festival de sitges 2007

Haberse consolidado como uno de los festivales de fantástico referenciales a nivel mundial conlleva un cierto peligro: estar condicionado por la calidad de la producción global del género, lo que este año no ha favorecido precisamente al certamen dirigido por Ángel Sala. Ha habido, por supuesto, producciones para quitarse el sombrero, pero también bastantes mediocridades que podrían haberse obviado para corregir el gigantismo que desde unos años a esta parte viene padeciendo Sitges (algo especialmente palpable en la flojísima sección Orient Express, de las peores de los últimos años), y que convierte en una tarea imposible ver de cabo a rabo la programación pueda a disposición de los visitantes.

No se extrañe al lector, pues, de que en el siguiente listado falte alguna obra destacable: el que esto escribe intentó llegar a todo lo posible, pero el cansancio y unos horarios más caóticos de lo acostumbrado (a pesar de la grandísima idea de haber preparado una sala adicional de forma provisional, la coqueta Tramuntana). Le hace falta una reestructuración al festival, una racionalización de sus horarios y, ya que estamos, no iría mal que se invirtiera un poco más en profesionalizar y dotar de más medios al departamento de prensa, cuyas limitaciones le impiden estar a la altura de un certamen con el alcance mediático de Sitges, como pueden confirmar buena parte de los acreditados.

A L’INTERIEUR, de Alexandre Bustillo y Julien Maury
Ejercicio de estilo inquietante, perturbador, en el que más de uno fue incapaz de ver más allá de su envoltorio gore para penetrar en la terrorífica visión de la maternidad que lanzar esta revenge movie y, sobre todo, apreciar la capacidad mostrada para lograr una atmósfera enrarecida con muy pocos elementos, demostrando un dominio de la puesta en escena sorprendente en unos debutantes (y que, pese a lo que defendieron algunos, no se parece en nada a Alexandre Aja). Sobran, es verdad, algunos golpes de efecto, pero se perdonan ante la oportunidad de poder ver el enfrentamiento de dos actrices en estado de gracia, una terrorífica Béatrice Dalle y una insoportable Alysson Paradis. Muchos espectadores no podrán olvidar jamás la tremendista secuencia final.

AMERICAN ZOMBIE, de Grace Lee
Después de demostrar un notable sentido del humor en The Grace Lee Project, esta documentalista ha querido seguir explotando su sarcasmo saliéndose de los estrechos márgenes del documental, pero sin perder sus formas. La obra gana, precisamente, cuando se toma menos en serio a sí misma, y aprovecha los tópicos de los reportajes de denuncia social para cachondearse de la sociedad norteamericana. Por desgracia, a partir de cierto momento a Lee se le va el material de las manos, y se pierde en una especie de metáfora política absurda, previsible y aburrida que supone un grave lastre para un film al que no le habría ido mal media horita menos de metraje.

ARMA FATAL, de Edgar Wright
Era difícil estar a la altura de las expectativas de la impagable Zombies Party, y aunque es cierto que Wright y su actor/protagonista, Simon Pegg, no logran la sensación de rotundidad de su anterior colaboración, sí que es cierto que logran una parodia muy bien hilvanada del cine de acción norteamericano. Lo que no les impide, eso sí, hacer algún guiño al fantástico, con unos asesinatos que parecen salidos de un giallo cualquiera y un trasfondo de sectas provincianas que esconde una notable mala leche. Atención a los pequeños papeles de actores como Bill Nighy, Jim Broadbent, Timothy Dalton y, sin acreditar, Peter Jackson y Cate Blanchett.

BABYSITTER WANTED, de Jonas Barnes y Michael Manasseri
Los intentos de estos dos actores pasados a directores de crear tensión a base de trucos de cámara y golpes de sonido parecen sacados de un manual de estilo de hace dos décadas: todo resulta tan torpe, tan desmañado, que es imposible tomarse en serio el delirante argumento que el film intenta desgranar. Lo más divertido, eso sí, ocurre después del previsible giro que divide el argumento, aunque la incapacidad narrativa de los responsables no le saca todo el jugo a tan descacharrante situación. Qué desperdiciado está el gran Bill Moseley, por cierto.

BLADE RUNNER: THE FINAL CUT, de Ridley Scott
Uno de los grandes acontecimientos del festival fue, sin duda, la proyección (varias veces repetida, debido a su éxito) que se realizó de la supuesta “versión definitiva” de la que sigue siendo la obra maestra absoluta de su director. Las diferencias con respecto a las anteriores siguen siendo, sinceramente, mínimas (si bien sigue echándose de menos, y mucho, la atmosférica voz en off del montaje original), pero aunque sólo fuera por la tremenda calidad de imagen conseguida con la proyección en resolución 4K, sin un solo defecto visible, valía la pena recuperarla.

BOARDING GATE, de Olivier Assayas
El problema de abordar un género cuando éste no te atrae más que desde una perspectiva formal, sin sugerirte nada a nivel visceral, es que surgen films tan fríos, mecánicos y apáticos como éste. No faltarán los fans de Assayas (y de Asia Argento, tan sugerente como siempre, aunque ni ella puede salvar tan desdibujado personaje) que defiendan su supuesto trabajo deconstructivo, pero lo cierto es que para deconstruir antes tienes que conectar de forma profunda con lo que estás analizando. Y si no, que se lo digan a Jean-Luc Godard.

BUG, de William Friedkin
Hay pocas cosas más difíciles que adaptar una obra de teatro con poquísimos personajes, en un escenario único, y conseguir rodar algo realmente cinematográfico. Y lo cierto es que, excepto algún momento titubeante, Friedkin consigue darle aire al texto de Tracy Letts, sacando además el máximo rendimiento de Ashley Judd y Michael Shannon para provocar una inquietud continua en el espectador, que asiste sin poder evitarlo a la degradación progresiva de los personajes, afectados por un trastorno esquizofrénico que casi llega a contagiar a la platea. No hace falta mucho más para provocar terror, parece que nos quiera decir Friedkin.

CHRYSALIS, de Julien Leclerq
Hace un año, pasó por Sitges una película de animación francesa, Renaissance, con un problema similar al de la ópera primera de Leclerq: su visión maniquea y llena de tópicos de los thrillers futuristas no consiguía hacer arrancar una trama plana, insípida, incapaz de despertar el más mínimo interés. Aquí las principales referencias parecen ser Minority Report y Los ojos sin rostro, pero ni consigue captar el dinamismo de la primera ni la inquietud de la segunda, quedando para el recuerdo solamente las peleas protagonizadas por Alain Figlarz, responsable de las de El caso Bourne y El pacto de los lobos.

THE CITY OF VIOLENCE, de Ryoo Seung-wan
Si uno no hubiera visto nada de cine asiático, seguramente podría disfrutar de lo lindo de lo último del director de Arahan, pero sus continuas deudas temáticas y formales hacen que el film no consiga nunca su propia personalidad. Sí, hay citas a Martin Scorsese, a Walter Hill, a las peleas multitudinarias a los Jackie Chan y, ante todo y sobre todo, al wuxiapian clásico, de ahí las numerosas similitudes argumentales con Una bala en la cabeza. Su tramo final bebe de autores como Chang Cheh, y no de Kill Bill como afirmaban algunos despistados, de ahí que sea entonces cuando el interés remonta y capta al espectador por sus decentes escenas de acción.

CLEANER, de Renny Harlin
Poco se puede decir de este film que no se haya dicho de otras tropecientas películas normales y corrientes del Hollywood actual. Que a estas alturas se rueden films como éste, a los que series como C.S.I. o Mentes criminales han superado hace tiempo, sólo indica lo perdida que está la industria norteamericana. Lo mejor, como suele pasar en estos casos, es un casting que merecía un proyecto un poco más jugoso, aunque no hay que despreciar la labor artesanal de Harlin, más contenido y correcto de lo que es habitual en él.

CONFESSION OF PAIN, de Andrew Lau y Alan Mak
¿Fue la trilogía Infernal Affairs un logro conseguido por pura chiripa? Uno llega a preguntárselo viendo una película tan adocenada, petarda y, sobre todo, tan mal construida como ésta. Hay muchas intenciones detrás, es cierto, pero en ningún momento Lau y Mak consiguen darle el menor pulso a lo que están contando, hasta el punto que sólo el buen hacer de sus protagonistas, Tony Leung y Takeshi Kaneshiro, es capaz de mantener mínimamente el interés. ¿Tanto les costaba trabajar mejor el proyecto antes de tirar sus propias expectativas por la borda?

LOS CRONOCRÍMENES, de Nacho Vigalondo
Contar con una cierta cohorte de fans antes de dar el paso al largometraje, como le ha ocurrido al mediático Vigalondo, implica también que haya muchos dispuestos a despreciar los resultados. Y, a pesar que el film no está extendo de defectos, hay que reconocerle sus méritos, empezando por un guión perfectamente trazado, sobre el que descansa la fuerza del trabajo del director. Porque su funcional puesta en escena no siempre saca lo mejor de la trama, sobre todo cuando unos actores un tanto irregulares (sobre todo un Vigalondo bastante desafortunado) no están a la altura del texto.

CUENTOS DE TERRAMAR, de Goro Miyazaki
Que el talento no se hereda es algo que todos deberíamos tener claro a estas alturas, pero parece ser que en Ghibli no lo tuvieron demasiado claro cuando decidieron darle semejante proyecto al hijo de Hayao Miyazaki. Comparar el resultado con la obra de su padre es de lo más doloroso, sobre todo por la sensación de sosería y estatismo que destila toda la acción del film, en la que no hay ni una pizca de ese aroma aventurero que impregna todos los fotogramas del progenitor del autor de esta cinta. Ni siquiera la animación, mediocre para venir de Ghibli, está a la altura.

EL DIARIO DE LOS MUERTOS, de George A. Romero
Por más que La tierra de los muertos vivientes fuera de lo más simpática, sobre todo por el aire carpenteriano de la trama, allí ya se hacía evidente que Romero no tenía mucho más que decir sobre la temática zombi. Y su nueva incursión en el tema, por más que pretenda ser un nuevo comienzo, ofrece otra vez una fuerta impresión de dejà vu: las situaciones se repiten, los clichés también, y lo único que ayuda a pasar el trago son los detalles de humor que puntean la trama. Aunque lo peor, sin duda, es cómo se le atraganta a Romero el uso de las nuevas tecnologías, que hacen más evidente que nunca su falta de sutileza como director.

EYE IN THE SKY, de Yau Nai-Hoy
Incluso cuando Johnnie To no está directamente implicado en la producción, el sello Milkyway Image se ha convertido prácticamente en un seguro de películas bien hechas, profesionales y agradables. Lo malo de este thriller es que, precisamente, no pasa de ahí: su excesiva corrección, y su adscripción a una fórmula muy concreta, le quitan toda posibilidad de sorpresa, de mínima emoción. Lo más disfrutable del film acaban siendo los actores habituales de la Milkyway, como Simon Yam o Suet Lam que, igualmente, han tenido mejores papeles.

FIRST SNOW, de Mark Fergus
Comparar este film con Memento no sólo es facilón (ya se sabe, su protagonista es Guy Pearce) sino especialmente desafortunado, ya que el debut tras las cámaras del guionista de Hijos de los hombres es más bien una versión posmoderna de las comedias amables de Frank Capra. Pero esos caminos de redención y/o autoconocimiento que tan denostado maestro lograba con ritmo, sentido del humor y cariño hacia sus personajes, Fergus los vuelca en un aburrido y pretencioso melodrama que, además, tiene uno de los protagonistas más antipáticos de los últimos años.

FRONTIÈRE(S), de Xavier Gens
Se mete en una coctelera un poquito de Alexandre Aja, unas gotas de Rob Zombie, un granito de Eli Roth y se agita con una trama de neonazis escondidos en lo más profundo de la campiña francesa, aderezada con un buen puñado de gore para revolver los estómagos menos acostumbrados. Y el resultado es este film, simpaticote y divertido, al que sin embargo le sobra el excesivo subrayado de su más que obvio mensaje político, y también se le va la mano con el metraje, incluyendo detalles argumentales tan poco aprovechados que se quedan en meros apuntes y un tramo final que, de haberse eliminado, habría dejado un mejor regusto.

THE GIRL NEXT DOOR, de Gregory Wilson
Las complicaciones horarias del festival impidieron al que esto escribe poder ver la otra versión del caso real sobre la tortura y asesinato de la joven Sylvia Likens, An American Crime, señalada por todos los que la vieron como un film mucho más interesante y redondo que el que nos ocupa. Y es que no le ayuda en absoluto su factura televisiva, que reduce la pegada de tan dramático argumento, a pesar de la elegancia con la que Wilson trata un hecho de semejante brutalidad, añadiendo una estremecedora coda sentimental al aprovechar la (falsa) historia de amor que narraba el libro en que se basa el guión.

GRINDHOUSE, de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino
Ver la versión original de este homenaje a los programas dobles, con las versiones reducidas de Planet Terror y Death Proof junto a los descacharrantes falsos trailers del propio Rodríguez, Rob Zombie, Edgar Wright y Eli Roth, es una de las experiencias tipicas de Sitges que bien valen pasar un poquito de sueño. El film de Rodríguez, pese a ser lo mejor de su autor en muchos años, sigue quedando en inferioridad de condiciones al compararlo con el magnífico ejercicio de estilo de Tarantino, que aprovecha la estructura de las viejas exploitations de los 70 para llevar a la pantalla un cine más radicalmente personal que nunca.

LA HABITACIÓN DE FERMAT, de Luis Piedrahita y Rodrigo Sopeña
Más simpática y eficaz de lo que parecía augurar su punto de partida, una especie de mezcla de Cube y Diez negritos, el debut de Piedrahita y Sopeña mantiene el ritmo y el interés apoyándose en el buen aprovechamiento del reducido decorado del film. Lástima que algunos actores estén tan mal (Sauras, Ballesteros) o con el automático puesto (Homar, Luppi), porque es lo que podría haber aumentado un poco el interés de una trama que pone demasiado peso en unos enigmas matemáticos superficiales, sobados y, por lo tanto, nada apasionantes.

HALLOWEEN, de Rob Zombie
No hagan caso a lo que dicen por ahí: la mayoría de los que ponen por los suelos esta versión del clásico de John Carpenter no la habría aceptado ni si la hubiera firmado con seudónimo el mismísimo maestro. Desde luego, no se trata de lo mejor que ha rodado Zombie (ese título sigue ostentándolo la magnífica Los renegados del diablo), pero sigue conservando su magnífico sentido de la atmósfera, su amor por el detalle, su gran trabajo con los actores (atención a Sheri Moon Zombie, la pareja del director) y, sobre todo, su capacidad para violentar al espectador mediante escenas, muchas veces, menos brutales de lo que aparentan. Lástima que su excesivo respeto hacia el original de Carpenter impida que la segunda parte del film esté a la altura de la primera, inquietante relectura en clave de white trash del mito de Michael Myers.

THE LAST WINTER, de Larry Fessenden
Hablando de Carpenter, cuánto talento hay en el tratamiento a lo western de los escenarios helados de La cosa, y qué mal lo imita Fessenden en su último film. Tampoco resulta especialmente afortunado a la hora de lanzar un mensaje ecológico que resulta pedante y pretencioso, sin aprender la lección de La princesa Mononoke, pese a adaptar detalles de ésta. Lo que hay que unir a unos actores especialmente desafortunados (¡hasta Ron Perlman está fatal!) y al pésimo aprovechamiento de un presupuesto en exceso ajustado, que da lugar a un plano final abiertamente risible.

MAD DETECTIVE, de Johnnie To y Wai Ka-Fai
Como llevaba unos años regalándonos obras tan apreciables como PTU, Breaking News, las dos partes de Election o Exiled, había quedado un tanto olvidada la notable irregularidad que caracteriza la carrera del director hongkonés. A ello responde este film notablemente fallido, que utiliza un punto de partida sugerente (un policía que puede ver la auténtica personalidad de la gente) para mezclar acción y comedia con irritante brocha gorda. Lo mejor, la reunión de To y su antiguo actor fetiche, Lau Ching-Wan, y una escena final percutante y de escalofriante desesperanza. Nada que ver con el resto del film.

MASTERS OF HORROR: THE BLACK CAT, de Stuart Gordon
No lo tenía difícil Gordon a la hora de destacar en la penosa segunda temporada de Masters of Horror, y si en su anterior propuesta televisiva había optado por adaptar a Lovecraft, en esta prefiere acercarse a Poe. Y lo hace con una reverencia exquisita, ya que no sólo lleva a la pantalla el cuento que da título al telefilm, sino que lo mezcla con la biografía del propio escritor, apoyándose para ello en una extraordinaria interpretación de Jeffrey Combs. Quizás su giro final frustra el tono del relato, pero lo cierto es que era imprescindible para mantener la fidelidad a la biografía del gran Edgar Allan Poe.

MASTERS OF HORROR: THE SCREWFLY SOLUTION, de Joe Dante
Ya va siendo hora que alguien reconozca que los premios y las alabanzas otorgados a Homecoming eran excesivos para sus limitadas virtudes, algo que queda demostrado cuando, intentando una operación similar, Dante y su guionista, Sam Hamm, se estrellan sonoramente. Lo que es una pena, porque un argumento de base realmente maravilloso es sistemáticamente boicoteado por las ansias de trascendencia de sus responsables y, lo que es más triste, por su incapacidad de sobreponerse a las limitaciones presupuestarias de esta segunda temporada.

MASTERS OF HORROR: THE WASHINGTONIANS, de Peter Medak
¿Se pueden mezclar tantos tópicos y servirlos de forma tan torpe, evidente y risible como consigue aquí Medak sin morir en el intento? No es que el guión firmado por Richard Chizmar y el propio protagonista, Johnathon Schaech, sea precisamente brillante, pero da la impresión de que el director no hace el más mínimo esfuerzo para superar sus defectos, sino que rueda con tanta desgana como para conseguir lo contrario: potenciarlos. Más que a una antología de terror, parece pertenecer a una de comedias chuscas.

THE NINES, de John August
Directores como David Lynch o Apitchapong Weerasethakul han demostrado que incluso el cine más abstracto, más difícil de interpretar, puede captar al espectador mediante la fuerza de las imágenes. Lo que no consigue August en su debut como director, totalmente ebrio con su propia pedantería, de ahí que acaba escogiendo unas imágenes totalmente convencionales, planas, para narrar una especie de rompecabezas incomprensible que intenta ser profundo cuando, en realidad, lo único que consigue es provocar vergüenza ajena.

EL ORFANATO, de J.A. Bayona
Sintonizar con el público a raíz del éxito de la ópera prima de Bayona es tan complicado como hacerlo con la mayoría de la filmografía de Alejandro Amenábar. A lo largo de toda la película se aprecian detalles de puesta en escena, momentos con fuerza, que sin embargo no consiguen que la propuesta vaya más allá de lo que es: una mezcla desangelada de otros films mejores, perfectamente calculada para gustar a los que no suelen ver cine fantástico. Basta conocer un poco el género para darse cuenta de todos los lugares comunes, los tópicos y las situaciones sobadas que Bayona repite casi plano a plano. Lástima, porque en el guión se intuye una historia más dura e intensa, diluida en el almíbar del resultado final.

[REC], de Jaume Balagueró y Paco Plaza
Para el que esto firma, la carrera de Balagueró ha ido cuesta abajo desde la prometedora Los sin nombre, mientras la de Plaza ha ido ganando fuerza hasta su magnífica Cuento de Navidad. Sin embargo, la unión de sus talentos ha hecho salir a flote lo mejor de sus respectivos estilos, ofreciendo una de las mejores películas (si no la mejor) que pasaron por Sitges. Su inteligente utilización del formato televisivo, unida a una construcción dramática aparentemente superficial, pero en realidad muy cuidada, y a una muy afortunada disposición de los golpes de efecto, consiguen desembocar en una magnífica incursión en la temática zombi. El ritmo es imparable, las gotas de humor realmente divertidas, y su desquiciante tramo final hará morderse las uñas a más de uno. Si esta maravilla no funciona en taquilla, es que el cine español no tiene salvación.

REDACTED, de Brian de Palma
Pese a correr el peligro de ser calificado de pesado, uno no puede evitar volver a incidir en el borreguismo y el maniqueísmo intelectual que atenaza cada vez con mayor virulencia a la sociedad actual. Que una película tan valiente y atrevida como La batalla de Hadiza fuera calificada de burda o gratuita durante su pase en San Sebastián, mientras una propuesta tan torpe como Redacted ganaba el León de Plata en Venecia, dice mucho de cómo le gusta a cierta intelectualidad que le den los discursos: bien masticaditos. Como a Romero, además, a De Palma se le atragantan los nuevos formatos, perdiendo su inmensa personalidad visual por el camino.

RETURN TO THE HOUSE ON THE HAUNTED HILL, de Víctor García
Es comprensible que Sitges quiera dar cabida a cuantas más propuestas realizadas por directores españoles, mejor. Pero de ahí a malgastar una sesión sorpresa proyectando este lamentable direct to video, por mucho que venga firmado por el responsable del magnífico cortometraje El ciclo, va mucho. El film es absolutamente infumable, con un argumento tan delirantemente tópico que parece una especie de parodia del cine de terror al estilo de la saga Scary Movie… Pero no es así. Imprescindible verla, pues, con sustancias psicotrópicas encima y muchas ganas de reírse.

ROMAN, de Angela Bettis
No es que Lucky McKee se mostrara especialmente original a la hora de escribir el guión para el debut tras las cámaras de Bettis, más que nada porque se limita a ser poco más que una versión masculina de May, pero es que la puesta en escena de la directora, digna de un vídeoclip de baja estofa (y no lo decimos por el pésimo aprovechamiento de las texturas digitales, que también), no ayuda a matizar sus pobres sugerencias. Lo más divertido acaba siendo ver a McKee haciendo el papel protagonista acompañado por dos actrices tan interesantes como Kristen Bell y Nectar Rose.

THE SIGNAL, de David Bruckner, Dan Bush y Jacob Gentry
Como carta de presentación de sus directores tiene un pase, pero que nos vendan como producto acabado este film concebido de forma fragmentada e inconexa es de risa. Seguro que habrá quien interprete ese caos estilístico como un ejercicio de estilo, con una “clara” intención de romper el lenguaje cinematográfico clásico… Lo que debería llevar a que nos preguntáramos cuántas y cuántas malas películas se podrían justificar con esos argumentos tan posmodernos. Lástima de punto de partida, por cierto, que en buenas manos habría desembocado en un film interesante.

SILENCIO DESDE EL MAL, de James Wan
El autor de estas líneas sigue preguntándose cómo Wan y su guionista habitual, Leigh Whannell, han podido cimentar un (relativo) prestigio con un primer trabajo tan flojo como esa mezcla bastarda de Dario Argento y David Fincher que era Saw. Las cosas no han cambiado tanto desde entonces. Sí, ahora intentan narran una historia más clásica con referencias como Bava o Fisher en la recámara, pero ocurre exactamente lo mismo que en su ópera prima: su prometedor inicio se diluye poco a poco en un montón de clichés y sustos gratuitos, terminando en un final sorpresa estúpido y manipulador.

SLIPSTREAM, de Anthony Hopkins
No vamos a negarle al intérprete de Hannibal Lecter la valentía de, a sus 70 años, llevar a cabo una segunda película tan arriesgada y experimental. El problema está en que, a diferencia de uno de los principales referentes de Hopkins, David Lynch, uno no tiene la sensación de estar ante un discurso coherente, hilvanado, sino a un batiburrillo de ocurrencias visuales que, en según qué momentos, parecen realizadas por un estudiante de dirección que está descubriendo lo que se puede hacer con las estaciones de Avid o Autodesk.

I’M A CYBORG, BUT THAT’S OK, de Park Chan-wook
Teniendo en cuena el pésimo recibimiento que se le dio el año anterior a Time, un film de Kim Ki-duk no tan despreciable como se ha dicho por ahí, fue una sorpresa que el público de Sitges recibiera tan bien lo nuevo de Chan-wook (sobre todo, después de la fría acogida que había tenido entre sus fans). Y no era para menos, hay que decirlo, porque este pequeño divertimento romántico le permite al director coreano un despliegue de imaginación visual que, en realidad, no anda tan lejos como parece de los logros de Oldboy o Sympathy for Lady Vengeance. Además, su habitual mala leche, aunque disimulada por sus formas de cuento, sigue aflorando con fuerza.

STARDUST, de Matthew Vaughn
El éxito de la trilogía de El señor de los anillos urdida por Peter Jackson parece haber abierto la veda para las adaptaciones de libros de fantasía, que últimamente llegan a las pantallas a patadas. En esta ocasión, con el director de Layer Cake tras las cámaras y la intención de adaptar una novela de Neil Gaiman que llevaba la fantasía al terreno de los adultos, parecía que íbamos a ver un proyecto con cierta enjundia. Sin embargo, lo que Vaughn ha acabado urdiendo es una mezcla inodora de La princesa prometida y Willow, simpática pero inocua.

STUCK, de Stuart Gordon
Su anclaje como director en la serie B más pura y dura le ha impedido brillar como otros directores de su generación, pero en los últimos años Gordon ha demostrado con films como King of the Ants o Edmond que su estilo directo, seco, gana al contar historias a ras de suelo. Una evolución que parece haber explotado con este film, adaptación de un hecho real narrada con una eficacia y una economía sorprendentes que, además, alberga una mala leche y un humor negro tremendos, lanzando una crítica social de un cinismo avasallador. A destacar el duelo actoral entre Stephen Rea y Mena Suvari, protagonistas casi únicos de este sencillo (pero eficaz) thriller.

EL SUEÑO DE CASSANDRA, de Woody Allen
Todavía hay fanáticos del Allen de los 70 y los 80 que siguen rascándose la cabeza, preguntándose el por qué del progresivo cambio (en general, a peor) de su cine. Lo cierto es que Match Point ya dejaba intuir, como confirma El sueño de Cassandra, que el director parece harto de convertir cada uno de sus films en una sesión de psicoanálisis cinematográfica, y que quiere disfrutar de los años que le quedan en la profesión simplemente narrando historias. Quizá ésta no sea la mejor película de Allen, pero tampoco lo pretende: se conforma con ser un drama criminal maduro, bien trazado, con situaciones y personajes creíbles y, lo más importantes, un grupo de actores compacto y bien dirigido.

SUKIYAKI WESTERN DJANGO, de Takashi Miike
La relación de Miike con el público de Sitges se ha convertido en una especie de veneración acrítica, que en el caso de este western a la nipona se ha mezclado con la de otro director también rodeado de seguidores fanáticos: Quentin Tarantino. Son sus nombres los que convirtieron este proyecto en un éxito por adelantado, con unos espectadores entregados (incluso demasiado) a pesar de que la personalidad del director se intuya sólo ocasionalmente, asumiendo el encargo con un mínimo de profesionalidad pero sin poner el alma en lo que estaba rodando. Una oportunidad perdida de devolver la influencia que el spaghetti western asumió de Yojimbo y similares.

TEETH, de Mitchell Lichtenstein
Sin querer desmerecer el trabajo de Lichtenstein, que mezcla sabiamente un guión lleno de irónica mala baba con una puesta en escena limpia pero eficaz, el engranaje de esta película tiene nombre y apellidos: Jess Weixler, su joven protagonista. No sólo por su descacharrante vis cómica, aprovechada hasta la extenuación por el director, sino también por la habilidad interpretativa que demuestra haciendo evolucionar a su personaje, paso a paso, de forma totalmente creíble. El film no tiene mucho más, pero ya es mucho, comparado con esa supuesta NCA que tan de moda está.

EL TERRITORIO DE LA BESTIA, de Greg Mclean
Director extranjero hace una pieza de género interesante, a pesar de sus limitaciones económicas; los mandamases de Hollywood se fijan en él y le pagan un buen fajo de billetes para que filme una cinta para ellos; el director acepta y el resultado es una pobre imitación de su trabajo anterior. Eso es, más o menos, lo que le ha pasado a Mclean que, bajo el amparo de los temibles Hermanos Weinstein, ha urdido una especie de remake con cocodrilo de Wolf Creek, que incurre en todos y cada uno de los tópicos del género de los animales gigantes… Y, lo que es peor, tiene como héroe al sosísimo Michael Vartan.

TRIANGLE, de Tsui Hark, Ringo Lam y Johnnie To
Curioso experimento (que no pasa de eso, de una idea divertida y, sin duda, simpática), que ha unido al fundador de Milky Way Image con dos de los directores hongkoneses más destacados de la época dorada del heroic bloodshed, y que huye del esquema de las películas de episodios (a pesar de que cada segmento cuenta con su propio guión), prefiriendo continuar la misma historia sin solución de continuidad. Algo así como lo intentado con The Signal, pero con autores lo bastante inteligentes como para conseguir una cierta unidad de estilo, a pesar de que cada uno imprima un cierto tono a su segmento: el tiroteo final, sin ir más lejos, es marca de la casa To.

TRIGGER MAN, de Ti West
Esta película es un ejemplo de los efectos colaterales que autores como Gus Van Sant, Tsai Ming-liang o Apitchapong Weerasethakul pueden provocar en el cine actual: o cómo alguien, con el suficiente morro, puede justificar con teorías cahieristas haber llenado una película de hora y media con las continuas caminatas de un protagonista que, en teoría, está en peligro de muerte. La diferencia, claro está, radica en que los tres directores mencionados demuestran una intencionalidad clara tras sus planos secuencia, mientras West se dedica a gastar cinta de vídeo (que no celuloide) para lograr un largometraje con un esfuerzo mínimo. ¿Rodará igual su próxima Cabin Fever 2: Spring Fever?

EL ÚLTIMO JUSTO, de Manuel Carballo
Que el cine español no está en un buen momento, es algo que, afirmaciones oficiales aparte, se sabe abiertamente desde hace un buen montón de años: la falta de industria provoca que los directores más interesantes acaben teniendo que producirse sus propios proyectos. Y si bien es interesante que aparezcan cintas como el debut de Carballo en el largometraje, que intentan aportar algo a una cinematográfica excesivamente estancada en unos temas y estilos determinados, en realidad no basta con hacer una versión españolizada de El código Da Vinci. También hace falta hacerlo bien, con convicción, como han demostrado Balagueró, Plaza y Vigalondo.

WAZ, de Tom Shankland
¿Es un thriller a lo Seven? ¿Es un gorno (por Dios, qué palabreja tan patética para designar un subgénero se han inventado los yanquis) a lo Saw? ¡No, es un rape & revenge que mezcla a Fincher con las series de policías al estilo The Shield o The Wire! Vale, quizá esta cinta de Shankland no sea lo que se dice muy original, pero a cambio ofrece un producto bien hecho, con detalles adicionales realmente interesantes y, lo que es más importante, un auténtico tour de force interpretativo de Stellan Skarsgard, que es capaz de sugerir con una notable sutileza lo que un giro de la trama un tanto torpe nos revela más adelante.

WRONG TURN 2: DEAD END, de Joe Lynch
Su antecesora, Km. 666: Desvío al infierno, no era ni mucho menos un producto destacable, pero Rob Schmidt sabía mezclar con cierta inteligencia los tópicos del splatter y del survival para llevar a cabo un film muy entretenido. Esta secuela pasadísima de vueltas no intenta imitar a su predecesora sino que, abiertamente, se cachondea del género, llevando al paroxismo (y al agotamiento) todo lo que hacía divertida a la primera película. Una auténtica frikada que, más allá de las risas que provoca, no se aguanta de ninguna manera.

ZOO, de Robinson Devor
Ya en su anterior film, Police Beat, Devor utilizaba una narración morosa, contemplativa, intentando extraer mediante la cámara la mayor carga poética de los planos de su cámara. En esta mezcla de documental (las voces de los implicados) y ficción (las reconstrucciones de los hechos) vuelve a emplear el mismo tipo de soporífera puesta en escena, que impide avanzar con fluidez la trama por una autoría mal entendida. Además, resulta sorprendente que el film haya despertado polémica por el tema que trata (la zoofilia), cuando lo hace con una notable tibieza, marcando unas distancias que, en esta caso, no son signo de objetividad sino de pura y dura cobardía moral.

sitges 2007: dos crónicas, una opinión (actualización definitiva)

Con las aguas laborales bastante más calmadas (aunque no tanto, no crean: esto de ser freelance es como ser camarero en una terraza, siempre hay alguien que te reclama), el que esto firma puede ofrecer por fin las impresiones despertadas en el Festival de Sitges de este año. Fíjense: uno que no quería esclavizarse con crónicas diarias para disfrutar de la experiencia, y finalmente no he tenido que escribir un solo texto, sin dos... Son las ironías que tiene la vida, sobre todo la del crítico que intenta abrirse camino.

Si bien la crónica estrella la podrán leer en el próximo número de Dirigido (que imagino saldrá a la calle durante la semana que viene), en la que encontrarán una reflexión más global sobre el certamen, si prefieren no gastarse ese dinero siempre pueden acudir a la que estoy realizado, a ritmo un tanto tortuguesco y por partes, para Supernovapop. Lo interesante de esta crónica es que incido más en mi impresión película por película, desarrollando más lo que opino de lo que por allí vi....

Se aceptan, por supuesto, impresiones. No puedo resistirme antes, claro está, a recomendarles el magnífico especial dedicado al certamen por los amiguetes de Miradas de Cine, una pequeña delicia colectiva, además de la crónica resumen de un auténtico crack (y un gran amigo) que se merece lo mejor, Roberto Alcover Oti.

publicaciones del festival de sitges 2007

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Hasta el que esto firma tenga preparadas sus crónicas sobre su paso por Sitges, y las películas que allí pudo disfrutar, una buena manera de introducir el tema es presentando los tres libros que el festival ha publicado para la ocasión, todos coordinados por Antonio José Navarro, y en los que el autor de este blog ha intervenido en mayor o menor medida.

Sitges 1968-2007 Viaje alucinante. Historia de un festival en 100 carteles
Para conmemorar el 40 aniversario del Festival de Sitges, se ha editado este curioso tributo a su historia a través de 100 carteles de películas que han pasado por alguna de las numerosas secciones del festival, de autores tan distintos como Mario Bava, Terence Fisher, Dario Argento, George A. Romero, Peter Weir, John Carpenter, Sam Raimi, David Lynch, Quentin Tarantino o Hayao Miyazaki. Las reproducciones a todo color de los carteles van acompañados de breves textos informativos en castellano, catalán e inglés, redactados a cuatro manos entre Antonio José Navarro y el que esto firma, con curiosidades y anécdotas del paso de los films por Sitges. Publica Notorius Ediciones.

El demonio en el cine. Máscara y espectáculo
Esta auténtica biblia satánica (y es que sus 750 páginas ofrecen muchísimas horas de lectura) pretende ser un tratado sobre cultura cinematográfica sobre la representación del Demonio en la gran pantalla y sus múltiples, e inquietantes, significados, que no olvida ni sus orígenes literarios y pictóricos ni la introducción de temas como la teología, el esoterismo, la antropología, el satanismo o la psicología. Navarro ha coordinado a autores como José María Latorre, Tomás Fernández Valentí, Jesús Palacios, Ramon Freixas, Joan Bassa, Pilar Pedraza, Hilario J. Rodríguez o el que esto firma, que se ha encargado del capítulo Imagen en sombra: Las conexiones diabólicas del cine expresionista alemán. Publica Editorial Valdemar.

American Gothic. El cine de terror USA 1968-1980.
Este repaso a uno de los periodos más fecundos y más libres del cine de terror norteamericano (coeditado junto a la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián), que se inicia con la seminal La noche de los muertos vivientes y termina con la paródica Motel Hell, analiza como la última época dorada del cine estadounidense coincidió con un periodo de incertidumbre social y existencial dentro de dicha sociedad. De ahí que el género estuviera repleto de mensajes críticos, transgresores, con la intención de revolver las conciencias bienpensantes. Un paraíso que parece imposible de recuperar. En él escriben, junto a Navarro, gente como Quim Casas, Carlos Losilla, Roberto Cueto, Carlos Aguilar, Ricardo Aldarondo, Desirée de Fez, Fernández Valentí, Freixas, Bassa, Latorre, Palacios o, de nuevo, el autor del blog, con el capítulo Hambre de hombre. El acercamiento del terror americano de los 70 al tabú del canibalismo. Publica Donostia Kultura. Hay una interesante reseña del libro en Miradas.

críticas de actualidad

"Ante la crispada situación sociopolítica actual, con el terrorismo y la inmigración revolviendo las entrañas de la estabilidad del mundo occidental, sólo era cuestión de tiempo que alguien llevara a cabo una nueva versión de la trama de ciencia-ficción conspirativo-paranoica por excelencia, Los ladrones de cuerpos, de Jack Finney"

Más Arma fatal...

Número 371 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.