Aun a riesgo de que alguno de los apasionados defensores de lo último de Zack Snyder tilde al autor de estas líneas de dinosaurio, de cegato o incluso directamente de inútil, lo cierto es que un proyecto tan elefantiásico, tan radicalmente testosterónico como 300 estaba condenado de antemano a resultar desigual, frustrantemente irregular. No sólo porque aguantar el ritmo de semejante montaña rusa es una empresa complicadísima (y Snyder ya demostró que no se le daba bien eso de sostener el ritmo en la, por otro lado, magnífica Amanecer de los muertos), sino porque es inevitable partiendo de la obra de un autor como Frank Miller, que a pesar de sus muchas virtudes también tiene unos cuantos defectos, el más grave de los cuales es que es irregular como él solo: incluso sus mejores obras, como Batman: El señor de la noche, contiene algunos momentos no demasiado apreciables (y mejor corramos un tupido velo sobre DK2).
Hay que reconocerle a Snyder, eso sí, que es capaz de conseguir imágenes poderosas, que no sólo ofrecen un acabado visual impecable, sino que además se integran perfectamente en un mundo coherente, a diferencia del batiburrillo visual que Robert Rodríguez se marcó en la sobrevalorada Sin City. El problema es que llega un momento del film en que más allá de la belleza de los planos no hay nada, e incluso los recursos visuales se repiten, como si al director se le hubieran terminado los conejos que sacar de la chistera y eso hubiera provocado que la mínima trama que intenta llevar adelante funcione a trompicones, debido a la incapacidad de los guionistas (entre ellos, el propio Snyder) de darle más cuerpo a la defensa de los espartanos del paso de las Termópilas. A ello contribuye, claro está, la omnipresente voz en off tan típica de Miller, que Rodríguez no se atrevió a eliminar y que aquí resulta igual de redundante.
Aunque algún despistado que no conoce demasiado la obra de Frank Miller se ha negado a ver el evidente militarismo de la trama (¿o es que ahora va a resultar que el totalitarismo de El señor de la noche es de lo más izquierdoso?), el principal problema no es su ideología, sino que ésta no va más allá de la simple exaltación descerebrada. Sólo hay que compararla, por ejemplo, con la de otro declarado derechista, John Milius, que también defiende la vía de la espada para conseguir la paz en su popular Conan el bárbaro, pero antes desarrolla toda una compleja filosofía vital basada en sus ideas, que es la que defiende el personaje de Arnold Schwarzenneger en dicho film. Es, precisamente, esa profundidad de fondo la que se echa en faltar en 300, como si sus creadores no se atrevieran a ir más allá de la obviedad para no herir susceptibilidades... O, simplemente, para no alejarse demasiado de la (digámoslo ya, mediocre) obra original de Miller.
En todo caso, si 300 consigue sostenerse como el puro entretenimiento que es, más allá de sus defectos de forma y fondo, es por el magnífico trabajo de sus intérpretes, en especial del magnético Gerard Butler, que no sólo dota de carisma y fortaleza al rey de los espartanos, sino que también es capaz de darle dimensión humana. Porque, al fin y al cabo, a pesar de que algunos se olviden mientras se divierten con juguetitos tecnológicos como los que aquí usa Snyder (¿no es así señores Lucas y Rodríguez?), en un film sigue siendo fundamental que el factor humano esté tan cuidado como debería, y en esta ocasión hay que reconocer que el trabajo de dirección de actores es más que destacable. Esperemos que Snyder siga siendo fiel a ese principio a la hora de rodar su versión de Watchmen, una auténtica obra maestra del cómic de superhéroes... Veremos si le saca más jugo que esa traslación a medio gas de V de Vendetta que se marcaron los Hermanos Wachowsky y su exayudante James McTeigue.
a las
23:59
Tanto Thomas Harris como Dino De Laurentiis, cegados por el brillo del oro que les proporciona la saga de Hannibal Lecter, hace tiempo que se olvidaron del detalle que hacía funcionar tan bien a El silencio de los corderos: que allí Lecter era casi un personaje secundario, y precisamente su fuerza dramática venía de sus escasas apariciones. Darle mayor protagonismo sin poner al público en su contra ha obligado a Harris a humanizarlo, a intentar hacer comprensibles sus acciones y, lo que es peor, a convertirlo casi en un héroe oscuro, algo así como un Charles Bronson con detalles de Charles Manson. Así, Hannibal. El origen del mal sería el propio Batman Begins del personaje y, mal que le pese a sus responsables, la comparación no es gratuita, ya que parece que estamos viendo el origen de un superhéroe en lugar de mostrarnos lo que, según los libros originales, debería ser la lenta transformación de un genio de la psicología clínica en un caníbal asesino.
Dejando a un lado el peregrino giro de guión con el que Harris quiere justificar la actitud psicopática de su supuesto héroe trágico, una de las características más insufribles de la película es que está llena de momentos que nadie parece haber advertido que resultan risibles, como cuando Lecter se coloca la máscara de una armadura japonesa (¿para qué, más allá de para justificar el cartel del film?) o cuando improvisa una brocheta con setas del bosque (¡menuda mezcla de McGyver y Arguiñano!). Tampoco es justificable ese orientalismo con el que sus responsables quieren justificar la violencia de su protagonista, comparándolo ¡con un samurai!, aprovechando una peregrina filosofía, por otro lado muy mal introducida, para permitir el uso continuo de una katana, en un detalle que desprende un sospechoso tufillo a Kill Bill.
Aunque lo peor, sin duda, es la actitud servil, puramente artesanal, de Peter Webber. Si Ridley Scott supo imprimir Hannibal de un tono insano, operístico, que miraba con cierta ironía (e incluso sorna) las barbaridades del asesino caníbal, el autor de La joven de la perla es incapaz de ir más de la simple ilustración, mostrando como único objetivo captar encuadres más o menos bellos. Ni el ritmo moroso de la cinta, que provoca que la acción discurra a insoportables trompicones, ni las temorosas muertes, con un gore insípido, mal utilizado (no se trata sólo de mostrar cabezas cercenadas, sino también de saber impresionar al espectador con ellas), ayudan precisamente a evitar que Hannibal. El origen del mal supere el profundo aburrimiento que transmite. A Webber le falta, y además mucho, sentido del humor con respecto a su trabajo.
Lo más interesante acaba siendo el esfuerzo de los actores para darle algo de peso, de alma, a unos personajes de cartón piedra, mal dibujados. Gaspard Ulliel, a pesar de los numerosos lastres que lleva consigo, intenta (y logra a duras penas) humanizar al auténtico monigote en que se ha convertido Lecter, y sobre todo separarse de la ya icónica interpretación de Anthony Hopkins. Rhys Ifans se toma a su malo malísimo, Grutas, de la única manera que podía tomar semejante chiste de personaje: con ironía y cierta distancia, convirtiéndolo en una especie de malvado de tira cómica. En cambio la pobre Gong Li, aunque hace lo que puede, muchas veces parece preguntarse en todo momento quién le ha dado vela en este entierro... ¿Sería mucho pedir que dejaran morir al personaje en paz, en lugar de seguir arrebatándole el supremo interés de sus primeras apariciones fílmicas?
a las
08:12
Agotado, pero ya está el autor de este blog de vuelta de la IV Muestra de Cine Fantástico de Madrid. Una cita, por cierto, de lo más simpática, que no aporta gran cosa a lo visto en Sitges o San Sebastián pero que, aun así, debería apoyarse más y mejor, con una programación más afinada y más dirigida a ese público que tiene ganas de reír y pasárselo bien. De entre lo visto, comentamos brevemente cuatro películas: dos que no hubo tiempo de ver en Sitges, una recuperada de San Sebastián y otra inédita.
HATCHET. Mucho más cerca de Uwe Boll que de Eli Roth, lo único bueno que se le puede achacar al debutante Adam Green es su total desvergüenza a la hora de plantear un slasher de serie Z lleno de actores lamentables, efectos de lo más chungo, fallos de raccord a tutiplén y uno de los asesinos más risibles que han aparecido en mucho tiempo en el cine (el baile de San Vito de Kane Hooder es carne de Scary Movie). Su total ausencia del más mínimo talento artístico, además de su absoluta previsibilidad argumental, quedan compensadas por lo poco que se toma en serio a sí misma, lo que le beneficia cara a los fans del género sin demasiadas exigencias y un alto nivel de estupefacientes en sangre. Habrá que ver cómo se desenvuelve Green en su siguiente film, Spiral, un thriller psicológico que, esta vez sí, se toma muy en serio a sí mismo.
PAPRIKA. Rotunda confirmación de Satoshi Kon como uno de los grandes nombres de la animación japonesa, a la altura ya del mismísimo Miyazaki en cuanto a brillantez e imaginación visual (por supuesto, con las lógicas diferencias entre sus dispares mundos personales). Un paso más allá de Paranoia Agent, pero con detalles de Millenium Actress y Perfect Blue, el film es una exploración de la débil frontera entre la vida real y los sueños (interesante el uso que hace el director de las teorías psicoanalíticas relacionadas con el tema) que a veces recuerda a Cronenberg y a veces de Lynch, pero siempre mantiene una visión radicalmente propia. Su exhuberancia visual, desatada sobre todo en el tramo final del film, resulta hipnótica hasta ese final cuya noción del apocalipsis está más cerca de La princesa Mononoke que de Akira.
LA MARCA DEL LOBO. No es gratuito que el cartel de este film remarque que viene firmado por los productores de Underworld, porque enseguida se hace evidente que éstos intentan hacer la misma mezcla de acción, terror y amor arrebatado. Lo malo es que, por mucho que intente espesar el film con referencias a Herman Hesse, la directora Katja von Garnier (con la complicidad del temible guionista Ehren Kruger) hace bueno a Len Wiseman, con una narración llena de detalles horteras y puramente esteticistas, que cae continuamente en el ridículo por culpa de una pretenciosidad que resulta un inaguantable lastre. Entre los detalles más risibles, esos hombres lobo que se mueven utilizando la disciplina del free running (incluidos los churrimangueros saltitos de la protagonista hacia las esquinas) y los intentos tanto melodramáticos como poéticos de Von Garnier, aunque no hay que despreciar el lamentable conjunto de intérpretes, encabezados por el insoportable Olivier Martínez.
NIGHTMARE DETECTIVE. También Shinya Tsukamoto necesita ganarse los garbanzos, y este film (el primero de toda una serie, ha advertido el director) es su particular forma de acercarse al terror comercial nipón. Aunque su tono general está más cerca del manga a lo Death Note que a los personalísimos escalofríos de Haze, el estilo narrativo del japonés sigue siendo lo bastante intenso para superar su insípida trama: abundan los detalles visualmente impactantes al más puro estilo Argento, incluida alguna pulla contra los tópicos del J-Horror (¡esa peluca de pelo largo!). Lástima que los diálogos rocen a veces lo risible, que tanto Ryuhei Matsuda como la cantante Hitomi estén fatal como la pareja protagonista, y que haya un forzado happy end para asegurar una rápida secuela. Tsukamoto es capaz de más, mucho más, pero sus fans (que saldrán muy decepcionados de este mediocre film de horror) tendrán que esperar un poco antes de que se implique en algo más personal.
a las
20:46
Aprovechando que hace tiempo que el autor de este blog le debe visita a cierto amiguete con el que compartió interminables colas, conversaciones cinéfilas, risas descontroladas y cenas inolvidables durante el pasado Festival de Sitges, este fin de semana se pasará junto a otro veterano sitgófilo por la IV Muestra de Cine Fantástico Sci-Fi que se produce allí, en tierras madrileñas. No atraído, ni mucho menos y con todos mis respetos hacia los esforzados programadores, por las películas de la misma (excepto las que no fue posible ver en Sitges, como Paprika, o alguna joyita como Nightmare Detective), sino por poder hacerlo en tan grata compañía. Así que, como tengo trabajo acumulado por delante (me voy a empapar de cierto autor coreano durante unos cuantos días) y tan apetitoso viaje en perspectiva, no esperen actualizaciones hasta, mínimo, la semana próxima. Quizás el lunes, pese a la resaca cinematográfica (y el cansancio del viaje), habrá oportunidad de desgranar alguna novedad. Qui lo sa.
En todo caso, por si algún despistado que vive por las cercanías de la capital no sabía de la Muestra, que tome nota: de jueves 8 a domingo 11 de marzo, en el Cine Palafox, al ladito de la parada de metro Bilbao.
a las
22:58
"Con esta tercera entrega damos por concluido el dossier sobre el thriller norteamericano de los años setenta, un movimiento que dijo no poco a propósito de la sociedad estadounidense de esa época. Esta tercera (y última) parte consiste en dos artículos (Blaxploitation y Los nuevos hombres duros) y catorce análisis de películas representativas del género en ese periodo"
a las
14:47
Siempre que se habla de David Lynch, se menciona su capacidad para jugar con las sensaciones del espectador mediante su maestría mezclando imágenes y sonido (quizá sea el director norteamericano que mejor utiliza las posibilidades del audio de sus películas), o la densidad de ese mundo propio que ha ido creciendo película a película (y que también se ha expandido con proyectos como Rabbits o Darkened Room), pero se suele dejar de lado que, a pesar de su peculiar forma de entender el cine, su intención siempre ha sido narrativa, en cada una de sus películas ha intentado contar una historia. Eso es lo que, al menos, se intuye detrás de las pesadillescas imágenes de Inland Empire (algo que Lynch ha confirmado aunque, como es lógico, se ha negado a aclarar), la deconstrucción que una mente rota por un pasado desgraciado realiza en base a las innumerables referencias culturales que ha asimilado durante su vida, refugiándose en visiones cada vez menos idealizadas, y progresivamente más distorsionadas, de la imagen que el american way of life ha impuesto sobre el resto del mundo (y de las que Laura Dern es una especie de proyección idealizada).
Pero ¿cuál es la forma más indicada de ver Inland Empire? ¿Simplemente dejarse llevar por las sensaciones que provocan su narración dislocada, sin intentar racionalizarlas, o hacer el esfuerzo de interconectar la información que Lynch va desgranando durante el metraje, y que acaba otorgándole sentido a todo? Por difícil que resulte, lo ideal sería una mezcla de ambas, porque ése es precisamente el espíritu del trabajo del director, una mezcla de racionalidad y de visceralidad llevada a cabo con una radicalidad tan extrema, prácticamente sin parangón en toda su carrera cinematográfica, y que recuerda a la opacidad de esa surrealista performance con escenas de musical que fue Industrial Symphony No 1: The Dream of the Broken Hearted (basada en la historia y los personajes de Corazón salvaje). Es, no hay duda, un salto al vacío que intenta ser una evolución extrema de las propuestas de Carretera perdida y Mulholland Drive, una modernización de las imágenes abiertamente surrealistas, aunque en el fondo dolorosamente reales, de Cabeza borradora, partiendo de las (no) propuestas argumentales de los misteriosos trabajos que realizó previamente para su web, davidlynch.com.
Ahí radica, precisamente, la gran paradoja que esconde el film. Por un lado, la experimentación narrativa que realiza el autor (vale la pena señalar que el film no se rodó con guión acabado, sino que Lynch fue escribiendo escena a escena antes de rodar, a partir de un esbozo general) genera imágenes fascinantes, a las que vale la pena volver para releer toda su complejidad interna; pero, por el otro, los excesos formales que Lynch se permiten juegan en perjuicio de la propuesta, haciéndola repetitiva e incluso en ciertos momentos abiertamente plúmbea. Se puede decir que, a pesar de la valentía que supone llevar adelante un proyecto tan extremadamente personal como éste, la fecunda imaginación visual del director se ha desbocado en exceso. No es que deje al espectador sin asidero argumental, pues el autor de estas líneas lo ve claramente delimitado desde el principio, pero es cierto que lleva las variaciones que éste le sugiere al extremo de la confusión, con cambios de tono y ambientación que exigen un enorme salto de fe, con la única aplicación desengrasante de esos arranques de comicidad única (por extraña e inesperada) tan característicos del autor. Inland Empire es de esas películas que habrá que evitar recomendar a los que quieran adentrarse en el mundo de David Lynch.
Desde luego, sorprende que alguien que compone la imagen con tanta exquisitez recurra al formato DV, con la imagen granulada, con defectos de compresión y problemas de iluminación que se acentúan al hinchar la imagen a los 35 mm. Pero hay que reconocerle al autor de Terciopelo azul que sabe sacarle partido a los defectos de dicha tecnología, utilizando los desenfoques naturales para crear una mayor sensación de extrañeza visual que, unida al aire semidocumental que le otorga a las imágenes, profundiza en su extraña propuesta narrativa. Precisamente la comodidad de las cámaras domésticas (¿explorará en futuros proyectos el formato HDV, que permite idéntica movilidad pero da una calidad mucho mayor?) le ha permitido no sólo trabajar con planos más largos, sino también sacarle un mayor rendimiento a su magnífico plantel de actores, muchos de ellos recurrentes en su filmografía (incluido el cameo de las heroínas de Mulholland Drive: Laura Harring in person y, junto a Naomi Watts, poniéndole la voz a los conejos de Rabbits, como ya hacían en la serie de ocho capítulos), en lo que no es más que una reunión de amigos para sacar adelante un film totalmente al margen de la industria. Aunque no es, ni mucho menos, lo mejor de su autor.
a las
15:08
