la muerte y el leñador (las cuatro verdades)

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Pese a la defensa recalcitrante que, como todo director español de prestigio que se precio de ello, suele hacerse de la carrera cinematográfica de Luis García Berlanga, lo cierto es que su mejor época se centró en la etapa del régimen franquista: irónicamente, la falta de libertad le obligó a emplear una contención y una ironía que se convirtió en notable brocha gorda con la transición democrática. Es más, sus mejores obras como director son, no hay duda, las que supusieron sus primeras colaboraciones con Rafael Azcona: las maravillosas Plácido y El verdugo, dos de las mejores comedias que ha dado el cine español en su historia y, además, reflejos pluscuamperfectos de la sociedad de la época. Entre ambas, Berlanga y Azcona participaron en la película de episodios Las cuatro verdades (junto a Alessandro Blassetti, Hervé Bromberger y René Clair), rodando una muy poco conocida versión de la fábula de Jean de La Fontaine La muerte y el leñador que supone un perfecto punto de inflexión entre los dos films mencionados. El resultado, hay que decirlo, es sumamente delicioso.

El punto de partida es, a grandes rasgos, similar al de Plácido: un pobre hombre, interpretado por un bastante desadecuado Hardy Kruger (una imposición de la productora que, con esa pinta de alemán, canta como una almeja en la España carpetovénica que retrata Berlanga), es incapaz de recuperar la manivela con la que toca su organillo por las excesivas exigencias económicas de la burocracia. Eso le lleva a intentar buscar alternativas que le permitan seguir ganándose la vida en una sociedad franquista insolidaria, garrula, que poco a poco le va arrastrado a una progresiva caída en picado que recuerda, con la lógica distancia humorística aquí utilizada, a la humillación final de Lamberto Maggiorani en Ladrón de bicicletas (a ello contribuye el personaje del niño que trabaja con el protagonista, a pesar de no estar relacionado familiarmente con él). De hecho, en ese retrato crudo, a ras de tierra, que hacen los responsables de la película de su entorno, se intuye la influencia del neorrealismo italiano, sobre todo en su negrísima (y absolutamente magistral) forma de reflejar a los estratos más bajos de la sociedad.

Y es que Berlanga y Azcona no salvan a nadie, con la salvedad del desamparado protagonista. Ambos disparan con bala, y lo hacen con una puntería inigualable. No sólo las instituciones estatales se llevan un buen rapapolvo por su mezcla de incompetencia y exceso de celo, sino que también se lleva la suya la iglesia (atención al delicioso gag de las monjas interesadas, y a cómo abusan de su condición para conseguir cosas gratis), los domingueros (espléndido el detalle del campeón de submarinismo, arpón en mano, practicando en una piscina municipal donde ya no cabe un alma), los vendedores de cupones, los mataderos (allí tiene que sacrificar el protagonista a su burro después de que le rompan una pata) e incluso de los concursos de niñas cantantes. Al fin y al cabo, ha cambiado la moda, las costumbres e incluso el aspecto de los españolitos de a pie pero, en el fondo, no somos tan diferentes de ese infierno en vida que se narra en La muerte y el leñador.

El trayecto del protagonista le lleva, finalmente, a la raíz argumental de la que Berlanga y Azcona debían partir para realizar el episodio: la fábula de La Fontaine. De ahí que Kruger acabe teniendo que arrastrar él mismo su organillo, como el leñador, y el film adapte con ironía creciente la obra original. Así, primero el (anti)héroe intentará abandonar su sufrimiento recurriendo a la muerte, dispuesto a colgarse de un poste eléctrico; sin embargo, la llegada de un coche fúnebre le convencerá de no hacerlo y, de hecho, le otorgará ayuda para llevar el destrozado organillo (que previamente ha intentado tirar por un barranco), supuestamente cerrando el episodio con una nota de esperanza. Pero los autores se guardan un genial arranque de mala leche final: ya al fondo del encuadre, unos policías detienen al coche fúnebre y le obligan a desatar el organillo y, de nuevo, a que el pobre desgraciado tenga que arrastrarlo con sus propias manos. Ni a la muerte puede recurrir para salvarse de su pesada carga.

9 comentarios:

Tonio L. Alarcón dijo...

Tras el sobreesfuerzo de la cobertura del 3GSM, y de no escribir más que sobre móviles durante toda la semana, es un placer volver a ver y a escribir sobre cine... Especialmente de una joyita como ésta.

Gracias a todos mis escasos pero selectos lectores por su paciencia.

freddyvoorhees dijo...

Pude ver este segmento de la película en una de las clases del doctorado y la verdad es que me gustó mucho y hasta me hizo cierta gracia la posible explicación justificatoria de la inclusión de Kruger y su marcado aire alemán relacionándola con la época del colegueo franquista-nazi. Eso sí, me quedo con El Verdugo y, sobre todo, Plácido antes que con ésta.

Un saludillo!

Tonio L. Alarcón dijo...

Hombre, colaría si la explicación si no fuera porque el personaje de Krüger se llama ¡Hipólito Muñiz! (sic). Eso sí, tuvieron el sentido del humor de hacer que Agustín González le preguntara: "Pero ¿su padre era español?".

En entrevistas, Berlanga dice que habían escrito el papel para José Luis López Vázquez, pero los productores querían un actor extranjero, y aunque pidió que le llevaran a Peppino de Filippo... ¡Le llevaron a Krüger!

Y, por supuesto, prefiero las otras dos películas, sobre todo El verdugo, que me parece especialmente brillante.

Carlos dijo...

Hola. Me han entrado muchas ganas de ver esta cinta. A mí también me encantan Plácido y El verdugo. También Calabuch, pero menos. Por cierto, Tonio, podrías hablarnos de los otros tres segmentos de la película? Están a la altura del berlangiano?
Un saludo

freddyvoorhees dijo...

Pues maldita sea la manía de los productores de marginar a López Vázquez, que ya en El Verdugo al verla pensaba que lo que le faltaba para ser cojonuda sin discusión posible alguna era que el la protagonizase... y al de poco de verla me enteró que no pudo ver por algo similar a este caso... grr!!

natx dijo...

¿Alguien me puede decir cómo conseguir la peli?

komunicados@hotmail.com

gracias

Tonio L. Alarcón dijo...

Natx, yo la conseguí vía mula.

Anónimo dijo...

LA MUERTE Y EL LEÑADOR no es PLACIDO o EL VERDUGO, de acuerdo; Tampoco lo pretende.Pero no tiene desperdicio.
Esta és, sin duda, en la mejor época de Berlanga.

Todas las escenas tienen mucha inquina e hilvanan una durísima crítica del atraso que llevaba -y que lleva- España con respecto a Europa.

La meada del burro en esa terrible piscina pública llena de chulitos es mi momento preferido del corto, junto con ese final en la árida meseta surcada por un negro carro de muertos dónde vá una niña vestida de blanco, es digno del mejor Dreyer.

Tonio L. Alarcón dijo...

Ojo, que a mí me parece que está a la altura de Plácido y El verdugo... No digo que sea inferior, ni mucho menos.