, a pesar de estar ambientada casi exclusivamente en un único espacio (el hogar de los Fane), el film es capaz de mantener una tensión que va in crescendo a lo largo de todo el metraje, en parte gracias a la labor de fotografía de Harry Waxman, que consigue transmitir cierta sensación de incomodidad, de extrañeza dentro de la casa, que se acrecenta con el uso del claroscuro y planos cerrados, asfixiantes, en sus últimos compases. La cámara de Holt, no obstante, no quiere tomar protagonismo más que en algunos planos angulados, tomados cámara en mano, prefiriendo darle cancha a los magníficos diálogos de Sangster, llenos de sugerencias, matices e incluso algún que otro doble sentido repleto de mala leche. A retener, por cierto, momentos de humor negro tan british como la presentación del joven protagonista, aparentemente ahorcado en su habitación (aunque resulta evidente en el plano que se está aguantando), para después bajarse y, con una deliciosa parsimonía, recoger toda la parafernalia montada.
Y es que es inevitable hablar de esta producción Hammer sin referirse a su magnífico nivel actoral. Poco nuevo se puede decir de la grandísima Bette Davis, resucitada para el cine gracias a ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver, y que precisamente aprovecha su imagen de arpía para componer un personaje en apariencia entrañable, inocente, cuya serenidad y contención se acaba revelando, precisamente, como patológicas. Sus acompañantes británicos, aunque no pueden eclipsar la brillantez de una estrella (por mucho que estuviera en su ocaso) como la Davis, sí que consiguen, como mínimo, estar a su altura actoral, con unas composiciones ajustadas y verosímiles en unos papeles tan al límite que, de haber caído en manos de un intérprete tendente a la sobreactuación, podrían haberse convertido en auténticas caricaturas. No se quedan atrás los niños: William Dix sabe ser tan insoportable y cabroncete como indica su papel, Pamela Franklin da la medida de vecinita de al lado simpática y dicharachera, mientras la pequeña Angharad Aubrey, con todos los respetos, interpreta mejor boca abajo en la bañera que cuando intenta ser cuca.
a las
22:29
Discúlpenme de nuevo si me salgo de tema durante unas líneas, pero creo que el asunto lo merece. Veamos. Vivimos tiempos de adocenamiento cultural y de asfixiante corrección política, donde ciertos grupúsculos intelectuales quieren hacer frente al imperialismo de Hollywood en base a un irritante sectarismo, una disidencia supuestamente cool que defiende a unos autores de actitud experimental, mínimamente narrativa (dicho esto, eso sí, sin ánimo peyorativo: es una respetabilísima opción formal), despreciando en cambio a aquéllos que, mediante la expresión de historias, quieren dinamitar el mismo lenguaje desde dentro, de forma más sutil. Es decir, vivan los discípulos de Godard, que se mueran los directores de género y, especialmente, los críticos que los defienden y los reivindican. Como si no se pudiera disfrutar de unos y de otros por igual, cada uno en su parcela y en su medida justa, sin el más mínimo conflicto intelectual. Una postura, por cierto, más dependiente del marketing de lo que se quiere reconocer: y es que, al fin y al cabo, algunas de las películas que admiran son productos tan codificados como el último blockbuster de Jerry Bruckheimer.
Todo esto viene a colación por el estreno directo a DVD de este thriller de acción, quizá uno de los mejores que ha salido de Hong Kong desde los tiempos de la huida a Estados Unidos de cineastas como John Woo, Tsui Hark o Ringo Lam, cuya tremenda energía narrativa y delicioso cuidado en las coreografías marciales no esconden una trama de lo más simple y sobreexplotada, purito cine de género. Lo que (y aquí conectamos con ese primer párrafo que seguro que levantará algún comentario airado) mantendrá alejados a los que consideren indigna esa envoltura genérica y sean incapaces de ver que, detrás de esos personajes tipificados y sus reconocibles actitudes, hay todo un trabajo de reconstrucción de los cimientos del cine de acción hongkonés. Es decir, lo que Johnnie To lleva haciendo desde hace años con un lenguaje más pausado, progresivamente más nipón, Wilson Yip lo lleva a cabo aprovechando todas las filigranas técnicas y formales de las action movies chinas de los años 80... Incluido un final nada complaciente que, afortunadamente, permanece en la copia que ha llegado a nuestro país (hay otra versión mutilada, con un falso happy end).
Y es que, aparte de las escenas de artes marciales protagonizadas por el inmenso Donnie Yen (en las peleas, al menos: sobre su eterna cara de palo mejor corramos un tupido velo), si hay algo en lo que brilla Duelo de dragones es, curiosamente, en la definición de personajes. Sorprende la habilidad de Yip para, por un lado, humanizar incluso a los secundarios menos relevantes de la trama, y, por el otro, no dejar títere con cabeza, mostrando una sociedad corrupta, enferma hasta la médula, en la que las mejores intenciones se convierten en actos delictivos indefendibles. El espectador no tiene a dónde agarrarse: el protagonista, Ma Kwan (Donnie Yen), es un auténtico chulopiscinas que se limita a reaccionar a lo que le rodea, con una lamentable actitud pasiva, hasta el segmento final; el policía al que sustituye, el Detective Chan (Simon Yam), es un policía sediento de venganza que, como un Capitán Ahab de los bajos fondos de Hong Kong, no vacilará en arriesgar la vida de sus propios hombres para satisfacer su rabia; y el mafioso Wong Po (Sammo Hung), como es natural en su posición de malo maloso, es un auténtico hijo de puta que, sin embargo, tiene sentimientos e incluso algún que otro escrúpulo. En pocas palabras, la línea que divide a los buenos de los malos es casi tan fina como en Mystic River y, aunque sin la profundidad moral de ésta (ni comparación, oigan), el mundo que retrata Yip también parece estar totalmente exento de esperanza para el género humano, sobre todo para los inocentes.
Ante una perspectiva del mundo tan negra, tan profundamente nihilista, los combates que protagoniza Donnie Yen son algo más que exhibiciones marciales: representan más bien un momento de respiro para personajes y espectadores. La emoción se simplifica, se primitiviza, dándole un breve sentido a la vida del héroe (¡sobrevivir a la batalla!) y consigue que disfrutemos a fondo de algunas de las peleas más brutales, intensas y realistas que se han visto en pantalla en mucho tiempo. Brilla con merecimiento el enfrentamiento de Yen con el impacable asesino Jack (Jacky Wu), de una violencia acongojante, aunque es imposible no relamerse con la pelea contra el veterano Hung, que a sus 54 años y casi 100 kilos de peso sigue impresionando por su agilidad y la contundencia de sus golpes, a la altura de su intratable contrincante. Afortunadamente, Yip no nos deja quedarnos con el dulce regusto de las batallas finales, sino que cierra el film recordándonos el tipo de thriller que estábamos viendo y, sobre todo, que esta vida que nos ha tocado es una auténtica hija de puta. Y para lanzar un discurso así en una película comercial, sinceramente, hace falta casi tanta valentía como para rodar un film tan controvertido y arriesgado como El sabor de la sandía. Si no más.
a las
16:35
