la sombra del cazador / críticas de actualidad

"Dedicado fundamentalmente a la televisión tras el fracaso de su anterior Matador, el director y guionista Richard Shepard vuelve a intentar triunfar en la gran pantalla, utilizando guerra de Bosnia para adentrarse (torpemente) con La sombra del cazador en la moda de las películas comprometidas de la mano de dos actores de peso, Richard Gere y Terrence Howard"

Más Bee Movie... Más Saw IV... Más El último justo...

Número 373 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.

adiós burbujas, hola scorsese

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No soy muy partidario de abusar de los vídeos de YouTube a la hora de actualizar este blog, pero el exceso de trabajo (que incluye ese estudio que llevo tiempo preparando y que aparecerá coincidiendo con el estreno de Soy leyenda) y la aparición de esta pequeña joya lo convierten casi en una obligación. Y es que, por una vez, Freixenet se ha olvidado de sus horteradas con burbujitas y famosos de cuarta categoría, y ha tenido la valentía de lanzar un anuncio de autor firmado por Martin Scorsese. En televisión sólo se verá un trailer de los nueve minutos que dura la pieza, un sentido homenaje a Alfred Hitchcock enmarcado con unas divertidas escenas al más puro estilo mockumentary, con aparición estelar de Thelma Schoonmaker, la montadora habitual de Scorsese. Un divertimento de primera, vamos.

un must see terrorífico

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Para el que esto firma, [Rec] fue la mejor película vista en el pasado Festival de Sitges, justa merecedora de los premios obtenidos. Una de las mejores piezas de género que se han realizado en nuestro país en los últimos años porque lo único que pretende es contar bien lo que cuenta, pretendiendo tanto asustar como divertir al espectador. No se la pierdan, estimados lectores: es una experiencia a paladear en compañía.

beowulf

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Aunque, por supuesto, cierto segmento de la crítica sólo comenzó a hacer caso a Robert Zemeckis desde que perdiera el sentido del humor y se dedicara a hacer películas profundas y adultas (tradúzcase como pretenciosas y aburridas), algunos preferimos recordarlo como el gamberrete que perpetró cintas tan divertidas como Tras el corazón verde, Quién engañó a Roger Rabbit, La muerte os sienta tan bien o, sobre todo y ante todo, la trilogía Regreso al futuro. No es que podamos decir que Beowulf nos lo devuelva en su mejor forma, ya que además sigue en la senda de su obsesiva campaña para hacer cine 100% digital, pero sí es cierto que esta vez ha dejado de lado las insoportables ñoñerías de Polar Express y narra esta versión del popular poema épico inglés con un dinamismo y una garra, especialmente en las escenas de acción, de los que parecía que ya no era capaz.

Seamos justos, no obstante: gran parte de la fuerza de la película proviene de un notable guión urdido a cuatro manos por Neil Gaiman y Roger Avary, que ha conseguido convertir al clásico original en un relato atractivo y lleno de matices, y en el que se nota (y mucho) el peso de la admiración por Shakespeare del autor de Sandman, ya que su sombra se proyecta, para bien, sobre las relaciones entre los personajes. Aprovechando el hueco argumental del poema, los guionistas han convertido su sucesión de batallas superheroicas en un drama reflexivo sobre el poder, la ambición y la responsabilidad sobre los seres queridos con ecos de Macbeth, Ricardo II e incluso Tito Andrónico, pero al que sin embargo no le falta un sentido de la aventura testosterónico que no anda muy lejos del que supo imprimir Richard Fleischer a su magnífica Los vikingos (como ocurría con esa versión no reconocida de Beowulf que era El guerrero número 13), de ahí que no falten escenas de acción que ayudan a que la trama siga avanzando.

Otro tema bien distinto es si la animación empleada por Zemeckis está a la altura de lo que el film está narrando, porque no siempre es así. El perfeccionamiento de las expresiones faciales de las reproducciones digitales de los actores no impide que algunos rostros parezcan moldeados en cera (como Unferth, el personaje que interpreta John Malkovich) y, sobre todo, que los movimientos que no han sido realizados a partir de captura de movimiento resulten de lo más ortopédico (lo de los caballos es sangrante pero, ¿tan difícil era utilizar para los cuerpos en vuelo utilizar los avances con los motores físicos que han desarrollado los programadores de videojuegos?). Algo especialmente sangrante al ver la película en el formato para el que supuestamente está pensado, el estereoscópico (o 3D, vamos).

El mayor problema no es, no obstante, la falta de perfección de la animación. Lo que impide que el film arranque es la ambivalencia del trabajo de Zemeckis que, si bien parece pasárselo pipa cuando el heroico Beowulf se enfrasca en algún enfrentamiento, en cambio en los momentos más dramáticos el dinamismo de la narración pierde gas a marchas forzadas por su habitual confusión entre profundidad y sosería. Las salva la expresividad de los actores (siempre que los animadores más torpes no las estropeen, como ocurre en algún plano), que saben aprovechar con tanta inteligencia los matices que desarrolla el libreto acerca sus personajes que uno se queda con las ganas de ver una versión en imagen real con un casting similar, aprovechando para imprimir a sus imágenes esa fisicidad fleischeriana que le falta a este intento animado.

la joven jane austen

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¿Cómo se habría sentido Jane Austen si hubiera podido ver cómo sus novelas, gracias a la pésima intervención de Helen Fielding y su mediocre saga de Bridget Jones, acabarían generando un fenómeno como la chick lit, esa literatura femenina de tono conservador y falsamente moderno? Seguramente le habría decepcionado ver que sus lectoras actuales no ven en sus escritos más que las historias de amor que tienen detrás, sin apreciar el nivel de crítica social que éstas enmascaran, no sólo respecto a la desigualdad en las relaciones hombre-mujer, sino también en la presión realizada sobre las féminas para casarse con el objetivo de conseguir una dote económica lo bastante importante como para poder vivir con cierta tranquilidad. Algo que, a priori, este biopic totalmente ficcionado que es La joven Jane Austen evita, lanzando una mirada aceptablemente franca y realista a la época de la escritora, pero que no puede evitar jugar las cartas del romanticismo para intentar ganarse al público femenino de sus habituales adaptaciones.

De hecho, el film juega en todo momento con los esquemas de la literatura de la propia Austen, basándose en las expectativas del espectador para crear una especie de metadiscurso en el que, de alguna manera, reconstruir los acontecimientos de la vida de la escritora que podrían haberle inspirado a la hora de escribir sus famosísimas novelas. Algo que, sobre todo en el inicio de la película, funciona muy bien, pero que empieza a fallar una vez se separa de ese homenaje a la obra de la protagonista porque, en lugar de centrarse en la realidad social, sus responsables parecen necesitar volver a utilizar tramas románticas para resolver la trama, cuando quizás habría sido más interesante limitarse al puro y duro realismo, dejando que fueran las limitaciones de su entorno lo que diera la puntilla a la propia historia.

Lo más interesante acaba siendo, más allá de esos detalles románticos basados en la revelación epistolar de que Austen podría haber flirteado con el futuro magistrado Tom LeFroy, cómo el film reconstruye la personalidad de la escritora, su lucha personal contra la presión social de casarse por interés económico (a lo que contribuye, y mucho, la más que correcta interpretación de Anne Hathaway, muy bien arropada por James MacAvoy) y, sobre todo, la evolución y la maduración de su estilo literario, así como su posicionamiento como escritora en la época. Realmente, la idea de que su éxito en ese sentido surja de su fracaso para alcanzar la felicidad y la plenitud personales no deja de ser bella, como la de muchas otras aproximaciones al tema de los creadores alimentados por sus propios fantasmas.

Son detalles, no obstante, más explotados a nivel de guión e interpretación que mediante la puesta en escena, en la que el director Julian Jarrold parece limitarse a imitar, sin excesivo ímpetu, la estética y el ritmo narrativo de la cámara de Joe Wright en su interesantísima versión de Orgullo y prejuicio. Una lástima, sin duda, que el proyecto no cayera en manos con menos voluntad ilustrativa y con mayor talento para aprovechar lo más interesante del guión, puliendo sus defectos de voluntad comercial.

entrevista a park chan-wook

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Una de las ventajas que tiene esto de los festivales para los que nos dedicamos a la crítica, al periodismo y a otros trabajos similares es que ponen a tu alcance una serie de autores a los que, normalmente, cuesta mucho acceder. Es el caso del coreano Park Chan-wook, para el que esto firma uno de los cineastas más interesantes surgidos durante la explosión que vivió dicha cinematografía en los años 90, y con el que pude participar en una entrevista (a dos bandas, eso sí: el hombre estaba de lo más solicitado) durante el pasado Festival de Sitges.

Al estar pensada para un público muy concreto, el de la revista VídeoPopular, está muy centrada en cuestiones técnicas, pero aun así creo que resulta de lo más interesante... Así que, ya saben, amigos lectores, a descargarla aquí.

gominolas

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Uno de los problemas más graves de las comedias televisivas españolas es que no parecen saber desembarazarse del formato de sitcom puro y duro, y mientras series norteamericanas como Friends han demostrado la efectividad del uso de supraestructuras dramáticas para enganchar a los espectadores, nuestros guionistas siguen confiando en los actores y su propio ingenio para los chistes. Por eso resulta refrescante una serie como Gominolas, en cuyo capítulo piloto parecen haberse planteado una serie de conflictos y motivaciones que marcan una evolución a medio o largo plazo de los personajes protagonistas. Esperemos que no ocurra como, por ejemplo, en Siete vidas, que empezó en esa línea (inspirada, precisamente, por Friends) pero acabó dando bandazos por los continuos cambios de actores.

Mucho se ha comentado ya sobre cómo el piloto planteaba una serie de detalles atractivos (un punto de partida maravilloso, unos personajes peripatéticos, un humor más amargo de la habitual…) que, sin embargo, no acababan de cuajar, como si se hubieran querido tocar muchos palos a la vez pero ninguno todo lo bien que hubiera sido deseable. No habría que juzgar tan pronto los resultados, eso sí, porque será necesario esperar unos cuantos capítulos para que los actores y los guionistas se asienten, las relaciones entre personajes empiecen a definirse y, si todo va bien, saltará la chispa (o no). Volviendo al ejemplo de Friends, los primeros capítulos de su temporada inicial no son para nada descacharrantes: hay que esperar unos cuantos para que la cosa empiece a funcionar y, eso sí, a partir de entonces no para. Veremos si Gominolas también cuaja (con nombres como Koldo Serra detrás, el futuro de la serie pinta bien), lo que no estaría nada mal en un país donde caspas como Escenas de matrimonio bate récords de audiencia.

persépolis

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El momento de supuesto progresismo en el que estamos inmersos, guiado por un concepto tan equívoco como el de la corrección política, nos hace vivir en una paradoja constante. Por un lado, se pretende haber dado voz a todos aquellos que antes no tenían la oportunidad de expresar su opinión pero, al mismo tiempo, se mira mal (cuando no se desprecia abiertamente) a quien diga algo en contra del actual estatus social: y no, no hablamos de agitadores derechistas como Jiménez Losantos, sino de quienes, desde una perspectiva realmente de izquierdas, intentan ser críticos con una situación no tan liberal como la pintan. De ahí que quien esto firma desprecie films como Babel o Buda explotó por vergüenza, ideológicamente tibios y tramposos hasta la náusea, y defienda propuestas más honestas, y sobre todo más personales, como La batalla de Hadiza o la película que nos ocupa, Persépolis, traslación al cine animado de los cómics autobiográficos de Marjane Satrapi.

A diferencia de esos gurús progresistas que hablan de los problemas de la calle, pero sólo de oído, sin haberse sumergido realmente en ellos, Satrapi habla de la realidad iraní desde su propia experiencia, en un tipo de obra que (con todas las lógicas diferencias de tono, intención y resultados) no anda muy lejos del Maus de Art Spiegelman. Y lo hace asumiendo, de forma abierta y sincera, que la narración está tamizada por su punto de vista (resulta especialmente afortunado el enfoque de la infancia de la autora, teñida de un infantil optimismo que resulta enternecedor), sin la equívoca pretensión de ser objetiva ni de dar lecciones morales. Su perspectiva es la de una mujer educada en una ideología de izquierdas que cada vez está más incómoda en una sociedad dominada por unos dirigentes cada vez más represivos y ultrarreligiosos.

Precisamente el retrato de la sociedad iraní que hace Satrapi, apoyado en las figuras de su propia familia, es quizá lo más admirable de la obra, reflejando una complejidad social y unos matices ideológicos que, desde la cómoda distancia que nos da vivir en la opulenta sociedad occidental, solemos simplificar por obra y gracia de los (cada vez más) simplones medios de comunicación que nos rodean. De ahí que la autora se guarde alguna pulla, abiertamente irónica y más amable que sangrante, contra los jóvenes reivindicativos con los que se encontró durante su estancia en Viena: su discurso por el cambio social está construido sobre los cimientos de unas familias acomodadas que les permiten tomar actitudes antisistema.

El revuelo mediático despertado por la obra y el Premio de la Crítica del Festival de Cannes pueden despertar los recelos de más de uno, pero no hay lugar para ello: por encima de la historia que están contando, Satrapi y su codirector, Vincent Paronnaud, intentan no tomarse demasiado en serio su propio discurso. En realidad, es precisamente ese lúcido sentido del humor con el que está impregnado todo el repaso a la trayectoria vital de la propia autora lo que le da su auténtico valor al film, que no carga las tintas en sus momentos más melodramáticos sino que, con un notable criterio moral, prefiere dar preferencia a una visión amargamente sarcástica sobre la existencia humana. Que haya o no esperanza en ella depende de la actitud del espectador ante lo que ha visto.

vivir y morir en los ángeles

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Tras rodar la comedia El contrato del siglo, que pese a estar pensada para lucimiento de Chevy Chase tenía una cierta mala leche de fondo y, sobre todo, unas refrescantes maneras de thriller, William Friedkin se volcó a fondo en su género predilecto con esta adaptación de una novela de un antiguo agente del Servicio Secreto de los Estados Unidos, Gerald Petievich, que en cierta manera es un complemento/actualización de uno de sus logros más celebrados, Contra el imperio de la droga. Lo que también incluye, por desgracia, una serie de tics visuales provinientes de la moda cinematográfica de la época (no en vano, Michael Mann demandó a Friedkin por plagio de su Corrupción en Miami) que han envejecido tremendamente mal, y que pueden alejar al espectador de un film que, rascando bajo esa superficie profundamente ochentera, está lleno de interés y de detalles estimulantes.

La obsesiva personalidad del protagonista principal del film, que no anda muy lejos de la de "Popeye" Doyle, Steve Burns o el mismísimo Padre Karras, le sirve al director para lanzar una reflexión muy habitual en su cine: la de los finos límites entre el comportamiento de los que están a un lado o a otro de la ley. Algo que se refleja especialmente en la continua oposición de los dos antagonistas, el agente Chance y el falsificador Masters, dos profesionales en sus respectivos campos cuya naturaleza sociopática les permite cumplir de forma altamente eficiente su trabajo, ya que gracias a ello no tienen problema alguno en sortear los impedimentos legales que les impiden conseguir lo que necesitan. No es gratuito, pues, que en los instantes finales no se enfrenten de forma directa, sino que acaben haciéndolo otros en su nombre: al fin y al cabo, son dos caras de la misma moneda... O quizá deberíamos decir del mismo billete (falso).

Esa personalidad visual tan años 80 que impregna al film, si bien llega a ser desquiciante por momentos, también puede tomarse como un reflejo de la espídica situación sociocultural de los Estados Unidos del momento: el horterismo por bandera, el culto al cuerpo y el consumo de drogas están ahí, directa o indirectamente. Lo que no se le puede negar a Friedkin es su capacidad para imprimir un ritmo trepidante a la película, que se mantiene vivo hasta el acelerón del segmento final, sólo frenado por un cierto bajón de ritmo provocado por el planteamiento de la resolución. Mención aparte merece, claro está, esa apasionante persecución a varias bandas con la que el director pretendía superar definitivamente la de Contra el imperio de la droga, y que, aunque no logra dejarla atrás, sí consigue dejar un recuerdo indeleble en la retina del espectador.

Gran parte la efectividad del film descansa, claro está, en la afortunada elección interpretativa. Pese a ser su debut como protagonista, William Petersen consigue darle a su personaje el carisma y la complejidad que merecía (lo que hace creíble que el anodino personaje que interpreta John Pankow se deje influir por él, hasta acabar convirtiéndose en una especie de nueva versión), poniéndose a la altura de un joven pero sobradamente preparado Willem Dafoe. Como ha demostrado en películas de planteamiento más modesto, como la reciente Bug, Friedkin tiene muy claro que son los rostros de los actores, y no las frases del guión, las que deben marcan la personalidad y los conflictos planteados entre los protagonistas de una cinta.

todo tiene sentido

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Dice un buen amigo, que lleva mucho más tiempo que yo dedicándose a esto de la crítica, que le bastaría con que uno solo de sus lectores haya enriquecido su forma de ver el cine gracias a sus textos para encontrarle el sentido a este trabajo. Y es que, aunque uno intente blindarse emocionalmente ante las críticas del público a lo que se escribe y se opina sobre cine, el crítico sigue debiéndose a su público, y en él se encuentra ese sentido que uno a veces no encuentra ni ante la hoja de Word en blanco, ni siquiera ante las revistas impresas. Es emocionante saber que tu obra crítica, sea mejor o peor, ha calado en una persona y le ha enriquecido como tal.

Lo más bonito es cuando, incluso cuando has dejado de lado una determinada profesión, los réditos humanos siguen siendo maravillosos. De ahí que, años después del cierre de la PlanetStation, y con el mundo consolero convertido en sólo uno más de mis múltiples trabajos, siga sintiendo la emoción de que alguien (en este caso Eliudrae, que no sale en la foto) me diga que le hacía partirse de risa con lo que escribía. O saber que uno de mis viejos lectores, Iruell, está estudiando Periodismo y abriéndose camino en el difícil camino de las publicaciones consoleras. Pero sobre todo, que todos ellos, incluida esa hermanita virtual que es Mistique y el tío tan majete que es Draskovic, compartieron y disfrutaron un trabajo al que uno le ponía toda la ilusión del mundo. La amargura de la imposibilidad de seguir con la revista se calma al conocer a gente capaz de recordarte por qué hacías las cosas.

crónica sitges / críticas actualidad / imágenes

"En los últimos años, la programación del Festival Internacional de Cinema de Catalunya ha seguido la línea de otros certámenes españoles, creciendo y extendiéndose hasta hacerse inabarcable –incluso la organización ha tenido que habilitar una sala adicional para prensa, que ha tenido tantos defensores como detractores– si no es a base de renunciar a horas de sueño y alguna que otra comida"

Más Shoot'Em-Up... Más La batalla de Hadiza... Más Resident Evil: Extinción... Más El espía...

Número 372 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.

Tampoco deberían perderse, antes de que salga nuevo número, otra revista de la casa...

"Desde que Ruggero Deodato le quitara las ganas de probar la sopa de tortuga a toda una generación con su recordada Holocausto caníbal, el formato de falso documental ha sido empleado por varios directores para narrar ficciones terroríficas, la más conocida de ellas sin duda El proyecto de la Bruja de Blair. En este modesto proyecto de Filmax, Jaume Balagueró y Paco Plaza utilizan ese mismo mecanismo, eso sí, con mucha inteligencia"

Más Redacted (texto consultable aquí)... Más crítica de Stardust...