Desde luego, el mexicano Luis Mandoki no se caracteriza precisamente por la calidad de sus películas: obras tan infumables como Cuando un hombre ama a una mujer, Mensaje en una botella u Ojos de ángel retratan a un director tramposo, tendente al esteticismo gratuito (y chapucero), incapaz de insuflarle el más mínimo interés a los proyectos que pasan por sus manos. No hay que dejarse engañar, pues, por el supuesto compromiso de abandonar Hollywood (momentáneamente claro, que hay que ganarse la vida) para rodar un film comprometido como éste, retrato a ras de suelo de la Guerra Civil de El Salvador durante los años 80. Mandoki sigue siendo Mandoki, más allá de lo que esta vez cuente el texto que rueda, y por mucho que quiera emular ese progresismo de postal que tan bien le ha ido a Iñarritu, su inevitable torpeza consigue una profunda sensación de deshonestidad, de jugueteo melodramático con la sensibilidad del público.
Los que quieran sentirse culpables por nuestra acomodada posición en la sociedad occidental quizás se dejen engañar por las supuestas denuncias y reivindicaciones que esconde Voces inocentes. Pero basta ser un poco crítico, y menos complaciente de lo que esperan los responsables del film, para darse cuenta de que Mandoki y los que le rodean juega en todo momento con cartas marcadas, empleando mil y un tópicos ya utilizados en películas mucho mejores que ésta, pero además con una notable cobardía dramática (en las situaciones más brutales ni emplea el off ni toda la crudeza posible, quedándose en un punto medio de lo más conservador e inane) y con una falta de ritmo tremenda. Qué lástima que un tema tan interesante, y al que un director con ideas podría haberle sacado tanto jugo, haya caído en manos tan equivocadas.
Todo lo contrario ocurre con Chanson d'Amour, un film también alejado de la brillantez pero que, al menos, pone por delante la modestia de su planteamiento y, lo que es más importante, no engaña a nadie: es un vehículo estelar para sus dos protagonistas, Gérard Depardieu y Cécile de France (ambos, por cierto, magníficos, especialmente De France, que hace fácil lo más difícil: interpretar a una mujer normal). La película gira continuamente entorno a ellos, construyéndose sobre sus encuentros y sus desencuentros de una forma un tanto repetitiva y, finalmente, cansina, sobre todo porque Xavier Giannoli se basa en la reiteración para matizar las relaciones que va construyendo a un ritmo lento, moroso, sin prisa alguna. El problema es que, al final, uno se pregunta qué ha aportado cada uno de esos mínimos giros a la avance de la trama y, lo que es más importante, hasta qué punto los personajes se han visto afectados por lo que les ha ocurrido.
Lo más interesante del film es el muy realista retrato que Giannoli hace del mundo de los cantantes de orquesta, con todo su profundo horterismo, sus miserias y sus frustraciones (basado en la figura de Alain Chanone, en el que está basado el personaje de Depardieu), y el deprimente retrato que a través de ello puede hacerse de la naturaleza del ser humano. Precisamente el mayor problema de Chanson d'Amour es que da la impresión de que su director, enamorado de su propio proyecto, ha sido incapaz de pulirlo a fondo, dejando fuera personajes, secuencias y tramas que impiden que la narración avance con toda la agilidad necesaria. De hecho, en los primeros minutos de Calvaire, Fabrice du Welz hace un retrato igual de eficaz o incluso más contundente de estos artistas (obligadamente) itinerantes, a pesar de que sus intereses temáticos vayan por otro lado completamente distinto. A eso se le llame economía narrativa.
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14:51
Poco (o nada) me van a ver el pelo estos días, ya que la cercanía del esperadísimo Festival de Sitges le obliga a uno a cumplir con sus obligaciones laborales (y personales) con toda la celeridad posible. Aun así, todo esfuerzo resulta agradable teniendo en perspectiva un festival lleno de películas suculentas que, lo que es más importante, voy a disfrutar junto a amiguetes imprescindibles en cualquier movida cinematográfica.
Y nada mejor para ir haciendo boca que el spot que la agencia Vitruvio Leo-Burnett, habitual creadora de las promociones del festival, se ha currado este año. Magnífica, como siempre (aunque esta vez no salga Bellvitge haciendo las veces de país de Europa del Este).
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16:27
Ya hace tiempo que el que esto escribe aprendió que a las oportunidades de la vida tiene uno que agarrarse al vuelo, porque nunca se sabe cuándo se pueden repetir. Por eso, cuando cierto fabricante de móviles que patrocina el Festival de San Sebastián ofreció a unos cuantos periodistas la oportunidad de asistir a dicho certamen, aunque sólo fueran apenas tres días, no hubo dudas: la experiencia valdría la pena. Y así ha sido, no sólo por las películas (hubo algunas especialmente memorables, pero también olvidables), sino especialmente por la compañía, con amiguetes que uno nunca ve lo suficiente y gente que conoces en vivo y en directo después de un tiempo de relación internáutica a distancia.
PROMESAS DEL ESTE. Para el que esto suscribe, la principal atracción de su corta estancia en el Festival era lo nuevo de Cronenberg, después de la magnífica Una historia de violencia. Y el film resultante no ha sido, en absoluto, una decepción, sino un maravilloso reflejo especular del anterior film (sobre todo, por la interpretación de Viggo Mortensen) que, no obstante, en cuanto a atmósfera y truculencia, recupera la crudeza de la etapa más violenta del director y, lo que es más importante, sigue conservando su negrísimo sentido del humor. Sorprende el partido que el autor de La mosca le saca a la ambientación londinense, dándole un aire claustrofóbico, asfixiante a los escenarios, pero sobre todo convirtiendo a los emigrantes rusos que pasan por el local de Armin Mueller-Stahl en seres inquietantes, diríase que deformes, que dotan de un hálito fantástico a una película que es eminentemente realista. La brutalidad de la película revolvió durante el pase unos cuantos estómagos, especialmente durante la tremenda y tremendista pelea que Mortensen protagoniza en una sauna, sin duda uno de los grandes hitos del cine de su director. Lo mejor de Promesas del Este, no obstante, es la riqueza de sus imágenes, de sus personajes, siendo casi inagotables las lecturas adicionales que se le puede dar a lo que ocurre.
LA BATALLA DE HADIZA. Una auténtica revelación fílmica, que sugiere la necesidad de seguir la carrera de aquí en adelante de su autor, Nick Broomfield, cuyas anteriores Kurt & Courtney o Biggie and Tupac no había llamado en exceso la atención. Este repaso a la masacre real acaecida en la ciudad iraquí de Hadiza no se casa con nadie, presentando con toda la crudeza y la negrura una aproximación a lo que pudo pasar durante aquel sangriento incidente. De hecho, el terrible cinismo que el director desvela tras las acciones de algunas de las fuerzas políticas en conflicto dentro de Iraq pone los pelos de punta, ya que apuesta por un realismo tanto físico como moral con todas sus consecuencias, algo apoyado a nivel visual en la imagen llena de grano de las cámaras de alta definición utilizadas durante el rodaje, que le dan un aire documental a las secuencias (en lo que incide el uso de soldados norteamericanos reales para interpretar a los marines). Hay que señalar, además, que Broomfield se toma su tiempo para plantear la situación de partida, y excepto algunos detalles que no son todo lo redondos que sería deseable (como la actitud algo simple de determinados personajes), consigue transmitirle al espectador una aproximación a la situación real, lanzándose después a una reproducción de la matanza que no ahorra detalles escabrosos, a veces rozando el cine de terror. Podría formar un interesante díptico con Redacted, de Brian De Palma.
MATAHARIS. Nada queda ya de la frescura que desprendía el debut tras las cámaras de la actriz Icíar Bollaín, Hola, estás sola, transformado en su último film en una grisura narrativa, cercana a lo telefílmico, que no pueden esconder ni esa cámara en continua agitación ni la introducción de algunos planos rodados en (falso) vídeo. Por si fuera poco, la denuncia presente en Te doy mis ojos se transforma aquí en una torpona reivindicación social (¿influencia de su marido, Paul Laverty, guionista habitual de Ken Loach?) que parece metida con calzador y, lo que es más, acaba siendo la parte más prescindible de una película que, igualmente, es incapaz de salirse de todos los tópicos y lugares comunes imaginables con respecto a su tema central, haciéndole un flaco favor a la supuesta defensa que hace del género femenino. Los pilares del film acaban siendo los actores, que defienden con notable entereza unos personajes diluidos, inanes, quizá con mayor profesionalidad de la que se merecería una directora a la que, pese al buen hacer que le adjudican algunos, aún le queda mucho por demostrar.
LA CASA. Otra exploración de la más que sobreexplotada crisis de los cuarenta a manos del dúo Manuel Poirier-Sergi López, que llenan con silencios y lánguidas miradas supuestamente trascendentales y/o sutiles una trama que, a decir verdad, se queda corta para llenar todo un largometraje. Lo peor del film es, no obstante, un ritmo irregular, desquiciado, en lo que tienen mucho que ver los altibajos de interés de lo que le ocurre a los personajes: funcionan mejor, sin ir más lejos, los momentos más cómicos, mientras que cuando Poirier intenta ponerse serio el conjunto chirría notablemente. También influye que López da la impresión de no estar cómodo en ningún momento con su circunspecto personaje, echándose en falta un actor capaz de llenar de verdad la pantalla pese a limitar su expresividad, como el magnífico Eduard Fernández de En la ciudad o Ficción. Sobre lo absurdo de su conservador final, mejor corramos un tupido velo.BUDA EXPLOTÓ POR VERGÜENZA. Ejemplo perfecto de película festivalera, el debut en el largometraje de ficción de Hana Makhmalbaf toca todas las teclas posibles para llegar al corazoncito del público occidental: protagonistas infantiles y de lo más monos, entornos orientales y exóticos, aires de documental, denuncia (con aires poéticos, claro) de la situación social iraní... Por eso mismo el resultado, al menos para el que este firma, no consigue ahondar en la llaga, quedándose en todo momento a medio camino por culpa de haber explotado de forma excesiva una serie de fórmulas que, a estas alturas, empiezan a oler a quemado. El film cuenta con buenos momentos, así como soluciones visuales interesantes, pero se echa en falta mayor honestidad por parte de la directora, que parece incapaz de poner el corazón en lo que cuenta, demasiado pendiente de atrapar el público con sus (evidentes) trucos. Queda claro, además, que la juventud de la autora impide una mayor madurez en su apuesta cinematográfica.
PLOY. Más cerca que nunca del tempo lento del Tsai Ming-liang más radical, el tailandés Pen-Ek Ratanaruang se recrea en exceso en unas imágenes encuadradas con exquisitez, pero a las que le falta fuerza expresiva, abusando de lo etéreo para contar una historia de sentimientos exacerbados que habría necesitado mayor radicalidad, un empuje más intenso. De hecho, hay muchas y muy interesantes películas que narran cómo la aparición de una persona extraña rompe las relaciones de una familia/pareja burguesa, y la mayor parte de ellas lo hacen con un atrevimiento y una capacidad de turbación de la que carece por completo el gélido trabajo de Ratanaruang. Ni siquiera las escenas sexuales censuradas en Tailandia, en realidad de una sensualidad tímida y contenida, son capaces de revolver el estómago (y el alma) del espectador.
a las
13:26
Aunque podríamos colocarle en la misma generación que otros cultivadores del cine de género como John Carpenter y George A. Romero (por aquéllo de que su carrera empezó a despegar a caballo entre los 70 y los 80), no se puede decir que la filmografía de Wes Craven tenga una personalidad tan definida como los directores mencionados, como demuestra la irregularidad de su obra. Si bien es cierto que cuenta con películas tan defendibles como La última casa a la izquierda, Pesadilla en Elm Street o Scream, también ha rodado unas cuantas mediocridades (algunas tan sobrevaloradas como Las colinas tienen ojos) y un buen puñado de bodrios. Lo que no se puede negar es que, con el tiempo, Craven ha ganado oficio como narrador, y las toscas formas de sus primeros trabajos han ido puliéndose hasta convertirse en un estilo no precisamente brillante, pero sin duda de lo más eficaz.
Eso es precisamente lo más llamativo de Vuelo nocturno, cómo el director acepta el juego que plantea el guión y se lo pasa en grande encajando a los personajes en un decorado tan deliberadamente estrecho y laberíntico como la clase turista de un avión, que hace la acción mucho más cercana y más física. No en vano, los mejores momentos del film son los que acontecen durante el vuelo que le da título, ya que es entonces cuando Craven le saca mayor partido a la historia, explotando el duelo psicológico entre la gerente que interpreta Rachel McAdams y el criminal que aborda Cillian Murphy. Las limitaciones espaciales hacen que la narración se concentre de forma más eficaz y, sobre todo, más intensa, al concretar la línea argumental de forma excelente. El problema es cuando, en el tramo final, los personajes bajan del avión y la película se convierte en una larga persecución que culmina en unas secuencias con toques de (mal) slasher, que provoca la definición de personajes desarrollada hasta el momento se haga pedazos.
Y es que, de hecho, el libreto de Carl Ellsworth bascula entre la dignidad y la torpeza, hasta el punto de que está lleno de sugerencias que nunca llegan a desarrollarse del todo. Los evidentes paralelismos entre los personajes de McAdams y Murphy (ambos son "gerentes", saben camelarse a los demás, tienen mucha capacidad de resolución y son tremendamente profesionales) no se explotan, y la química que los actores demuestran en sus primeras escenas juntos va diluyéndose a medida que el film avanza, cuando habría sido muy interesante que la atracción mutua se sostuviera hasta el final. Sin embargo, las intenciones iniciales se van evaporando, los detalles que parecían querer dar mayor profundidad a los personajes se revelan como meros artificios sin sentido y, finalmente, el film no se corta en apostar por el maniqueísmo más puro y duro, sin dobleces ni medias tintas.
Quizás el defecto más grande de la película, y que hace que la eficacia que tiene su bloque intermedio no se transmita al final, es que, al menos para el que esto firma, resulta mucho más simpático el criminal que la supuesta pobre víctima. Así, mientras Vuelo nocturno sigue siendo un juego del gato y el ratón en que el personaje de Murphy aún tiene una oportunidad de conseguir lo que quiere, la cosa resulta emocionante. Pero cuando la protagonista se convierte en una especie de Sarah Connor hotelera, que machaca continuamente a un contrincante que, al fin y al cabo sólo estaba haciendo su trabajo, uno no puede evitar sentir cierta antipatía hacia semejante hija de papá (y eso que el guionista, en un torpe intento de acercar el personaje al público, le otorga un trauma del pasado para que nos podamos compadecer de ella). Lástima, porque quizá este film, en lugar de un notable salto de Craven al género del thriller, podría haber marcado otro hito en su carrera. Otra vez será... Aunque dudamos que sea con el remake de Shocker que prepara.
a las
23:53
Como comentaba un buen amigo, lo que comenzó como una manera internáutica de mantener los instintos cinéfilos en forma se ha convertido en un blog que, si bien no sorprende por el número de visitas, sí ha conseguido asentarse y conseguir unas estadísticas bastante majas. El que esto firma no aspira a más que a eso, a tener un público más o menos fiel que sepa qué va a encontrarse en estas páginas, además de una forma de contacto con lectores y aficionados al cine. A todos los que hayan contribuido a alcanzar esta nueva cifra a celebrar, muchísimas gracias.
Pero hay más cosas que mencionar. Los habituales habrán notado que la antigua plantilla de este blog ha desaparecido y ha sido sustituida por otra más estándar. No ha sido por decisión propia, sino por un problema técnico que ha provocado la evaporación del viejo aspecto de esta página, lo que ha obligado a realizar un cambio a toda máquina. Lo cierto es que el diseño podría ser mejor, pero se ha hecho lo posible por ajustarlo a su antiguo espíritu.
Y mientras Sitges sigue acercándose, y mostrando algunas de sus cartas más suculentas, el firmante de estas líneas ha recibido la buena noticia de poder pasarse por el Festival de San Sebastián, aunque, eso sí, sólo dos días y medio. No faltará un primer vistazo a lo nuevo de Cronenberg, Eastern Promises, y aunque no habrá tiempo de disfrutar del salto a la imagen real de Anders Morgenthaler, Echo, se intentará echarle un tiento a lo más nuevo de Pen-Ek Ratanaruang e Icíar Bollaín, entre otras cosas.
a las
15:35
Para aquéllos a los que les cuesta sumergirse en la imaginación desbordante que nutre obras de Hayao Miyazaki como Nausicäa del valle del viento o El viaje de Chihiro, una de las formas más sencillas de introducirse en él es empezar con esta pequeña maravilla del cine de aventuras, quizá la película más apegada a la vida real (dejando a un lado el elemento fantástico de que su protagonista sea un hombre con apariencia de cerdo antropomorfo) de todas las que ha llevado a cabo este genio japonés del cine de animación. Su tono aparentemente ligero, intrascendente, al más puro estilo del cine clásico de Hollywood, esconde en realidad una de las obras más personales de Miyazaki, donde la ingenua reflexión política no es tan importante como la filosofía vital que impregna las decisiones de sus personajes: el combustible que acaba convirtiéndoles en héroes es la fe, la esperanza, pero sobre todo esa ilusión desbordante que el ser humano pierde al convertirse en adulto, al abrazar el cinismo y la autocompasión.
Y es que, por encima de todo, Porco Rosso es la historia de una redención, la del piloto Marco Pagot, cuya intervención en la Primera Guerra Mundial hizo crecer en él un sentimiento de culpabilidad y un desprecio hacia el mundo que le han transformado mágicamente en el Cerdo Rojo del título. Miyazaki sabe construir al personaje con detalles sutiles, evidenciando mediante pequeños gestos y silencios la sensibilidad y el dolor que ocultan sus sangrantes ironías y su soledad autoimpuesta (que incluso le llevan a alejarse continuamente de su gran amor, correspondido pero no consumado: la cantante Gina), una máscara de rechazo social que se caerá por los suelos cuando entre en su vida alguien que será capaz de comprenderle, admirarle y sobre todo, amarle, a pesar de su aspecto porcino: la joven Fio, típica adolescente del autor cuya contagiosa jovialidad será capaz de devolver la ilusión y las ganas de vivir no sólo al héroe, sino incluso a sus enemigos más recalcitrantes, la Banda de Mamma Aiuto.
No es gratuito que Fio consiga acercarse a Marco gracias a su habilidad para el diseño de aviones: los sentimientos más humanos de los personajes están vehiculados a través de sus transportes aéreos, que enmarcan los momentos dramáticamente más intensos y, a la vez, sirven de perfecta metáfora de sus ocupantes. Y es que ésta es, sin duda, la obra de Miyazaki en que tiene mayor importancia una de las grandes obsesiones del autor, los aparatos voladores. La verosimilitud con los que los hidroaviones se mueven por el aire, con una curiosa mezcla de gracia y aparatosidad, evidencia las horas de estudio dedicadas a reflejar sus vuelos de la forma más realista posible. De ahí que las batallas aéreas sean algunas de las más espectaculares del director nipón, y lo mejorcito que ha dado el cine de aventuras (incluido el de imagen real) en muchísimos años, sobre todo por ese impagable clasicismo calado en todos sus fotogramas.
Por fortuna, Miyazaki confía lo suficiente en la inteligencia del espectador para no darle todas las respuestas, de ahí que esquive el happy end con una deliciosa finta que sugiere, sin explicitarlo abiertamente, lo que pasa más allá de las escenas finales. La felicidad que se intuye está impregnada, como todo el film, de cierta tristeza melancólica: Marco no podrá corresponder al amor que por él siente Fio, y su posible historia de amor con Gina estará marcada por sus continuas ausencias, su incapacidad de tomar tierra de forma definitiva. Una conclusión que está muy en la línea del resto de su obra, donde las conclusiones satisfactorias están inevitablemente ligadas a la inevitable pérdida de algo importante para sus protagonistas: en otras palabras, la felicidad siempre tiene un precio.
a las
17:50
Que cuatro días (rozando los cinco) rodeado de las mismas personas, en los mismos lugares, haciendo lo mismo, se pasen como un suspiro, suele querer decir que uno se lo ha pasado de rechupete. Y así ha sido mi primera experiencia como jurado dentro de la edición de este año del festival de cortometrajes Escorto, un certamen en proceso de crecimiento que cuenta con bazas muy importantes: una organización fantástica, con muchas ganas de hacer las cosas bien y de trato exquisito hacia invitados y público; un ambiente inmejorable, lleno de gente con ganas de disfrutar, hablar mucho de cine y dejar a un lado elitismos estúpidos; unas secciones interesantes, más allá de la calidad de los productos y/o personas en ellas incluidos, planeadas además con inteligencia y buen tino; y, claro está, un presentador con el carisma y el inagotable sentido del humor de Álvaro Manso, a cuyas bondades como ser humano hay que añadirle su fanatismo por los cómics Marvel.
Ya presentado el palmarés, con el que los mismos miembros del jurado nos llevamos alguna sorpresa, podemos ya decir abiertamente que el nivel de la competición ha sido bastante irregular: si bien los cortometrajes seleccionados contaban con un nivel técnico admirable, digno de las mejores producciones cinematográficas, en muchas ocasiones dependían en exceso de una idea argumental mal desarrollada, apenas esbozada en guiones deficientes que habrían necesitado más trabajo antes de pasar a la pantalla. Un mal endémico, por otra parte, de todo el cine español en general, en el que la figura del "director-autor" es una obsesión para mucha gente que se quiere dedicar a esto (incluidos astros como Almodóvar y Amenábar, cuyo talento visual está muy por encima de los altibajos de sus libretos), provocando unos graves problemas de estructura. Lo que no significa que no hubiera sorpresa agradables, incluido el nuevo corto de Sánchez-Arévalo, Traumología, esa maravilla de la animación que es Violeta, la pescadora del Mar Negro, la experimentación de Avant Pétalos Grillados o la modestia de La parabólica.
Muy interesantes fueron los debates que formaban la sección paralela. Se habló mucho y de forma muy profunda de Un perro andaluz, aunque quizás en la mesa se echó en falta otra voz joven, de la generación del que esto suscribe, que hubiera servido para profundizar determinados temas planteados por el público. Jorge Guerricaecheverría habló mucho y muy bien de su intervención en Mirindas asesinas, hasta el punto de plantear una cuestión interesante: las mesas deberían centrarse o en autores o en críticos que analicen la obra, porque mezclarlos no da buenos resultados. En cuanto a lo que dijeron Nacho Vigalondo, Koldo Serra y Liberto Rabal sobre el salto del corto al largo, no fue nada que no hubiéramos escuchado en otro sitio, aunque tristemente real: las ayudas que introdujo la infausta Ley Miró y la mercadotecnia de las productoras está destrozando el ya inexistente tejido industrial español, anulando una cinematografía ya de por sí raquítica. Lástima que no se ahondara en la posibilidad de reventar el mercado establecido mediante las nuevas tecnologías (digital, internet...).
Pero realmente, lo mejor de la experiencia han sido los encuentros y reencuentros, con gente como mi buen amigo Roberto y su pareja, la encantadora Lía; los organizadores, un trío de currantes con el corazón de oro como Cerezo, Coti y Sombra; los compañeros de jurado, como esa enciclopedia con patas que es Díaz Maroto (y su eterno compañero Luis), la socarronería imprescindible de Koldo y la humanidad de Angelino; otros implicados en el festival, como ese pedazo de pan que es Eli, el crack de Asensio, el entrañable J. Domingo, el discreto Henrique o el ya mencionado Álvaro; compañeros de escritura y entrevistas como el entusiasta Roberto, el clarividente Bango y la muy valiente Eva; cineastas como el carismático Refo, el divertido Sainz-Pardo o el torrente de anécdotas de Guerricaechevarría... Y seguro que me dejo a mucha gente, partiendo, además, de que estas escasas palabras no pueden hacer justicia a lo mucho que me han aportado estas personas con su compañía y sus conversaciones. Un abrazo para todos ellos, sin duda.
a las
08:08
"Que los responsables de los films del espía creado por Ian Fleming hayan remozado su saga, acercándola al espíritu de estas adaptaciones de la obra de Robert Ludlum, dice mucho del impacto popular de estas películas que beben tanto del thriller de los 70 como de Misión imposible, de Brian De Palma" (Artículo legible aquí)
Más La jungla 4.0...
Número 370 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.
a las
16:13
Y qué mejor para recordarlo que repasar, con el interesante trailer del festival, los cortometrajes que por él pasarán. Por si los despistados no lo recuerdan, el que esto firma ejercerá de jurado de dicho certamen durante parte de la semana que viene, así que no esperen actualizaciones de este espacio de crítica internáutica.
a las
23:42
Ya va siendo hora que vayamos dejando atrás el inmerecido entusiasmo que pareció traer consigo la expansión de la animación tridimensional. Dreamworks bastante tiene con rebañar los réditos de la agotadísima saga Shrek, Fox no ha podido (o sabido) prolongar su éxito más allá de Ice Age, Aardman no tuvo el éxito que se merecía con Ratónpolis, Sony no ha podido hacer cuajar Colegas en el bosque, e incluso la todopoderosa Walt Disney apenas ha levantado cabeza con Chicken Little o Descubriendo a los Robinson. La única productora que ha seguido manteniendo un nivel excelente, aunando una técnica prodigiosa y una gran habilidad para narrar de forma clara y precisa, es sin duda Pixar, que se ha beneficiado de tener a la cabeza con alguien con las ideas tan claras como John Lasseter (suya es, sin ir más lejos, la idea de que Disney recupere la animación bidimensional, lógica viniendo de un defensor de la obra de Hayao Miyazaki).
Sin embargo, quizás por no haber visto la anterior (y muy poco atractiva) Cars, al que esto firma Ratatouille no le pareció tan esplendorosa como por ahí se ha dicho. Nadie puede poner en duda que es una magnífica película, con algunas soluciones visuales simplemente maravillosas (cfr. la carrera de Remy por las tuberías, con la cámara siguiéndole a toda máquina), un ritmo imparable, unos personajes muy bien definidos, algunos gags realmente de antología y una recreación de París que mantiene el equilibrio entre la realidad y la fabulación. Pero, a diferencia de la magnífica Los Increíbles, para el que esto firma lo mejor que ha hecho Pixar desde Toy Story 2, en esta ocasión a Brad Bird se le nota que no firma un proyecto propio, sino que asume una idea ajena, que lleva a cabo con profesionalidad e incluso entusiasmo, pero sin la chispa adicional del film mencionado o su anterior El gigante de hierro. Es una obra de encargo casi perfecta, pero a la que le falta ese algo intangible adicional que tienen las obras maestras rotundas, personales, inigualables.
Tampoco ayuda un último tramo en que el interés decae notablemente, quizá porque la idea inicial está por entonces ya demasiado estirada, quizás porque el film resuelve determinados conflictos demasiado pronto, o de forma demasiado directa. Pero claro, la inteligencia de Bird le ha permitido (como bien apuntaba un buen amigo en cierta conversación) lanzar una pulla contra los críticos aún más sangrante y corrosiva que la de M. Night Shyamalan en La joven del agua y que incluso la gente de la profesión la acepte con una sonrisa en la boca. Me van a permitir que no esté de acuerdo con lo que allí afirma Anton Ego (el autor de estas líneas ha leído críticas con un valor artístico bastante superior al de las películas de las que hablaban), pero sí que me quite el sombrero ante la habilidad del responsable del film para lanzar una opinión tan irreverente sin inquietar siquiera al personal. Chapeau. Personalmente, este crítico espera con ganas el nuevo proyecto de Bird, su salto al largometraje en imagen real adaptando la novela 1906 de James Dalessandro, sobre el terremoto y el incendio acaecidos en San Francisco durante dicho año. No en vano, su talento para la puesta en escena está muy por encima de algunos directores que trabajan a tiempo completo en Hollywood...
a las
23:57
