para entrar a vivir

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Mientras Álex de la Iglesia, un autor que habitualmente toca el cine de género de forma tangencial, adapta (con brillantez) su estilo para abrazar el fantástico más puro en La habitación del niño, en cambio Jaume Balagueró, con su intervención en Películas para no dormir, hace un trayecto inverso. Su filmografía se caracteriza por una visión puramente terrorífica de la vida de sus protagonistas, en una exploración constante de las raíces del Mal y su naturaleza física, tangible, contagiosa, que infecta con nihilismo a sus tramas ya sea a través de peligrosas sectas esotéricas o por la furia de fantasmas eternamente irritados. Sin embargo, en Para entrar a vivir el director catalán apuesta por un horror totalmente físico, real, sin coartadas esotéricas, lo que choca frontalmente con las opciones formales del autor, que apuesta por una narrativa de tono pesadillesco que no acaba de extraer todas las sugerencias posibles de su trama.

Lo que no deja de ser algo paradójico, porque es precisamente la personal forma de narrar de Balagueró la que eleva al film por encima de una trama de psycho killer más bien corrientucha (y que, de hecho, ofrece una explicación cogida con pinzas). Son sus imágenes las que sugieren algo más de lo que, a priori, se nos está contando, jugando con la textura de las imágenes y la imagen decadente del edificio donde se desarrolla la acción para convertirlo en una especie de inexpugnable laberinto maléfico, una tela de araña aislada del resto del mundo donde el horror campa a sus anchas, ya que el demiúrgico personaje de Núria González siempre controla el destino del resto de personajes, por mucho que éstos se esfuercen. Lástima que el director no explote la dimensión onírica que la historia parece tomar en algún momento, porque quizás entonces la historia se habría elevado por encima de sus convenciones.

(Continuará)

la habitación del niño

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Sorprende encontrarse, pese a ejercer como apertura de un proyecto tan atractivo como las Películas para no dormir apadrinadas por Chicho Ibáñez Serrador, con una obra tan suculenta como la que aquí firma Álex de la Iglesia. Sobre todo, porque el director vasco deja de lado sus constantes autorales para parir un producto de encargo (que encara, no obstante, con cariño y respeto) enfocado al fantástico puro, sin mayores coartadas que inquietar al espectador con una historia acadabrante, llena de giros, sorpresas y más difíciles todavía que hace bien lo que intenta desde el primer momento: homenajear, más que a las Historias para no dormir de Ibáñez Serrador, a la clásica serie The Twilight Zone (más conocida por En los límites de la realidad o La dimensió desconeguda en nuestro país). Los fans de la serie creada por el gran Rod Serling seguramente dejarán caer una lagrimita de emoción.

Es difícil no pensar en uno de los más brillantes guionistas de la serie, Richard Matheson, y en capítulos míticos que escribió para la misma como Little Girl Lost o Night Call, al seguir las obsesivas desventuras del personaje de Javier Gutiérrez. De la Iglesia y su eterno coguionista, Jorge Guerricaechevarría, captan perfectamente el espíritu de los protagonistas de Matheson: héroes normales, incluso tirando a mediocres, que deben enfrentar fenómenos que superan su reducida comprensión, yendo más allá de sus límites personales para (intentar) conseguir imponerse. Ni siquiera faltan las explicaciones seudocientíficas y un tanto pilladas por los pelos tan queridas a Twilight Zone ni, por supuesto, otro gran leit motif de la serie como el plantear la narración con inteligencia suficiente como para que no sepamos si lo que vemos ocurre de verdad o no... hasta un escalofriante e irónico giro final (¿quién no recuerda esa maravilla escrita por Serling llamada The Monsters Are Due on Maple Street?).

Pero, ante todo, brilla la capacidad narrativa del vasco que, por una vez (como ya ocurría en la muy infravalorada y aun más reivindicable Perdita Durango) se olvida de sus habituales apuntes cómicos y friquis, y demuestra que hay pocos directores en nuestro país que muevan la cámara con tanta brillantez. Gracias a ello, es capaz de imbuir la trama de un aire progresivamente más desquiciado, a tono con el personaje principal, tensionando el relato para tener al espectador expectante, al borde del asiento, pero evitando forzar la máquina en exceso. Lástima que el final sea algo precipitado, inconexo e incluso algo absurdo, porque semejante esfuerzo genérico (¡qué gran final se han sacado De la Iglesia y Guerricaechevarría de la manga!) se hubiera merecido unos minutos más para acabar de atar todos los cabos pendientes.

En todo caso, lo mejor de La habitación del niño es la capacidad del director para extraer implicaciones terroríficas de elementos cotidianos. Si brillante es la idea de que algo tan inofensivo como un sistema de vigilancia para bebés puede servir para observar una dimensión paralela a la nuestra, todavía lo es más la manera, escalofriante de tan sencilla, que De la Iglesia tiene de resolver el salto entre dimensiones a través de una pared/habitación... otra clarísima referencia a Little Girl Lost. Aunque, para escalofriante, la escena cuya imagen hemos incluido aquí (ojo los que no hayan visto el film, porque vamos a revelar parte del final): la frialdad con la que el alter ego de Gutiérrez asesina a esta versión de Leonor Watling, unida al chorro de sangre que sale de su cuello y los gemidos de ahogo que lanza en el suelo, permanecerán en las pesadillas de más de un espectador. Seguro.

apasionante debate

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Roberto Alcover, exalumno del que esto suscribe y joven de un talento como crítico que, antes o después, la vida acabará reconociéndole, ha abierto en su blog un interesantísimo debate sobre el exceso de reverencia de la nueva crítica hacia autores modernos como Tsai Ming-Liang, Apichatpong Weerasethakul, Claire Denis y compañía:

http://elprincipio.blogspot.com/2006/09/reflexiones-la-crtica-frente-las.html

No se lo pierdan. Vale la pena. Y, por cierto, el menda se ha metido en la conversación, así que ya saben. Opinen, que así todos nos enriquecemos.

persiguiendo a amy

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La sensación que da repasar Persiguiendo a Amy justo después de haberse aburrido con ese remake inconfeso de su primera parte que es Clerks II es la de estar en una especie de vórtice temporal cinematográfico. ¿Cómo puede alguien capaz de llevar a cabo una reflexión tan adulta y tan personal sobre los límites entre la amistad y el amor, la dificultad que entrañan las relaciones estables y la inmadurez de los hombres rodar naderías como Dogma, Jay y Bob el Silencioso contraatacan o Una chica de Jersey? En el momento en que este film apareció, parecía que Smith había dejado atrás los tiempos de Clerks y Mallrats y se encaminaba hacia algo más interesante, más profundo... Por desgracia, la película que nos ocupa ha resultado ser un extraño oasis en una carrera llena de chistes escatológicos, narración televisiva y cameos continuos y cansinos. ¿Alguien ha pensado en el parecido con Santiago Segura?

La mayor diferencia entre este film y el resto de la carrera de su director está en la importancia que aquí cobran los personajes. Hay, eso sí, chistes zafios y friquis, pero una vez Smith nos ha presentado a los actores del drama y los deja interactuar, la narración se centra en ellos y su relación, sin chistes excesivos, sino con una carga de dramatismo que sorprende y hace difícil que no se encoja el corazón del espectador. Mientras en otras películas no consigue hacer verídicas, tangibles, las relaciones sentimentales, aquí el director de New Jersey consigue captar a la perfección los instantes íntimos más definitorios de la relación, dejándonos ver cómo ésta crece de forma natural, creíble, para nada forzada. Nos creemos que Alyssa, pese a haberse declarado lesbiana, pueda enamorarse de Holden porque los hemos visto hablar, reírse, mirarse a los ojos, y en esos instantes hemos captado ese algo más que hay entre ambos.

Sorprende, además, ver cómo algunos temas que en una obra tan posterior (9 años posterior, de hecho) como Clerks II sólo es capaz de apuntar, aquí están desarrollados con sensibilidad, inteligencia y profundidad. La relación de amistad histérica, rozando el amor platónico, entre Holden y Banky, lleva más allá los tímidos apuntes que aparecen en la de Dante y Randal, incluido un final amargo; el retrato de la comunidad gay, más allá de algún gordo brochazo inevitable en Smith, es creíble y realista, dejando de lados excesos o tópicos conservadores; y el tema del sexo, en el que se repiten temas y reflexiones de Clerks, está planteado con mayor naturalidad, con mejor tino, si ese aroma a las comedias chungas a lo Porky's que el director a veces parece incapaz de evitar. Es más, por primera y única vez desde su ópera prima, Smith se atreve a incluir un final amargo, menos abierto de lo que parece, a tono con el resto.

La mayor lacra de Persiguiendo a Amy es, sin embargo, y como en toda la filmografía de su director, su falta de talento como narrador visual. Sus encuadres, más que funcionales, son funcionariales: le sirven para cumplir el expediente, y excepto algún momento de cámara en mano, ninguno destaca ni por composición ni por ritmo. Aunque hay que reconocerle una cosa: su habilidad para la dirección de actores. Los tres actores protagonistas están muy entonados, y de hecho Ben Affleck ofrece aquí una de sus mejores composiciones, quizá por el impulso de tener al lado dos actores en estado de gracia, como Jason Lee (quizás el actor que mejor se acomoda al ritmo de los diálogos de Smith) y Joey Lauren Adams (en el papel de su carrera, sin duda, aunque no pudiera aprovecharlo). Lo cierto es que consiguen una notable simbiosis con sus personajes, haciéndolos tan humanos, tan fáciles de amar, que su churrimanguesca aparición en Jay y Bob el Silencioso contraatacan resulta, en lugar de un guiño, una broma un tanto estúpida. Qué diferencia con el mimo con el que Richard Linklater trata a Jesse y Celine.

4 8 15 16 23 42 = valenzetti

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Faltan un par de semanas para que empiece en los Estados Unidos la tercera temporada de Perdidos... Y gracias al juego interactivo que los creadores han desarrollado en diversas webs relacionadas con la serie, bautizado como The Lost Experience, tenemos este bonito vídeo que aclara unas cuantas cosas sobre los dichosos números.

Si no queréis saber nada, pero nada de spoilers, evitad la tentación de mirarlo. Yo lo he hecho y sólo puedo decir... ¡Buffff! Qué ganas de que empiece de nuevo la serie.

oldboy, vitoria-gasteiz, 9 de noviembre

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Gracias a Josemi Beltrán (no se pierdan su blog de cine europeo, Cinefforum) y a la gente del Centro Cultural Montehermoso, el próximo 9 de noviembre, dentro del programa Amar el cine, este humilde cronista viajará hasta Vitoria-Gasteiz para presentar y comentar la película más popular del interesantísimo Park Chan-wook, Oldboy. Aquí os dejo la lista de proyecciones e invitados que hay hasta ahora:

http://www.cinefforum.com/?p=47

Si vivís en Vitoria o estáis cerquita, por 3 miserables euros podéis ver auténticos peliculones y comentarlos con algunos lumbreras de la crítica nacional (entre los que, evidentemente, no me incluyo: yo sólo soy un invitado a la fiesta del análisis cinematográfico). ¿Qué más se puede pedir?

piratas del caribe: el cofre del hombre muerto

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Las reducidas virtudes de la (a ratos) entretenida Piratas del Caribe: La maldición de la perla negra se limitaban a tres endebles pilares: la briosa dirección de Gore Verbinsky, el mayor paradigma de artesano hollywoodiense que ha aparecido en los últimos años; los efectos especiales de ILM, como siempre muy por encima de cualquiera de sus competidores (véanse los modelados digitales de Superman Returns, casi tan mediocres como los de Matrix Reloaded); y la excéntrica interpretación de Johnny Depp, capaz de dotar de histriónico interés a un pirata típico y tópico. Lamentablemente, a la hora de llevar a cabo su secuela dos de esos pilares han caído por su propio peso (a Verbinsky se le va la narración de las manos, siendo incapaz de controlar tantas líneas de fuga, y Depp parte de un material demasiado débil como para poder darle el mismo nivel de carisma a su anterior Jack Sparrow), dejando como único interés los maravillosos efectos digitales de El cofre del hombre muerto.

Y es que, en una decisión sin lugar a dudas equivocada, el presente film le da demasiado peso a dos actores melifluos y blandengues como Orlando Bloom y Keira Knightley, incapaces de expresar lo más mínimo más allá de ceños fruncidos (en el caso de él) o mohínes morrocotudos (en el caso de ella). Sobre ambos cae el peso heroico de la trama, o algo así, mientras Depp se ve convertido en una especie de cartoon superficial, cobarde y traicionero, como si el trasfondo heroico que Sparrow demostrara en La maldición de la perla negra se hubiera esfumado, convirtiendo sus hazañas en chistes de dibujo animado de la Warner. El espectador se queda, pues, sin asidero emocional (porque los secundarios, como en los films anteriores, son demasiado secundarios como para despertar algo más que ligeras simpatías), ante una montaña rusa fílmica llena de tramas y subtramas cuyas consecuencias en los personajes, en realidad, le importan un auténtico comino.

De hecho cuando el film funciona no lo hace por sus propias virtudes, sino porque sus responsables están referenciando a obras infinitamente superiores que, aunque la trama de El cofre del hombre muerto se limite a convertirlas en una pobre imitación posmoderna, siguen conservando una mínima parte de su fuerza original. El inquietante aspecto de los navegantes del Holandés Errante parece sacado de uno de los cuentos de horrores submarinos de H.P. Lovecraft; cuando Davy Jones toca melancólicamente el órgano, lo hace como el Capitán Nemo que James Mason bordaba en 20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer; los ataques del Kraken están calcados de los antiguos grabados dedicados al tema; las acrobacias de Orlando Bloom, como bajar por una vela rasgándola con un cuchillo, imitan las heroicidades de Douglas Fairbanks en El pirata negro... Por no hablar de la referencia más evidente a nivel argumental, de desarrollo de personajes y, ante todo y sobre todo, a la hora de crear un cliffhanger para que la historia continúe en un tercer film: El imperio contraataca.

Lo más triste es que, sobre el papel, la película está llena de sugerencias sin desarrollar, de pequeños detalles interesantes de guión que se quedan en amagos mal resueltos, sin interés alguno. ¿Por qué no explotar de verdad la atracción de Elizabeth por la vida aventurera, y desarrollar de manera natural, y no tan forzada como en el film, el camino que le lleva a sentirse atraída por Sparrow? ¿Por qué limitar a unos apuntes melodramáticos y lacrimógenos la relación entre Will y su padre, Bill "El Botas", en lugar de ahondar en el dolor de un niño abandonado por un padre demasiado inconsciente? ¿Y por qué no humanizar con mayor eficacia a Jones que, más allá de la soberbia interpretación de Bill Nighy (¡atención a la tristeza que destilan sus ojos!) no es más que otro malo de tebeo como Barbossa? En definitiva, ¿por qué, en lugar de hacer otro blockbuster más, sus responsables no han ahondado en el mito que ellos habían creado para lanzar una propuesta adulta, arriesgada y apasionante? ¿Habría recaudado menos? Permítanme que lo dude.

antes del amanecer / antes del atardecer

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Muy de vez en cuando en la vida, te topas con algún encuentro mágico, inesperado, que hace que el tiempo se detenga a tu alrededor, como cuando uno es niño y los veranos, más que de tres meses, parecen de tres años. No importa dónde estés, el marco se vuelve difuso, irreal, como si estuvieras caminando por un sueño, y la gente que ves a tu alrededor se convierte en meras sombras que parecen pasar de puntillas a tu lado para no molestarte. Tanto Antes del amanecer como Antes del atardecer intentan retratar a nivel cinematográfico una experiencia semejante, condicionada por la edad y las heridas vitales de los personajes, de ahí que estén narradas casi en tiempo real, dándole importancia a los pequeños gestos, las miradas, las actitudes. Calificar de ñoño o romanticón cualquier de estos dos films demuestra una notable incapacidad para dejar el cinismo a un lado y abrazar la idea del amor intenso, idealista, no desgastado por los roces y los vicios de una relación a largo plazo.

Donde más se explora dicho idealismo romántico es, sin duda, en Antes del amanecer. Los personajes de Ethan Hawke y Julie Delpy son dos jóvenes veinteañeros llenos de ilusiones, vitales y ansiosos de encontrar un alma gemela, de ahí que su paseo por Viena sea un recorrido de conocimiento mutuo. La cámara no toma protagonismo, sino que se lo da a los actores, que moldean a sus personajes mediante pequeñas sutilidades en unos diálogos para nada banales, que vienen a demostrar que los dos jóvenes intentan impresionarse mutuamente con su profundidad. Incluso se exploran las diferencias hombre-mujer de forma tímida cuando saltan pequeñas chispas al salir a la luz sus diferencias que, no obstante, no consiguen romper una atracción inevitable. Pero donde la película toma forma definitiva, al crecer de forma retroactiva, es cuando Linklater hace evidente en su parte final, con la separación (entonces no sabemos si definitiva) de los dos amantes, que la magia del momento ha terminado, y que está a punto de imponerse la cruda realidad. Y es que, en la vida, siempre es así: los momentos mágicos se acaban, y se convierten en recuerdos que, de llegar a idealizarse, pueden resultar incluso dolorosos.

Sin embargo, la experiencia cinematográfica se radicaliza en el segundo capítulo del díptico. La sensación de instante irrepetible, de una belleza que se escapa entre los dedos (algo a lo que ayuda, sin duda, una de las ciudades más preciosas del mundo: París), se radicaliza aún más al estar la película narrada en tiempo real, casi haciéndonos sufrir la escasa hora y media que le queda a los protagonistas por delante. Y nunca mejor dicho, porque en Antes del atardecer los personajes han perdido el idealismo que impregnaba su anterior cita, reencontrándose arrastrando con ellos todo el dolor y toda la amargura de que aquel instante que vivieron juntos fuera, precisamente, algo pasajero que jamás se volvió a repetir. Es precisamente viendo esta película cuando el oasis de la anterior cobra mayor sentido, pues la vida de Hawke y Delpy, aunque al principio no quieran reconocerlo, se ha visto hondamente afectada por aquel paseo por Viena. Y es que, si Antes del amanecer es una película para veinteañeros, ésta va dirigida a los que se acercan a los 30, a los que empiezan a ver la vida con ojos cansados, escépticos, pero aún quieren pensar, como cuando eran más jóvenes e inocentes, que el amor existe, que uno todavía puede agarrarse a él y recuperar algo de la felicidad que la existencia te niega.

No es fácil hablar de sentimientos (especialmente amorosos) y hacerlo bien, con naturalidad, sin resultar hortera ni cutre. Y tanto Antes del amanecer como Antes del atardecer lo consiguen, teniendo en cuenta, claro, que cada película está condicionada por la edad que los personajes tienen en ambas. De hecho, se equivocan los que consideran el primer film de la serie como el más romántico, porque en realidad lo es, a mucha distancia, el segundo: como descubre el héroe de Alta fidelidad, novela y film, el auténtico romanticismo no reside en el amor arrebatado e intenso de los primeros tiempos, sino el que crece con el tiempo, pese al cinismo, al desgaste de la vida. Lo realmente bonito es poder mirar a la persona que tienes al lado, muchos años después, y que su tacto, su sonrisa, su abrazo, sigan estremeciéndote el corazón, continúen haciéndote sentir como en casa. De eso se trata, no de perder las ganas de comer por culpa de las hormonas desatadas.

viñeta: la crisis de los 30

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Los que me conocen saben que soy aficionado a esto de dibujar monigotes (no en vano, soy un estudiante frustrado de Bellas Artes). De hecho, mi pareja siempre me insiste en que recupere la costumbre que antes tenía de hacer tiras irónicas sobre lo que me encuentro por la vida.

Éste es un primer intento de volver a dibujar. Eso sí, no esperéis regularidad alguna, como todo en este blog: dependerá del tiempo y de las ganas que tenga de coger lápiz y papel. En esta ocasión opto por un tema que últimamente me toca muy de cerca: la crisis de los 30. Clickad sobre el dibujo para verlo más grande.


Me gustaría haberlo hecho con mayor esmero, pero está realizado con un bolígrafo azul, a mano alzada y sin bocetos previos: esta mañana tuve la idea y no me pude esperar a dibujarla. Está virado a negro a través de Photoshop.