Cada cinéfilo suele tener unas ciertas debilidades particulares, confesables o no. De entre las del autor de este blog, quizá la que menos encaja con la imagen de un venerable crítico es su afición por las comedias románticas modernas. Pero, como no le gustan las etiquetas ni las expectativas ajenas, ha decidido lanzar cinco propuestas de este género poco conocidas o apreciadas, pero que cree que merece la pena que los aficionados al género recuperen. Por orden cronológico son...
1. Juegos de amor en la universidad (Rob Reiner, 1985). Si Historia de lo nuestro es una secuela no reconocida de Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner ha reconocido que ése era el plan, pero no convenció a Billy Crystal y Meg Ryan para reemprender sus papeles), este film puede considerarse un directo antecedente. Como segunda película de su director, justo antes de conseguir su primer éxito con Cuenta conmigo, presenta un exceso de formalismos ochenteros, y dentro de la comedia romántica de la época al menos presenta unos personajes bien construidos, con unas motivaciones lógicas, y de hecho Reiner tiene la habilidad de presentar su cambio de actitud propio de forma progresiva, sin giros dramáticos imprevistos. No obstante, gran parte del mérito del film reside en la interpretación que hace del protagonista un jovencísimo John Cusack, que es capaz de dotarle de un relativo cinismo (imprescindible la versión original ante un doblaje netamente histriónico, excesivo) que se complemente a la perfección con las correctas, aunque no asombrosas, prestaciones dramáticas de una Daphne Zuñiga a la que aún le quedaban unos cuantos años para irse a vivir a Melrose Place.
2. Una maravilla con clase (Howard Deutch, 1987). Esta especie de versión inversa de La chica de rosa (es decir, el papel de Molly Ringwald es esta vez masculino, e interpretado por Eric Stolz) es quizá la comedia romántica juvenil más destacable que las que John Hughes escribió durante los 80. La historia no puede ser más sencilla y predecible: el héroe enamorado de la guapa de turno, Lea Thompson, consigue una cita con ella y su mejor amiga, la también guapa (aunque él no lo vea) Mary Stuart Masterson le ayuda a prepararse para ella... Y el resto, la verdad, es más que previsible. Lo interesante de la película es que, tras su prototípico argumento, hay un cierto poso de amargura, una melancolía de fondo a la que no son ajenos unos actores más destacables de lo habitual (se agradece que la limitadísima Ringwald rechazara un papel en la película), que saben hacer destacar las "diferencias de clase" entre los personajes de Stolz y Thompson. Además, conseguir que el final sea perfectamente lógico, como aquí ocurre, no es tan fácil como pudiera parecer.
3. Olvídate de París (Billy Crystal, 1995). La segunda (y última) película como director de Crystal es otra especie de seudosecuela de Cuando Harry encontró a Sally aunque, ésta sí, realizada con mala leche y mucho sentido del humor. Si bien pone por delante su vocación de comedia romántica positiva, que tiene el objetivo de hacer salir al espectador con una sonrisa en los labios, trata con envidiable sorna algunos de los problemas más comunes de las relaciones de pareja a largo plazo. La labor tras las cámaras de Crystal es puramente funcional, muy al estilo de Rob Reiner, limitándose a apoyarse en las interpretaciones y los chistes del guión, unos más afortunados que otros, pero en general divertidos. Sin ser una obra maestra, se trata de un film simpático, mejor de lo que se dijo en su momento, y que curiosamente le saca un partido romántico a París muy similar al de Antes del atardecer años antes que Linklater la rodara. A los amantes del baloncesto les hará gracia ver los cameos de numerosas estrellas de la NBA de la época, aprovechando que el personaje de Crystal es árbitro de dicho deporte.
4. La verdad sobre perros y gatos (Michael Lehmann, 1996). ¿Puede una película con un guión mediocre y un trabajo de dirección plano y más bien funcionarial llegar a destacar mínimamente? Ésta es la prueba de que así es. Para ello emplea dos armas: la primera, la dignidad con la que están retratados los personajes (Garofalo no es un patito feo que se convierte en cisne, y Thurman es algo más que una rubia guapa y tonta), y la segunda, unos actores en un peculiar estado de gracia, produciéndose entre ellos una química que es la que hace que la trama vaya moviéndose hacia adelante. El film, digámoslo ya, no es más que una versión "modernizada" de Cyrano de Bergerac, pero al menos algunas situaciones resultan graciosas y, lo que es más importante, el buen hacer de los intérpretes provoca que acabemos preocupándonos por los personajes, deseando saber lo que les va a pasar y esperando que sea lo mejor. Atención, por cierto, a Jamie Foxx, que tiene un minúsculo papel como amigo (con hijo) de Ben Chaplin.
5. 10 razones para odiarte (Gil Junger, 1998). El revival de comedias románticas adolescentes que surgió a finales de los 90 generó una de las peores crisis creativas que ha vivido el género. De entre toda esa basura se puede salvar esta versión adolescente y moderna de La doma de la bravía de Shakespeare, que no es una buena película pero tiene la rara virtud de apuntar, de vez en cuando, lo que podría haber sido y sus autores no fueron capaces de conseguir por querer emplear todos los tics de las películas de la época (léase humor físico estúpido, canciones grunge de moda...). Gran parte de sus virtudes, no obstante, vienen de que el director sepa sacarle a Julia Stiles una interpretación menos odiosa de lo habitual, pero sobre todo por tener como protagonistas masculinos a dos actores jóvenes que luego han despuntado por su capacidad interpretativa, el popular Heath Ledger y el pujante Joseph Gordon-Levitt. Ledger, por ejemplo, se luce en una escena de conquista en la que debe cantar micrófono en mano Can't Take My Eyes Off Of You, y demuestra tablas escénicas a pesar de que la voz no le acompaña demasiado. Un buen montador, aprovechando algunas escenas descartadas, podría sacar de este diamante en bruto un film notable.





















