en la ciudad / ficción

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Hablar de la tercera película de Cesc Gay, En la ciudad, y referirse a Robert Altman y a sus Vidas cruzadas es una obviedad facilona en la que no caeremos. Primero porque, más allá de la estructura de varias historias entrecruzadas, no hay mucha relación entre la adaptación del recientemente desaparecido director norteamericano de los relatos de Raymond Carver y el cine del autor de Kràmpack. Y segundo, porque en caso de inspirarse en algo, sobre todo tras observar con un poco de atención su debut en la dirección con la interesante Hotel Room, sería más bien en el cine de Jim Jarmusch. En todo caso, lo más interesante del film no son sus referencias, si no su exploración amarga, melancólica, de la infelicidad crónica del ser humano. Decía algún crítico (despistado o sin ganas de profundizar, lo ignoro) que los personajes de Gay sólo afrontaban problemas sentimentales cuando, precisamente, ésa es la clave de la obra: un retrato de la burguesía acomodada, con la vida solucionada, que tras esa fachada de perfección en realidad huye de la estabilidad de forma patológica, buscando desesperadamente las emociones que la vida ya no les proporciona.

Lo malo de En la ciudad es que transmite cierta sensación de obra imperfecta, en proceso, en parte porque el interés de las diferentes historias que se nos narran es bastante irregular. Si los recorridos íntimos de los personajes de Eduard Fernández y Mónica López (ambos, por cierto, brillantes, especialmente el primero) son lo más interesante de la película, en cambio la gracia de las desastrosas elecciones vitales de María Pujalte se agota rápidamente, mientras que la relación profesor-alumna protagonizada por Álex Brendemühl es, directamente, prescindible. Aun así, destaca el magnífico aprovechamiento que hace de Barcelona como marco cinematográfico (calificarlo de "turístico", como algunos hicieron, es otra soberana majadería), y sobre todo los matices humanos revelados a través de pequeños gestos, de silencios llenos de significado, que enriquecen la película ya sea expresando los sentimientos de los personajes, ya sea dándonos a entender su futuro sin contárnoslo de forma explícita. Una sutilidad que el director explotará en todas sus dimensiones en su film más reciente, Ficción.

A diferencia de la mirada caleidoscópica sobre la burguesía catalana de su anterior película, en esta ocasión Gay opta por una trama minimalista, centrada en unos pocos personajes y reduciendo los acontecimientos al mínimo, explotando al máximo las miradas, los gestos, las palabras de compromiso. Y al hacerlo, ha ganado en poderío visual, en concreción narrativa y, sobre todo, en cercanía emotiva. El director catalán parece, en esta ocasión, tomar como referencia a Rohmer (el interés por las historias de amor, la exploración de los paisajes naturales), pero con un acercamiento lacónico que recuerda a los mejores logros del últimamente criticadísimo Marc Recha. A ello le ayudan unos actores formidables, con un Eduard Fernández de nuevo asombroso, al que complementa a la perfección una fantástica Montse Germán, mientras Javier Cámara y Carme Pla humanizan unos personajes mínimos, pero jugosos.

El film retoma y amplía, como si la cámara fuera una lupa, el tema que ya centraba En la ciudad: el del burgués que, cercano a la cuarentena, se da cuenta de que es infeliz, de que su vida no le colma, y lo único que le colma es un amor que supone una transgresión, un signo de rebeldía ante las estructuras sociales. No importan tanto las conversaciones de los protagonistas como su actitud, su comportamiento mutuo, con un continuo coqueteo subterráneo, casi inexistente, que llega al punto máximo de tensión (¡y eso que no ocurre nada!) en la escena del bar. Si el final es una concesión al público, lo debe juzgar cada uno, pero hay que reconocer que lo que tiene de culminación lo tiene también de amargura. El amor tímido entre Fernández y Germán parece una versión adulta, mucho más consciente, de los platónicos amores de verano de la adolescencia.

Con Ficción, Gay demuestra haber alcanzado una notable madurez expresiva, una voz propia y apasionante que se merece, sin lugar a dudas, un sitio de honor entre el mejor cine español de los últimos años. A pesar de las reacciones de algunos críticos a los que (según sus comentarios del uso del paisaje pirenaico en el film) la tranquilidad del campo parece gustarles tanto como a los personajes más hipocondríacos de Woody Allen, el catalán se está convirtiendo en uno de los valores más interesantes de la filmografía patria. Pero no lo digamos muy alto, no vaya a romperse el hechizo.

lost in translation

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Al que esto suscribe, la segunda película de Sofia Coppola como directora le deslumbró notablemente la primera vez que la vio. Sin embargo, un segundo visionado, inspirado por una reciente visita a Japón, la ha revelado como algo más mediocre de lo que parecía. Y es que cuenta con un problema grave: a pesar de una interesante intención de estilo, de mostrar una forma de narrar personal que funcionaba bien en Las vírgenes suicidas, aquí la hija del gran Francis Ford no parece estar muy segura de lo que nos quiere contar. ¿Habla de la sensación de extrañeza que provoca en dos norteamericanos una cultura tan particular y surrealista como la japonesa? ¿O bien intenta narrarnos una historia de amor a media voz, basada en miradas, gestos y susurros, que jamás llega a concretarse? Ambas intenciones chocan e impiden que los detalles más interesantes de Lost in Translation tomen cuerpo.

Porque, digámoslo ya desde el inicio, la mirada de Coppola sobre Tokyo y, por extensión, sobre todo Japón, es en exceso turística, superficial y, por si fuera poco, cuando tiene que retratar la vida nocturna es además bastante pija (¿o de verdad alguien piensa que todos los nipones se mueven en los ambientes profundamente cool que se ven durante todo el film?). La excusa que algunos exégetas del film emplean, el hecho de que la historia esté narrada, precisamente, desde el punto de vista de dos turistas, no me sirve: un film que basa gran parte de su interés en el choque de sus protagonistas con una cultura foránea, desconocida para su público potencial, debería ser capaz de transmitir al espectador con mayor fuerza y profundidad las características de dicha sociedad. Ante Murray y Johansson no desfilan personas viviendo en su hábitat normal, sino simples monigotes, estampas curiosas a las que la cámara se encarga de dotar todavía de mayor extrañeza.

Algo que se traslada, por cierto, incluso al resto de personajes norteamericanos de la película. ¿Qué función tiene el personaje de Anna Faris, más allá de la (por otro lado, divertidísima) parodia que supone de la aborrecible Britney Spears? ¿O el de Giovanni Ribisi, que podría haberse elidido como la mujer de Bill Murray? Todas esa sobreabundancia narrativa lo único que consigue es que la trama avance de forma más lenta, a trompicones, no permitiendo que la relación entre los dos (anti)héroes, sin lugar a dudas lo más interesante de la película, se desarrolle tan en profundidad como podría, dejándonos, hasta cierto punto, con la miel en la boca, como si la historia se cerrara antes de que pudiéramos llegar a disfrutar de la obvia conexión entre los personajes. En ese sentido, y con menor pretenciosidad intelectual, Ficción de Cesc Gay llega más lejos... y mejor.

Porque, y eso es lo más triste de Lost in Translation, es que cuando Coppola se decide a dejar de dar vueltas y a construir la relación entre Murray y Johansson a través de gestos y miradas, es cuando la película remonta el vuelo. Pero no pasa tantas veces como debería. Cualquiera que haya tenido una amistad más o menos cercana con alguien del sexo opuesto, especialmente en circunstancias extrañas como pasa con los protagonistas del film, reconocerá esos pequeños detalles inocentes, pero cargados de significado sentimental, que caracteriza a ese tipo de relaciones. Y entenderá que ambos se sientan culpables por su relación, pese a que no vaya más allá. En todo caso, pese a sus defectos, la obra nos deja dos interpretaciones esplendorosas, fantásticas, de dos actores que desprenden química por los cuatro costados.

powers

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Brian Michael Bendis es un guionista que despierta tantas admiraciones como odios. Su particular (y naturalista) estilo de escribir diálogos, lleno de repeticiones, pausas y chascarrillos, irrita a muchos, igual que su habilidad para tomar ideas ya usadas antes y llevarlas a su terreno, que tiende a llenar sus historias de las luces y de las sombras del cine negro. Algunos siguen sin reconocerle, sin embargo, el mérito de mantener Ultimate Spider-Man en lo más alto tras más de 100 números, o de haber creado una serie tan apasionante como Alias y su continuación, The Pulse. Su mejor trabajo hasta la fecha es, sin embargo, el que realiza en Powers, saga que empezó en Image para trasladarse después al sello Icon de Marvel, y en el que mezcla su querencia por el noir de sus primeras obras, como Goldfish, Jinx o Torso, con el más puro y duro género superheroico.

Aunque algunos despistados así lo piensen, no es que Powers destaque precisamente por su originalidad. Hay mucho en sus páginas del Frank Miller de Batman: El señor de la noche (el uso de las acotaciones televisivas, la visión nihilista del mundo), del Alan Moore de Watchmen (las rimas visuales, la visión realista y deprimente de los superhéroes) e incluso del Kurt Busiek de Marvels (la narración de los tiras y aflojas superheroicos desde el punto de vista de un tercero en discordia), por no hablar de cientos de pequeños minihomenajes y evidentes inspiraciones (sin ir más lejos, el grupo Unity de la saga Los vendidos es un clarísimo reflejo de la Liga de la Justicia de DC). Sin embargo, el trabajo de Bendis funciona, por lo mismo que es capaz de derribar los tópicos sobre los que trabaja: porque sabe marcar muy bien el ritmo de su narración, porque es capaz de definir a un personaje con cuatro detalles y dos frases, y sobre todo, porque sus diálogos, además de realistas e ingeniosos (ignoro si es admirador de Peter David, al que se parece en ese sentido), son mucho más inteligentes y eficaces de lo que pueden parecer.

Sin embargo, su trabajo no destacaría tanto en esta serie si no fuera por el magnífico entendimiento al que ha conseguido llegar con su dibujante, Michael Avon Oeming, cuyo estilo de trazo limpio, a veces incluso esquemático (claramente deudor del enorme Bruce Timm), ha evolucionado desde unos inicios algo irregulares a su estilo actual, mucho más sólido y atractivo, capaz de definir mejor la acción con menos trazos. Es ese estilo sencillo el que le permite, además, jugar continuamente con las sombras, dándole al cómic el aire de cine negro que necesitan las andanzas de sus dos protagonistas, los detectives de homicidios Christian Walker (antiguo superhéroe que perdió sus poderes) y Deena Pilgrim, especializados en casos relacionados con "Powers", que es como se llama a los superhombres en el universo del cómic. A pesar de la crudeza de dichas investigaciones, que Bendis y Oeming llenan de sangre, vísceras, brutalidad e incluso algo de sexo, durante todos los cómics hay un continuo tira y afloja entre los dos héroes, con una tensión sexual no resuelta cuya eterna no resolución recuerda a la de Mulder y Scully en Expediente X. Y ya tenemos otro homenaje más.

Lo más interesante de Powers es, sin duda, la libertad con la que Bendis incluye elementos humanos, tremendamente realistas, en sus narraciones superheroicas. Hay continuas discusiones internas en los supergrupos, relaciones íntimas entres héroes y villanos, groupies que ofrecen sexo a los defensores de la humanidad, identidades secretas que destrozan la vida de terceras personas, grupos terroristas que odian a los superhéroes... E incluso el ser más poderoso sobre la Tierra, desatado en su locura por acabar con la hipocresía humana. Y entre todo ello, Walker y Pilgrim, que inevitablemente se ven implicados en todo ese maremágnum de acontecimientos, ya sea a nivel más personal (el primero ve morir a su prometida, la superheroína Zora, cuando ésta intentaba defenderle) o físico (la detective sufre la tortura del enloquecido Supershock). Sin ánimo de chafarle la sorpresa a nadie, el hecho de que en la segunda etapa de la serie Bendis le dé poderes a ambos protagonistas, y nos muestre la forma radicalmente distinta en que ambos los afrontan al mismo tiempo que siguen su trabajo como policías, es un interesantísimo giro que, por cierto, no le quita ni un gramo de coherencia a su trabajo.

Ahora sólo queda esperar a que Panini, que actualmente tiene los derechos de publicación de la serie junto con los de toda Marvel, se digne a sacar algo más que los seis volúmenes (¡si es que alguna vez llega siquiera a lanzar éstos!) que publicó en su momento Planeta DeAgostini, en lugar de alguna de la basura superheroica que está llevando a las tiendas especializadas últimamente.

crónicas japonesas

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LUNES, 20 DE NOVIEMBRE DE 2006

14:10. Ya en el aeropuerto de Barcelona, tengo un primer acercamiento a la cultura nipona. Como viajo con Japan Airlines, las chicas del personal de tierra son japonesas y me tratan de forma exquisita: son todo atención, amabilidad y solicitud cuando facturo. Eso sí, hablan tan bajo como yo: espero que no sea un problema. Como JVC me paga el viaje en Business, paso el rato antes de subir el avión en la Sala Canudas, la sala VIP del aeropuerto. ¡Hay que ver lo bien que vive la gente de pasta!

En el avión no tendré conexión a internet, así que tendré que contaros a posteriori qué tal el viaje... 14 horas ni más ni menos. Espero poder dormir de camino: lo bueno es que, al ir en Business, me van a tratar a cuerpo de rey.

16:30. El viaje a Amsterdam, donde cojo el avión a Narita, lo hago con Iberia. Supongo que lo que denota lo acostumbrado que estás a ir en Business son las veces que le das las gracias a los/as azafatos/as. Veo que aquí soy el único en ser tan agradecido: o los demás son unos maleducados o es que yo me paso. Claro, que el detalle de que delante mío vaya la tertuliana rosa Chelo García Cortés dice mucho del talante de los que me acompañan. Recordadme que jamás se me suban así los humos.

El menú que nos sirven es una pijada de Sergi Arola que es, como siempre, la bandejita tamaño A4 típica de Iberia que sirve para engañar un poco el hambre. Nota mental: no volver jamás a pedir café en un avión. ¿Cómo pueden estar tan malos? ¡Aaagh!

20:10. Vaya, soy uno de los poquísimos extranjeros que va en Business a Narita. Pedazo de Jumbo, por cierto. En la foto que adjunto no se aprecia mucho, pero es enorme. Quizá por eso va medio vacío. Allí dentro (en toda su intensidad) descubro la hospitalidad made in Japan: no es que sean amables, es que si te ven inclinarte para rascarte el culo les falta poco para ir a hacerlo ellos mismos. Eso sí, su eterna sonrisa Profidén es más forzada que la de Carmen Cervera: en cuanto piensan que no les miran (hay que tener en cuenta que los nipones se miran poco a los ojos al hablar) recuperan su rictus de ser humano normal. O sea, de agobio por el trabajo. Ojo al detalle que lleva el avión: una cámara en la parte delantera que te muestra el despegue y el aterrizaje en primer plano y, además, el recorrido si las nubes no cubren el cielo. Qué gran idea.

El viaje es un lujo: tengo mi propia pantalla LCD de unas 7 u 8 pulgadas con programación a la carta a escoger entre la oferta. Empiezo por Superman Returns en inglés a palo seco, que no había visto y que no cumple las expectativas de la sonrisa de idiota que me ponen los títulos de crédito con la banda sonora de John Williams, y sigo por Misión imposible en castellano, que me hace tener ganas de dormir. Y eso que no es la de John Woo. Claro, que también tendrá que ver la cena que me he metido entre pecho y espalda, nada que ver con las ridículas bandejas A4 de Iberia, incluido un appetizer con semillas de soja fritas (como los quicos, pero en soso) y aperitivos japoneses. Delicious, vamos.

MARTES, 21 DE NOVIEMBRE DE 2006

13.00. Pero hora local, que conste. O sea, las 6:00 en España. He dormido unas horas y mira, es el día siguiente y ya sobrevolamos Rusia. Las vistas con la cámara del avión son espectaculares. Vuelvo a comer, a ver si mi cuerpo se va acostumbrando al nuevo horario, pero esta vez menú japonés: ramen y arroz con curry y ternera. Para chuparse los dedos. Por cierto, que del síndrome de la clase turista, nada. Claro, ayuda tener un asiento totalmente reclinable, pero sobre todo tiene mucho que ver que los nervios me han hecho mear como un cosaco. ¡Hay que ver! Van a pensar que soy un esnifador compulsivo o algo similar.

15:45. El aeropuerto de Narita me había parecido pequeño a primera vista, pero después de atravesar seis o siete cintas antes de llegar a un pequeño metro que lleva a la zona de maletas, veo que era una impresión equivocada. El papeleo de inmigración no me da problemas, como tampoco el registro de mi maleta, en el cual el joven policía (por cierto, qué azul tan cantoso llevan los uniformes policiales nipones) se expresa mediante hojas de papel de una carpeta. Qué dominio del idioma, sí señor. Cambio unos euros por yenes y voy a sacar el billete de autobús que me llevará al hotel, pero antes de que me pueda dar cuenta una amable azafata, que me pregunta antes a qué hotel voy, ya me lo ha pedido ella solita sin que tenga que pensar siquiera. Son pesados, sí, pero eficaces. Hay que reconocérselo.

16:55. Espero el autobús en el exterior, observando los japoneses yendo para aquí y para allá mientras me tomo un sabroso zumo de uva en lata que he pillado de una máquina (120 yenes: carísimo, pero vale la pena el capricho). Es acojonante: no se retrasan ni un minuto. Cada bus sale a la hora en punto, casi clavada. Por cierto, pasa una chica occidental con un hombre mayor y me mira con cara de reconocimiento: es española, seguro. Me toca subir y, para mi sorpresa, antes de que salgamos el hombre que cogía los billetes sube al autobús y se despide de todos saludando con una suave inclinación. En las varias paradas que hacemos en el aeropuerto de Narita, todos los encargados hacen lo mismo. ¡Cuánta educación!

En el bus no aguanto más y me quedo dormido un rato. Lo raro ha sido despertarme, después de haber visto en mis sueños a mi novia y a mi entorno barcelonés, y de pronto verme rodeado de japoneses, camino de Yokohama. Qué situación tan surrealista.

18:55. Me alojo en el Hotel Pan Pacific Yokohama, el pijísimo barrio de Minato Mirai 21. El pastón que le debe costar esto a JVC. Me cogen la maleta al entrar (cómo se nota que soy de Bellvitge: subo con desconfianza) y me acompañan a la habitación para que no tenga que llevar nada. Le debería haber dado una propina al chico, pero no llevo nada encima. Joer tío, que yo también soy pobre, aunque no lo parezca. La habitación está bien (aunque lo cierto es que la del hotel de Londres de la semana anterior estaba mejor), pero lo que me alucina son las vistas al puerto de Yokohama. Me siento en Lost in Translation. Otra foto que no hace justicia, pero es que es verlo para creerlo. Hasta tengo un balconcito con una mesa y sillas... Pero el frío que hace no invita a salir, precisamente.

Llego con necesidad de ir al lavabo, y descubro que la taza tiene de esos chorros a propulsión de agua caliente que tanto le gusta a los japoneses. Lo pruebo y, la verdad, da gustito, pero de limpiar, poco. Como el papel, nada.

20:00. El día se cierra con el primer contacto con la gente de JVC Japón. Compruebo lo mucho que valoran las tarjetas, porque no paran de darme las suyas. A mí se me olvidó coger más de VídeoPopular, así que tengo que hacer trucos de magia y jugar al despiste para arreglarme con las cuatro que tengo. Eso sí, la tarjeta les encanta. Cenamos en un restaurante de sushi del mismo hotel, y entre la intrascendencia de la conversación destaco dos cosas: lo raro que les parece a los nipones que los españoles tengamos dos apellidos (claro, tener sólo uno como ellos es más sencillo) y lo admirados que se quedan al ver que todos sabemos usar los palillos con fluidez. Desde luego, a veces de tan chouvinistas parecen tontos. La cena, muy bien: muchos platos con poca cantidad, pero que acaban llenando. A destacar un sake frío buenísimo, que entraba como el agua, y el sake de patata, mucho más fuerte que el de arroz, que dicen que se ha puesto de moda.

Subo a la habitación para escribir esto (aunque tengo que pedir un transformador prestado en recepción para poder usar el portátil) y, antes de acostarme, me pego un pedazo de baño.

MIÉRCOLES, 22 DE NOVIEMBRE DE 2006

8:05. He dormido como un ceporro, así que el jet lag me lo he dejado en casa. Bajo a desayunar y me sorprendo al verme rodeado de japonesas mayores. Intuyo que sus maridos, hombres de negocios, se han ido a trabajar pronto y las dejan a ellas desayunar tranquilamente. Mi desayuno es de lo más oriental: croissant, brioche, panecillo y café. Un detalle: la mermelada que tiene, lógico por distancia geográfica, es australiana. Y es pésima, por cierto. Un día de éstos probaré a pegarme un desayuno a la japonesa: arroz, verduritas... Al menos parece sano. Veo a algunos de mis compañeros de viaje y me doy cuenta de que llevan traje para la visita a JVC que haremos después. Genial, voy a volver a ser el español que da la nota vestido con tejanos y bambas.

9:55. Nos llevan en taxi (dos detalles: todos llevan los asientos adornados con unas blondas que parecen hechas por abuelas españolas y las puertas se abren y se cierran automáticamente) hacia la parte aburrida del viaje: los rollos tecnológicos, que por cierto no se diferencian en demasía a los discursos de las compañías occidentales. Así que dejaré ese tema aparte. Lo divertido son detalles como que los ingenieros de JVC lleven camisa y corbata pero, encima, una chaqueta azul de basurero, o que nos hagan quitar los zapatos para entrar en la zona de muestra de productos. Comemos en la sala de reuniones, en concreto una especie de versión occidental de los obentô (que son esas cajas tan típicas del manga y el anime compartimentadas con arroz, carne, salsa... etc), con unos sandwiches, unos trozos de pollo empanado y una mousse de té verde. Por cierto, allí empiezo a tomar un refresco de té verde y me gusta: no lleva azúcar, ni limón, ni nada, pero el saborcito es agradable. Por eso me llevo un par para el minibar del hotel (el inglés se llevó un par de refrescos de limón y de naranja, que conste).

Tan pesada se ha hecho la charla que incluso a la gente de JVC se les cerraban los ojos después de comer. Imaginaos a nosotros. Con todo, ha habido cosas interesantes: de hecho, el proyector que presentaban es cojonudo. Después de ver un par de fragmentos de Misión imposible 3 y King Kong (qué digital todo en la peli de Peter Jackson, por cierto, parece un videojuego), nos llevan de vuelta al hotel en taxi.

17.15. Decido ir a dar una vuelta por las cercanías del hotel. En París descubrí el placer de caminar sin rumbo fijo por una ciudad desconocida, sin echar ojo al mapa, como si fueras un habitante más de la zona. Aquí es imposible: prácticamente no hay occidentales. La única vez que me cruzo con una occidental, es casi un alivio: nos miramos a los ojos y nos sonreímos. La verdad es que por la zona no hay mucho que ver, todo son edificios de oficinas y tiendas. Me meto en una especie de Bauhaus a la japonesa (donde, mirando sin rumbo, encuentro una esponja para bebés de Doraemon) y en un Toys'R Us, con la esperanza de ver una mísera sección de DVD, en la que no veo nada destacable aparte de que ya no quedan PS3 (cachis). La verdad es que es divertido ver lo cantones que son los carteles que ponen para marcar los productos.

Mi siguiente intención es subir al observatorio de la Torre Landmark, la más alta de Japón, que está al lado de mi hotel, pero veo que vale 1.000 yenes subir... Y decido que la vea su tía Rita. Le echo una foto y me vuelvo, que hoy cenamos pronto.

20:55. Otra vez de cena, esta vez al restaurante Yokohama Seryna. Aparte del sashimi (pescado crudo, cortado como el que se usa para el sushi) y el sake habituales, me meto entre pecho y espalda dos ostras enormes pero paso del cangrejo que sirven. Si ya se extrañan en España cuando digo que no me gusta el marisco, imaginaos en Japón: me he convertido en un extraterrestre. Pero lo importante viene después, que es cuando he probado la famosísima (e increíblemente cara) ternera de Kobe: cortada muy finita, casi al estilo carpaccio, se cocina en agua hirviendo y se come al instante con salsa. La cuestión es que la carne integra perfectamente grasa y chicha, con lo que es tan suave que se deshace, literalmente, en la boca. El secreto está en que las alimentan con cerveza (en serio) y las masajean a menudo. Una delicia. Con el agua de hacer la ternera, la camarera le añade verduras, soja, miso (bloque de pasta hecha de soja), mochi (otro bloque de pasta, esta vez hecha de arroz) y setas, se ha convertido en shabu-shabu (que es la onomatopeya de mojar la carne en el agua hirviendo), un cocido de lo más resultón, cuyo caldo hemos acabado comiendo con ramen. Divertido, y para chuparse los dedos.

Y tras un helado de naranja japonesa (cómo no) y un té verde, nos hemos vuelto al hotel. Mañana, después de la visita que tenemos que hacer a Yokosuka, me daré un paseo por la zona del restaurante, que está al lado del hotel y está mucho más animada (incluso he visto alguna tienda de manga).

JUEVES, 23 DE NOVIEMBRE DE 2006

07:05. Esta noche me he despertado sobre las 4 de la mañana, nervioso, y no me he podido volver a dormir. No acabo de estar cómodo con las almohadas de este hotel, duras como piedras (del tipo que usan los japoneses, imagino). Me he dado un largo baño, he consultado el correo y me he bajado un par de programas de La finestra indiscreta, que Álex Gorina hace para Catalunya Ràdio (quería bajarme el de Gomaespuma, pero no lo he encontrado), para escucharlos desayunando. Lo malo es que he ido a pillar el programa en que habla con entusiasmo de la mediocre Borat. Vaya por Dios.

Al volver a mi habitación, he decidido coger algo de hielo en una máquina del hotel para beber un poco del refresco de té verde que me llevé ayer de JVC. Pero claro, pensaba que la máquina tendría recipientes de plástico o algo así y ha empezado a tirar el hielo a la nada, con un ruido espantoso. He tenido que correr a coger la cubitera que hay junto a mi minibar para poner todo el hielo que ha salido. Lo que no me pase a mí... A veces soy la versión española de Mr. Bean.

8.55. Esta vez nos llevan en autocar (que, por cierto, aparte de tener el volante al otro lado, no tiene nada de especial). Hoy es el festivo Kinrou Kansha No Hi, que viene a ser una especie del Día del Trabajador en versión japonesa, así que la circulación es mínima por la autopista. Vuelvo a fijarme en lo abigarradas que resultan las urbes niponas: los edificios están muy pegados entre sí, y tanto las casas como los pisos son muy pequeños. Hay poco espacio en el que construir, y está aprovechando al máximo. Yokosuka no es una ciudad tan importante como Yokohama, así que al observar los pisos de la zona me doy cuenta de que me recuerdan, y mucho, a barrios obreros de Barcelona como Nou Barris. Los edificios son igual de feos, grises y tristes, sólo que aquí todos los carteles están en japonés.

Esta vez, la reunión de trabajo con JVC es más divertida. También nos pegan un poco de rollo, pero la mayor parte del rato que pasamos allí vamos andado por sus laboratorios de investigación, viendo algunos prototipos realmente espectaculares. Por cierto, como no podemos entrar con el calzado de fuera vamos con unas zapatillas que me recuerdan a los zapatos de punta que tanto les gustan a las mujeres (de hecho, son de piel y de color verde). Sólo les falta el tacón de aguja, vamos.

13:35. Vamos a comer a un hotel de Yokosuka, el Trinity (sí, como la prota de Matrix). Nada extraordinario: es un buffet libre, sólo que con comida japonesa que me resulta difícil reconocer, especialmente porque los carteles son poco comprensibles para los profanos. Es muy curioso observar a los japoneses, y detalles como las afirmaciones que hacen con la cabeza cuando hablan para remarcar algo. Supongo que es como la manía de gesticular que tenemos los españoles. Me preguntan otra vez por Barcelona, y con mi inglés macarrónico explico lo mucho que me gusta para vivir. La verdad es que empiezo a echar de menos poder hablar en castellano libremente, sin tener que estar traduciendo continuamente lo que pienso.

En el viaje de vuelta al hotel, escucho un poco más de La finestra indiscreta y, por unos minutos, me siento de vuelta en España. La sensación no es nada mala, por cierto.

18:55. El segundo paseo por Yokohama se ha quedado en nada: me he echado a dormir con intención de descansar media hora, y he acabado sobando hasta la hora en que habíamos quedado para cenar. Es lo que tiene dormir tan pocas horas. Esta noche nos han llevado al restaurante Kokonotsuido, el más típicamente japonés al que hemos ido hasta ahora. Otra vez nos hemos quitado los zapatos y nos hemos sentado en un suelo de tatami ante unas amplias mesas con un hueco con brasas ardiendo, donde hemos podido cocinar varios tipos de carne (incluyendo otra vez un buen trozo de ternera de Kobe y una versión nipona de las vieiras gallegas) y verduras, todo delicioso, bañándolas antes en dos tipos de salsa distintas (una creo que era terayaki, la otra sabía a soja). Luego hemos comido soba (fideos de harina de alforfón) simplemente con salsa de soja, wasabi y verduras, también con un sabor muy apreciable. No ha faltado el ya tradicional té verde, acompañado un doble postre que incluía, aparte de un pastelito y algo de fruta, un par de daifukus (pastelitos de mochi rellenos con una judía roja dulce) y media castaña, todo bañado en salsa de judía dulce. Un detalle tonto: el camarero que nos atendía tenía bastante pluma, pero por imagen y actitud me recordaba a los homosexuales que conocí en España cuando aún era un niño. Imagino que, en una sociedad tan conservadora como la nipona, su integración social debe ser tan complicada como en nuestro posfranquismo.

La verdad es que, con la imagen de serios que tenemos de los japoneses, sorprende verlos en su ambiente, riendo, bromando y gesticulando como si fueran latinos. Lo que no sé es hasta qué punto el alcohol tiene algo que ver con el tema... Me he dado cuenta, por cierto, de que soy el más joven de los europeos que han venido al viaje: todo están casados y con hijos más o menos mayores. ¡Y yo que pensaba que con 30 años ya era todo un hombre! Volviendo al hotel en taxi, avanzando a través de la lluvia con la Torre Landmark de fondo y con las luces de Yokohama a nuestro alrededor, me he sentido en el mundo de Blade Runner. La verdad, para un occidental este país parece otro planeta.

23.10. Algunos de mis compañeros de viaje, que por cierto son dos alemanes, un inglés y un francés (la verdad es que parece un chiste), han bajado al bar del hotel (que se llama Jack's Bar, por cierto, un nombre nipón a más no poder) a tomar una copa. La conversación versa sobre tecnología y encima es en inglés, así que disimulo que me estoy aburriendo como una ostra sonriendo, asintiendo y diciendo alguna chorrada de vez en cuando: igualmente, no me quedo mucho rato. Aunque retengo un detalle: que antes de la cerveza que pido, me traen una toallita caliente y húmeda para secarme las manos, como en todos los restaurantes donde he comido aquí. Seguro que a Torrente le encantaría el detalle, sobre todo si después tuviera que ir a orinar.
Me iré a camita pronto, que mañana hacemos por fin la visita más esperada: Tokyo y Akihabara. La pena es que será mi último día completo en Japón... Snif.

VIERNES, 24 DE NOVIEMBRE DE 2006

07:25. Sé que había prometido pegarme un desayuno oriental, pero estos días estamos metiéndonos entre pecho y espalda tanta comida japonesa que agradezco poder saborear algo más o menos occidental. Como vengo haciendo a menudo, agradezco a una camarera que me sirva café con un "Arigatô", y veo que me lanza una sonrisa sincera y me responde en japonés. No entiendo lo que dice, pero le ha hecho gracia que sepa algo de su idioma. Es algo bueno que tienen los nipones: agradecen mucho que te esfuerces con su idioma, todo lo contrario que algunos franceses, que incluso se atreven a corregirte si pronuncias mal.

09:00. Hoy, por fin, en lugar de hablarnos de trabajo nos llevan de turismo. Minato Mirai está bien si no quieres salir del hotel, pero yo venía a conocer la cultura japonesa y lo que más he conocido es un gastronomía. Mientras nos acercamos en autocar a Tokyo, me doy cuenta de que es una ciudad mucho más interesante. En las afueras, llenas de edificios de pisos feos y algo desvencijados, me fijo en detalles como que los bloques no se tocan (ya que las tuberías pasan por fuera: una medida de seguridad por la abundancia de terremotos) o que las calles están llenas de cables porque el teléfono, la electricidad, internet y otros servicios se cablean al aire libre, ya que perforar sería demasiado caro. Mientras me fijo en la abundancia de canales, que hace que la ciudad parezca una Venecia de medio pelo, uno de los responsables de JVC comenta que, entre las japonesitas jóvenes, están de moda los actores coreanos, que les resultan mucho más atractivos que los nipones. De ahí que Capcom haya contratado a Byung-hun Lee para su último juego... Me llaman la atención una especie de andamios metálicos construidos con vigas sólidas, llenos de coches, y veo que son una solución de aparcamiento por la falta de espacio.

10:10. Nuestra primera parada es el Museo de Edo. Es una visita bastante relámpago, pero ayuda que nos asignen una guía norteamericana, una chica majísima (y embarazadísima, por cierto) que nos comentó multitud de cosas interesantes de la Tokyo primitiva. Me hace gracia comprobar lo mucho que conozco sobre las luchas por el shogunato, además de las estructuras feudales, por haberme chupado todos los Onimusha. Para que digan que los videojuegos no sirven de nada. De la muchísima información que nos ofrece en muy poco tiempo, me quedo con cosas como los zancos que se calzaban los pescadores nipones para poder echar las redes andando dentro del agua (de verdad), el hecho de que los maravillosos ukiyo-e (dibujos estampados con planchas de madera, una por cada color) que inspiraron a gente como Toulouse Lautrec eran considerados arte plebeyo, o que en el Edo medieval ya había un antecedente del agua corriente para abastecer a todos sus habitantes. Como detalle curioso, mientras visitábamos el museo también andaba por allí un colegio de japonesitos, todos vestidos con gorritos amarillos. Todos se nos quedaban mirando, curiosos por ver a tantos extranjeros juntos observando con interés lo que ellos estaban visitando para hacer un trabajo de curso (porque iban apuntando cosas en libretas).

11:45. Vamos a Akihabara, en concreto al centro comercial de electrónica más grande de la ciudad, Yosobashi Camera, siete pisos dedicados a todo tipo de aparatos, más unos cuantos dedicados a restaurantes y ¡una escuela de golf! Lo primero que hacemos es comer, para no pillar las colas de los currantes que van allí a llenarse la tripa. En principio optamos por ir a un teriyaki, a probar carne a la parrilla con esa deliciosa salsa... Pero no empiezan a cocinar hasta las tres, así que vamos a un restaurante de soba: nada original, vamos. Después nos dividimos según nuestros intereses, y el inglés (Ric) y yo nos unimos a la srta. Harada, de JVC, para hacer una exploración friqui: primero queremos mirar los DVD de Yosobashi, y luego acercarnos a una tienda cercana de manga y anime.

Buscando los DVD me encuentro con mi único capricho del viaje: una camiseta de lo más molona con el símbolo del Duende Tortuga, el Maestro Mutenroishi de Dragon Ball. Mirando películas, buscando cierto encargo que no encuentro por ningún lado, me doy cuenta de que hay muchas más películas norteamericanas que niponas. El poderío de Hollywood invade todo el mundo. Ric, aparte de unos muñecos para uno de sus hijos, decide comprar un par de iPods Video, porque al estar libre de tasas le salen mucho más baratos que en Gran Bretaña (aunque los 28.000 yenes que le cuestan cada uno a mí me duelen en el alma). Cuando intento hacer fotografías a las interesantes muestras de electrónica de consumo un guardia jurado me dice que nanai. Como buen español, miro a ver si puedo hacer una foto de estrangis, cuando no mire, pero el tío no pierde ojo. Maldita eficacia nipona.

Después vamos a la tienda de manga que nos indicaron antes. Por el camino nos partimos de risa al ver un comercio de trajes para cosplay, llena de disfraces de un tono provocador que roza el material de sex shop. La tienda recomendada resulta ser un edificio algo cochambroso, con varias plantas en las cuales hay diversos negocios. Decidimos comenzar por arriba, por las tiendas de muñecos, e ir bajando hasta la parte de manga. Allí descubro que lo que las tiendas españolas venden en el Salón del Manga es una millonésima parte de la oferta que hay en Japón: hay muñecos prácticamente de toda clase, tipo y forma, e incluso venden algunos por montar, para que sean los usuarios los que se hagan los personajes a su medida, según sus propios gustos. La srta. Harada nos comenta que hay algunos otakus (palabra que, por si no lo sabíais, en Japón tiene una connotación despectiva, ya que se refiere a los obsesos de un tema, no únicamente del manga) que coleccionan compulsivamente cierto tipo de muñecas que se caracterizan por su actitud sexual, sus pechos enormes, la posibilidad de desvestirlas y, lo que es más importante, su altísimo precio. La mayoría se buscan trabajos de unas horas al día que les permitan cumplir sus caprichos. ¿Habrán oído hablar de las muñecas hinchables? Por cierto, veo unos preciosos bustos de Gamera y, lo que es mejor, un traje completo de Godzilla de látex. El calor que debe dar.

Lo que más ilusión me hacía, por aquéllo de que era un sueño de adolescencia, era visitar una tienda de manga, pero lo cierto es que no es para tanto. Es verdad que impresiona ver tantísimos tankoubons apilados en las estanterías, pero como están en japonés y la mayoría son de series que desconozco completamente, resulta más una anécdota que otra cosa. Lo más divertido acaba siendo (más que nada, por el patetismo que implica) fijarnos en que en la tienda en sí no hay mucha gente pero, en cambio, la sección para adultos está abarrotada de otakus sudorosos, con su inevitable mochila al hombro, leyendo compulsivamente mangas eróticos. Consigo hacerles una foto antes de que el encargado de la tienda me diga que no se permiten cámaras. ¿Debería haberle tirado la mía a la cabeza? Saciados de nuestra curiosidad occidental, y no sin que Ric se compre un par de muñecas de posturas insinuantes de una de esas máquinas de bolas que ponen en el Salón del Manga, vamos al punto de reunión, delante de Yodobashi Camera.

15:30. Visitamos los estudios de grabación de JVC y, de camino en el autocar, me admiro de lo precioso que es el centro de Tokyo, y de cómo representa visualmente la mezcla cultural nipona, que aúna tradición y modernidad sin dificultad aparante. Es increíble como se combinan los templos y las zonas de bosque con los rascacielos. Si vuelvo a Japón por trabajo, espero alojarme aquí, y no en Yokohama. Técnicamente la visita resulta muy interesante, aunque estamos todos tan cansados que se nos cierran los ojos. Lo curioso es ver, entre las portadas de los discos que han producido que están colgadas por los pasillos, algunas bandas sonoras de anime, como la reciente serie de Death Note. Durante la vuelta al hotel, me quedo frito por el camino. Y es que el día, aunque ha sido el más divertido del viaje, ha sido realmente duro. Pero aún queda la cena.

19:20. Con el tiempo justo para lavarse los sobacos y cambiarse, el viaje completa su círculo cuando los responsables de JVC deciden cambiar su plan inicial y, en lugar de al restaurante que tenían pensado, prefieren que vayamos al del hotel que visitamos el primer día. Eso sí, en esta ocasión no nos sentamos en una mesa, sino que vamos al bar de sushi, con lo que nos sentamos a lo largo de una barra a que el cocinero nos vaya ofreciendo la comida que elabora en ese mismo momento.

Allí me entero de cosas muy interesantes sobre el sushi. Por ejemplo, que lo ideal es comérselo con un margen de 30 segundos tras su preparación, ya que a partir de ahí pierde sus propiedades y ya no sabe igual: de ahí que se lleven tanto estos bares. Además, resulta que, aunque los occidentales estemos obsesionados con comerlo con palillos, es no sólo correcto, sino incluso recomendable, cogerlos con las manos. Y es que, si se moja con salsa de soja, no hay que hacerlo por la parte del arroz como solemos hacer, sino al contrario: hay que mojar el pescado. Algo muy complicado de hacer con palillos, de ahí que muchos japoneses lo hagan con los dedos. En todo caso, la comida está muy bien, como la de todos los días, pero estoy deseando comerme una pizza o algo igual de occidental. ¡Si hasta echo de menos la Coca-Cola Light!

21:30. Nos despedimos ya, de forma definitiva, de la gente de JVC. La verdad es que, problemas de comunicación idiomática aparte, han sido muy majos y nos han tratado muy bien. Hasta me da algo de pena despedirme, porque me hacía mucha gracia verme rodeado de nipones: me sentía como en una película de Takeshi Kitano. En serio, no me parecía estar viviendo algo real. Los dos alemanes y el francés se van a tomar una copa, pero yo prefiero no repetir la experiencia de ayer, sobre todo porque quiero hacer la última actualización de mi crónica antes del viaje de vuelta, así que me despido de todos antes de subir a mi habitación. Como cuando vine, no podré comentaros qué tal el viaje hasta que llegue a Barcelona, cuando vuelva a tener conexión a internet. Aunque os puedo hacer un resumen de la experiencia: quiero volver a Japón. Es un país fascinante y, aunque me haya empapado tanto de su cultura como esperaba porque básicamente he trabajado, me ha parecido un viaje de lo más interesante.

SÁBADO, 25 DE NOVIEMBRE DE 2006

6:05 (hora nipona). Pese a los días que ya llevo aquí, la eficacia de los nipones sigue poniéndome los pelos como escarpias: hago el check-out (o sea, devuelvo la tarjeta-llave de la habitación y pago lo que me toca pagar) y me cogen la maleta para colocarla en el autobús que me llevará a Narita en apenas 5 minutos. Alucinante. Vuelvo con el francés, pero nos sentamos en lugares distintos, así que me pongo a escuchar el programa de Gomaespuma, que he conseguido bajarme de internet. En otro hotel se sube un grupo de españoles y, pese a las ganas que tengo de volver a mi tierra, casi preferiría que se hubiera quedado por el camino. ¿Por qué daremos tanto la nota cuando viajamos en grupo? Menos mal que luego el autobús se llena de japoneses y la magia no se rompe.

8.45 (hora nipona). ¿He dicho que el check-out del hotel fue rápido? Pues la facturación es Narita es todavía más rápida. En cambio, a la hora de enseñar el pasaporte hay que hacer una cola tremenda. Menos mal que venimos con tiempo. El francés y yo queremos comprar algún recuerdo en las tiendas duty free, pero estamos abrumados por tanta marca japonesa: Chanel, Lancome, Prada... Buscando souvenirs, observo que los japoneses no son tan cutres como nosotros, y los recuerdos son mayoritariamente comida o cosas caras, pero de calidad. No un equivalente a los sombreros mexicanos, por ejemplo. Yo acabo optando por unos dulces típicos nipones (incluyendo algunos hechos con mochi), bastante bien de precio y muy resultones.

Después vamos a la enorme sala VIP de Narita, donde pruebo todos los zumos de la máquina de Minute Maid que tienen allí puesta, además de un buen puñado de aperitivos japoneses y un melonpan, un delicioso bollo con sabor a melón: tan bueno está que me llevo otro para el viaje. Para mi sorpresa, veo que tienen una sala de relax con tres sillones de masaje, pero prefiero no probarlos y arriesgarme a no levantarme. Intento leerme el International Herald Tribune, pero me aburre soberamente.

11:05 (hora nipona). He dormido tan poco esta noche que me quedo sobado antes de que el avión despegue. De hecho, durante las 12 horas de trayecto sólo me mantengo despierto el tiempo suficiente como para hacer mi primera comida occidental en días (¡por fin!) y para ver dos películas casi completas, ambas niponas por aquello de no hacer una inmersión excesivamente brusca. Una es Trick: The Movie 2, la secuela de la adaptación cinematográfica de una popular serie nipona, que mezcla sin solución de continuidad comedia, romance y misterio con una tremenda falta de criterio, pero que me entretiene un rato. La que no me mantiene despierto es Sinking of Japan, una película de catástrofes con un tufo bastante evidente a Armageddon y similares, y que de hecho no puedo llegar a ver entera porque coincide con el aterrizaje en el aeropuerto Charles de Gaulle de París, momento en el que cortan todas las programaciones a la carta. Tampoco es que me haya perdido nada.

Antes me quito, eso sí, las zapatillas que te dan para acomodarte en tu asiento, y decido no llevarme el cepillo de dientes que también te ofrecen, más que nada porque ya me llevo dos del hotel. ¿Qué le voy a hacer? Soy español.

17:30 (hora europea). Me despido de Yves, el francés, y tengo que dar una vuelta tremenda para llegar a la terminal de la que sale mi vuelo a Barcelona. Me voy a la sala VIP y allí ¡por fin! puedo tomarme un café decente, además de encontrar El País y poder ponerme un poco al día de la actualidad de país, y además en castellano, ese idioma que ya estaba empezando a olvidar. Vale, no tanto, pero casi. Llamo a mis padres para ver si mi hermana puede venir a buscarme al aeropuerto en coche: podría coger un taxi, pero tendré que hacer una cola tremenda y no tengo ganas.

El viaje a Barcelona, que hago con Air France, no tiene mucha historia: lo único destacable es lo cutre que me parece que, pese a ir en Bussiness, no nos ofrezcan periódico alguno y la cena que nos den consista en tres ínfimos canapés y una tartaleta de cerezas. En el aeropuerto, mi hermana llega un pelín tarde pero enseguida nos ponemos de camino. Le cuento por encima mis experiencia en el viaje y, cuando me quiero dar cuenta, ya estamos delante de casa.

20: 45 (hora europea). Bajo un momento al Caprabo de la esquina a por algo de cenar. Llevo días con un capricho: pizza, y como veo que Tarradellas ha sacado una nueva con queso de cabra, ni siquiera lo dudo. La acompaño de unos yogures y voy hacia la caja. Pago y le digo adiós a la cajera, pero otro cliente se ha puesto a bromear con ella y no me hace ni puto caso. ¡Ah, qué bien estar por fin en España!

casino royale: el nuevo bond

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Aunque a su debido momento podrán leer la crítica que he realizado al respecto en el próximo número de Dirigido (¡a principios de diciembre, recuerden!), no puedo resistirme a, tras una incursión a Londres para ver lo último de James Bond, dedicar unas líneas a este "reinicio" de la saga a manos del temible Martin Campbell y un actor, como mínimo, peculiar para el papel: Daniel Craig.

Los resultados son irregulares (dos horas y media son muchas, especialmente con los bajones de ritmo que sufre la película), pero los numerosos elementos de interés que se presentan en Casino Royale permiten prever films mucho más interesantes en un futuro. Porque, confirmémoslo ya, el nuevo Bond es un auténtico hijo de puta, un asesino frío y metódico que nada tiene que ver con la eterna pose de modelo de Pierce Brosnan. Pero, aun así, Craig consigue hacerlo humano, vulnerable, a lo que también ayuda que sude, se manche, sangre e incluso lleve camisas horteras en lugar de ir siempre como recién salido de un anuncio de El Corte Inglés.

Y en cuanto a las escenas de acción, olvídense de Bond como reencarnación cool del Inspector Gadget. Este nuevo 007 es un animal físico, brutal, una mezcla bastarda de Jason Bourne, John McClane y Jackie Chan que brinda secuencias de antología, como la persecución inicial a Sebastien Foucan, digna del mejor cine de Hong Kong. O esa escena del aeropuerto que parece una escena cortada de La jungla 2. O esa pelea escaleras abajo, ¿inspirada? en El caso Bourne. O el tiroteo en un palacete veneciano...

Craig no tiene el glamour de sus antecesores, pero su mezcla de aspecto simiesco y modales menos machistas, más fin de siecle, hacen más verosímil (y menos chungo) que arrase entre las mujeres. Eso sí, aunque la violencia es mucho más brutal que antes, la parte picantona ha bajado a mínimos históricos: ni Eva Green, ni Ivana Milicevic, ni Caterina Murino muestran más de lo que deberían. En cambio, Bond muestra músculo a la mínima de cambio. ¿Un toque feminista o un guiño a los espectadores gays?

spider-man 3: el héroe oscuro

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Acaba de aparecer un nuevo trailer de Spider-Man 3, que aparecerá en cines el próximo mayo... Y debo decir que, aunque mi corazoncito de fan de Spidey también ayuda lo suyo, me parece que va a ser otro pedazo de película. Échenle, échenle un ojo al impresionante vídeo (hay que reconocer que Raimi, o quien sea que elabora los trailers, es un pedazo de artista):

http://www.ifilm.com/presents/spiderman3

Si la primera Spider-Man establecía bien la mitología (aunque pecaba de una segunda parte algo rutinaria) y la segunda hacía florecer las dudas en Peter Parker sobre la conveniencia de seguir renunciado a su vida normal por ser un superhéroe, esta tercera recupera la parte oscura del personaje que exploraban cómics como, precisamente, La saga del traje alienígena o los magníficos seis números que forman La última cacería de Kraven (un tono que Todd McFarlane recuperó, con fortuna en cuanto a ventas pero no a nivel artístico, cuando escribió y dibujó la serie).

Por cierto, antes de acabar, me gustaría hacer una pequeña recomendación para aquéllos que, como yo, son los que a veces disfrutaban más las relaciones sentimentales entre los personajes del universo arácnido que de sus aventuras superheroicas. Me refiero al cómic con guiones de Sean McKeever y dibujo de Takeshi Miyazawa que en España está publicando Panini bajo su sello Marvel Style, que agrupa con el nombre común Mary Jane tres series: la corta Mary Jane, la miniserie Homecoming y la aún en publicación Spider-Man Loves Mary Jane. Es una interesante exploración, en un tono shojo manga, de MJ y su relación en el instituto con Peter que, al estilo Ultimate Spider-Man, reescribe el pasado de los personajes. Hay, además, homenajes y cameos muy suculentos: ahí está el homenaje a El club de los cinco de la imagen de aquí al lado o la aparición de Luke "Powerman" Cage ¡intentando ligar con MJ! Un cómic delicioso.

de charla en vitoria-gasteiz

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Tras llegar a Vitoria-Gasteiz mediante un vuelo Barcelona-Bilbao y un trayecto de una hora en taxi, el cronista pudo relajarse visitando el precioso casco viejo de la ciudad (muy recomendable, por cierto) y pegándose una buena comilona antes de echarse una reparadora siesta previa a un intenso repaso de los temas a plantear ante el público asistente.

Tres cuartos de hora antes del comienzo de la sesión en los Cines Guridi, el organizador Josemi Beltrán recogió al que esto suscribe para tomarse antes un cafelito para entrar en calor antes de enfrentarse al público en la sala de cine habilitada para ello.

Desde la segunda fila de asientos, y tras una inmerecidamente elogiosa presentación de Josemi, una curiosa mezcla de espectadores de varias edades, tendencias e intereses recibieron una serie de acotaciones y recomendaciones con las que sacarle más punta a la película que iban a presenciar, Oldboy. A pesar de los (ligeros) nervios iniciales del conferenciante, las tablas adquiridas como profesor de Observatorio de Cine y su natural tendencia teatrera resolvieron todos los problemas.

Más interesante fue el debate posterior, en el que el autor de estas líneas desgranó algunos de los detalles más interesantes del trabajo de Chan-wook Park antes de, poco a poco, ir implicando al público que no se había ido al terminar el film. Demostrando que escuchar y valorar la opinión de los demás les anima a hablar, se consiguió un debate interesante, lleno de ideas y de opiniones contrapuestas, con los lógicos parones y silencios pero que, aun así, sirvió para enriquecer la visión colectiva del film.

En definitiva, una experiencia magnífica que fue rematada con una deliciosa cena junto a Josemi que permitió dormir lo justo para, al día siguiente, tomar un avión a primera hora para llegar a trabajar lo más pronto posible. Sólo incidir en que, siempre que sea posible, al autor le encantaría repetir la experiencia... U otras similares.

(Cliquen sobre la imagen para ver con detalle el programa)