No deja de ser curioso, y un tanto poético por aquello de las festivas fechas en las que nos encontramos, que este modesto blog haya alcanzado, pasito a pasito y casi sin darse cuenta, las 40.000 visitas al borde del cambio de año. Que este pequeño huequecito en internet haya pasado de las 10.000 visitas del pasado enero a las actuales en menos de un año es mérito de todos ustedes, mis estimados lectores, que han convertido lo que nació como una forma de mantener en forma la capacidad crítica de un servidor en un pequeño hogar cinéfilo. Aunque la necesidad por la que nació hace tiempo que quedó colmada, este crítico (o como quieran ustedes llamarme) seguirá al pie del cañón para no dejar este pequeño esfuerzo en el olvido.
Ah, y aunque el que esto firma no es muy dado a hacer listados de películas del año (resulta un poco frustrante esa irritante necesidad que tiene el ser humano de clasificarlo todo y añadir etiquetas a cuanto pasa por sus manos), que sepan que sus votaciones han formado parte del reportaje resumen de 2007 que ha elaborado Supernovapop. Allí no podrán ver mis votaciones, aun así: tendrán que esperar al especial que está preparando Miradas de Cine para el próximo año. Allí tendrán mis votos y el comentario de una de mis películas predilectas del año que dejaremos atrás en unas horas. Les dejo con el intríngulis.
a las
13:00
A veces, tener una opinión propia no es sencillo. Hay determinadas películas sobre las que, si no hablas maravillas, se te califica de insensible o directamente de niñato inmaduro e insolidario. En ese sentido, no deja de ser divertido cómo determinado tipo de gente no hace más que señalar la paja en el ojo ajeno y, en cambio, es incapaz de ver la viga en el propio (a pesar de que anuncian a los cuatro vientos su capacidad autocrítica). No calificaremos Lejos de ella de mala película, porque no lo es, pero ¿por qué venerarla como una de las obras maestras del año? ¿Porque ha sido dirigida por una de las musas del cine independiente, Sarah Polley? ¿Porque trata un tema que nos preocupa e interesa a todos como el Alzheimer? ¿Por su reparto de veteranos y magníficos actores? ¿O porque supone, según algunos analistas, una exploración metafórica de la sociedad canadiense?
En todo caso, hay que dejar una cosa clara: este film de Polley es una versión fidelísima del relato de Alice Munro en el que se basa, The Bear Came Over the Mountain, así que la mayor parte de sus virtudes (incluso la mayoría de sus diálogos), incluso esa posible lectura sociológica en la que no profundizaremos, provienen de la obra original. Hay que reconocerle a la guionista/directora, por supuesto, su criterio dramático a la hora de ver las posibilidades cinematográficas del cuento y, claro está, la capacidad de asumir la sustancia, el espíritu general de éste. El problema está, al menos para el que esto firma, en que no sabe ir más allá de lo planteado por Munro. Sabe reflejarlo con inteligencia y con sensibilidad, darle vida a través de los actores, pero le faltan los matices, las lecturas añadidas, que son características de un cineasta maduro, que sabe que un texto es un punto de partida, no una meta.
Las inevitables comparaciones que ha despertado Lejos de ella resultan, sin embargo, un tanto desviadas. No hay rastro del pulso narrativo de Isabel Coixet en las imágenes de Polley, y por mucho que Gordon Pinsent y Julie Christie parezcan versiones americanas de Erland Josephson y Liv Ullmann, el ritmo lánguido de la narración de este film carece del magnetismo, de la fuerza subterránea de Ingmar Bergman. La preocupación de la joven directora por darle espacio a los actores, haciendo que la cámara dependa de su interpretación en lugar de que sea al contrario (lo que le da ese sabor teatral, no desagradable pero sí un pelín frustrante, al film), son rasgos comunes de los actores que se pasan por primera vez a la dirección. Esa sensación de modestia dramática que se reflejaba, por ejemplo, en Gente corriente, de Robert Redford.
La mayor joya de la película, sin embargo, algo además tremendamente cuidado por Polley, es la interpretación de sus veteranos actores. Como bien había demostrado Bergman en muchos de sus films, los rostros surcados de arrugas, envejecidos, de actores tan destacables como los que completan el reparto de Lejos de ella, son capaces de reflejar un peso existencial, un trayecto vital mucho más poderoso, más sólido que el que pueden transmitir los más jóvenes. Viendo, sin ir más lejos, las miradas y los movimientos de Pinsent (mejor que Christie, por mucho que el papel de la actriz británica sea más oscarizable), llenos de sutilidad, uno desearía que hubiera más cineastas dispuestos a basar sus filmografías en personajes otoñales.
a las
13:34
La actual situación sociopolítica de Estados Unidos, que sin haberse recuperado de las consecuencias de su intervención en Afganistán ha caído en una notable crisis económica por culpa, sobre todo, del precio del petróleo, ha provocado un cierto retorno a los estilemas de las películas de los 70 que ha calado sobre todo, con notable profundidad, en el cine de género. De ahí que se haya recuperado la violencia realista, a veces rozando el gore, y subgéneros como el thriller político o el survival. El tipo de film que, sin embargo, parece no haber encontrado su lugar entre el público actual es el de los justicieros urbanos: ni el reflexivo intento de Neil Jordan con La extraña que hay en ti ni este acercamiento mucho más hardboiled de James Wan han funcionado en taquilla, hasta el punto de que este último ni siquiera tiene fecha de estreno en España.
Claro, que basta con ver el film para darse cuenta del por qué de su fracaso en taquilla. Y no nos referimos a la obsesión de Wan de recurrir a efectismos para remarcar sus intenciones dramáticas, pese a estar más contenido de la habitual, sino porque detrás de su aparente tono a lo Mickey Spillane, violento y fascistoide (pues, más que versionar la novela de Brian Garfield que le da nombre, remezcla la segunda limpieza a balazos de Charles Bronson en Yo soy la justicia), hay un discurso muy matizado sobre la violencia en la sociedad norteamericana, lleno de jugosos apuntes que lo alejan de los estereotipos más necios al respecto. Y es que, cuando llegan los títulos de crédito, el celuloide no ha planteado justificación pausible alguna con respecto a los actos de sus personajes, ni en uno ni en el otro sentido, sobre todo porque (tómese en su sentido religioso o simplemente casuístico: la cinta es ambigua al respecto) todas y cada una de las acciones tienen una reacción en consecuencia que revela que, a día de hoy, el hombre sigue siendo el enemigo más feroz y despiadado del propio hombre.
Poniéndonos un tanto cínicos, podríamos decir, pues que Death Sentence es algo así como el reverso perverso del buenrrollismo de Cadena de favores. Aunque habrá a quien le rechinen los dientes al oír tamaña afirmación, lo cierto es que el film está planteado como una tragedia clásica, en la que cada decisión (equivocada) que toman los personajes principales es un paso más hacia el derrumbe definitivo de su forma de vida. Lo interesante es que los estereotipos que parece plantear la trama se van perfilando a medida que transcurre ésta, y la división entre víctimas y verdugos se va difuminando cuando sus responsables dejan claro, como habíamos apuntado anteriormente, que todo lo que ocurre es consecuencia del momento de confusión, de furia y miedo que atenaza a la sociedad estadounidense.
Sorprenden, sin ir más lejos, los paralelismos establecidos entre los actantes, como las diferentes figuras paternales (ambas, curiosamente, equivocadas en la forma de asumir su rol) o el progresivo acercamiento entre el personaje de Kevin Bacon y el de Garrett Hedlund, mucho mejor perfilado por la interpretación del primero que por las torpes frases que lo remarcan en el guión. No falta, eso sí, acción de la buena, imparable, arrolladora, en la que la experiencia de Wan con el gore le permite no cortarse un pelo y en la que pesan tanto la influencia de los videojuegos (por momentos da la impresión de estar jugando a un shoot'em-up) como la de Taxi Driver, demasiado superficial y subrayada como para resultar realmente interesante. ¿Por qué no nos extraña que, de llegar a estrenarse en España, este film pase mucho más desapercibido que otros más irregulares pero mucho más inocuos como Soy leyenda?
a las
17:33
Llega la época de ponerse morado de turrones y polvorones, de cenas de empresa, comidas en familia y dejar el bolsillo temblando ante los montones de regalos a hacer... Aunque espero que ustedes, mis estimados lectores, tengan tiempo de ser felices y disfrutar aunque sea sólo un poquito de estas fiestas. Así se lo deseo de todo corazón. Claro, que si lo que necesitan es entretenimiento del bueno relacionado con la época, no pueden faltar en su videoteca clásicos como Gremlins (impagable la narración de Phoebe Cates de la muerte de su padre), Cuentos de ultratumba (atención a la versión de la historia And All Through the House de EC Comics, con ese Papá Noel psicópata acosando a Joan Collins), el remake de Navidades negras de Glen Morgan, esa pequeña y deliciosa joya que es Cuento de Navidad de Paco Plaza, la descacharrante El día de la bestia e inenarrables psicotronías como Game over, se acabó el juego, Noche de paz, noche de muerte o No abrir hasta Navidad. Verán lo a gustito que se les queda el cuerpo.
a las
08:00
Hay determinados festivales que, cuando concede premios, parecen crear una cierta corriente de opinión entre grupos de críticos muy concretos que, sin embargo, se vanaglorian de su espíritu alternativo. Y es que, si el León de Plata concedido el año pasado en Venecia parece justificar la defensa a ultranza de una de las peores películas que ha rodado Brian de Palma en unos cuantos años, la totalmente fallida Redacted (ah no, perdonen, que lo suyo es una reflexión metalingüística, como también debe serlo la lucha de Bela Lugosi contra un pulpo de goma en Bride of the Monster), en esta ocasión el afortunado es Ang Lee y su retorno a Oriente con Deseo, peligro, ganadora del último León de Oro. El resultado, digámoslo ya, es ligeramente superior a Brokeback Mountain, pero sufre el mismo problema que aquélla: una historia interesante, llena de sugerencias, está contada con una puesta en escena tan fría y distante que, excepto en los momentos más afortunados, mantienen demasiado alejado al público.
Desde el primer momento queda claro que, a la hora de acercarse al cine de espías, Lee ha tomado como modelo dos referencias capitales: Fritz Lang y, sobre todo y ante todo, Alfred Hitchcock. De hecho, Deseo, peligro está repleta de pequeñas referencias al llamado "mago del suspense", algunas tan directas como el cartel de Sospecha que adorna un cine, otras más esquinadas, como la relación rozando el proxenetismo entre Wong Chia Chi y Kuang Yu Min al estilo de la de Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados, o el asesinato en grupo que parece inspirado en la muerte de Wolfgang Kieling en Cortina rasgada. Lo que el director no parece haber asimilado, no obstante, es la capacidad de concreción narrativa de ambos maestros, ya que su film sufre un exceso de divagaciones que lastran un metraje que acaba pareciendo excesivo no ya por su duración, sino porque en demasiadas ocasiones da la impresión de que pierde el hilo de su propia profundidad.
Se ha comparado el film con las historias de amor contenido de Wong Kar-Wai (la presencia de Tony Leung obliga), pero la diferencia radica en que, en demasiadas ocasiones, Lee no sabe transmitir ese deseo oculto que supuestamente los personajes arrastran consigo. Ni siquiera mediante las escenas de sexo, más explícitas de lo que es habitual en el cine comercial pero que dan cierta sensación de falsedad, de coreografía. Decía un buen amigo, con toda la razón del mundo, que Paul Verhoeven transmitía mucha más sensualidad (y sexualidad) mostrando menos en El libro negro, precisamente porque su acercamiento al tema era natural, espontáneo. Lee se acerca al sexo cinematográfico con un exceso de respeto, casi con miedo, y el resultado parece demasiado planificado.
Lo que no significa, hay que remarcarlo, que Deseo, peligro sea una película despreciable. En absoluto. Como aquella maravillosa secuencia final de Brokeback Mountain, Ang Lee es capaz de conseguir momentos de una intensidad única, estremecedora (atención al encuentro en un restaurante japonés, y el conmovedor momento en que la protagonista interpreta una canción tradicional china), pero sin embargo no logra transmitir esa rotundidad al resto del metraje. A ello contribuye, como es evidente, su gran olfato para la dirección de actores, pues si bien no sorprende que pueda sacar tan magníficas prestaciones de Leung (pocas veces está mal el protagonista de Deseando amar), sí resulta admirable los matices que logra de la principiante Wei Tang, todo un descubrimiento a seguir.
a las
23:37
Hay que reconocer que adaptar la que, al menos para el que esto firma, es la obra maestra literaria de Richard Matheson no es precisamente una tarea fácil. La odisea interior de un hombre destrozado, alcoholizado, que se pasa casi toda la novela en soledad, destruyendo de forma sistemática a sus vecinos vampiros, puede parecer material venenoso para la taquilla. No es de extrañar, pues, que el proyecto de esta tercera adaptación de Soy leyenda haya dado vueltas y más vueltas hasta conseguir concretarse. Lo que uno no puede dejar de preguntarse es que, si existe un guión escrito (pero no producido) por el propio autor del libro original, que de no haberse interpuesto la censura británica habría sido rodado por la mismísima Hammer Films, ¿por qué dar tantas vueltas y contratar a varios guionistas (y más, unos tan temibles como Akiva Goldsman y Mark Protosevich) que no saben sacarle todo el partido a la jugosa premisa de Matheson?
Al fin y al cabo, el resultado final conseguido por Francis Lawrence es, a todas luces, frustrante. No porque sea tan infiel a la novela como El último hombre... vivo, que también, sino porque a pesar de ello consigue algunos momentos, determinados planos, que consiguen transmitir esa sensación de soledad absoluta, de frustración profunda, que tan eficazmente proyectaba la obra original. Pero allá donde Matheson sabía ser sutil, pero sobre todo maduro, los responsables de esta versión tiran de tópicos chuscos y facilones (como todos los lamentables momentos en que Will Smith se pone a hablar con unos maniquís como si fueran personas reales), intentando sin conseguirlo captar algo de la esencia de la acción prácticamente sin diálogos de la muy reivindicable Náufrago. El problema es que, a diferencia de la película de Zemeckis, las desventuras solitarias de esta versión moderna de Robert Neville son tremendamente soporíferas.
Pero ¿cómo encajar en un film que quiere ser tan pausado las inevitables escenas de acción para atraer al público palomitero? Quizá otro director buscaría la mejor forma de integrarlas en la puesta en escena, creando crescendos dramáticos, etc, etc... Pero ¿quién lo necesita cuando puede meterlas con calzador, como Lawrence? Momentos como la cacería de ciervos desde un Mustang rojo a toda velocidad (un coche muy molongui, sí, que nos hace preguntarnos por qué durante el resto del film el héroe se desplaza en un jeep) o el multitudinario ataque de los infectados al refugio de Neville cambian casi por completo el tono y el ritmo de la película, como si estuviéramos viendo un producto totalmente distinto. De hecho, el film ofrece continuamente esa sensación de acumulación de retales mal unidos, cosidos a costurones y con amplios huecos entre ellos.
Lo peor de Soy leyenda, sin embargo, es la pésima decisión de digitalizar a los infectados, que les resta todo atisbo de credibilidad, de inquietud y, lo que es más importante, de humanidad. Es difícil creerse la amenaza de unos seres tan pésimamente modelados y peor integrados en los entornos de la película. Claro, que no podía esperarse otra cosa de un film lo bastante churrimanguero como para que el protagonista se compare a sí mismo con Bob Marley (sic), para intentar copiar al Shyamalan de Señales justificando lo ocurrido por una intervención divina (positiva, ojo) y, sobre todo, para que de nuevo vuelva a ignorarse el sentido del título original, por mucho que se le busque a éste una nueva justificación. ¿Por qué no han llamado a la película The Omega Man, si tiene más que ver con el film protagonizado por Charlton Heston que con la obra de Richard Matheson?
a las
12:10
Lo más agradecido de hacer estudios extensivos de determinados autores es descubrir (o redescubrir) pequeñas joyas cinematográficas o televisivas casi olvidadas, como el broche final de la irregularísima película de episodios que en nuestro país se editó como Los enigmas de Karen (en un alarde de ingenio del distribuidor, ya que Karen Black interpreta a las protagonistas de las tres historias), pero todo el mundo conoce como Trilogy of Terror. Se trata de la única con guión del gran Richard Matheson, según su historia corta Presa (las otras son adaptaciones de relatos del escritor firmadas por William F. Nolan), y una auténtica delicia para los aficionados al género, con una heroína en apuros enfrentándose a un ídolo Zuni agresivo y gruñón que no duda en hacerle pupita a la más mínima con su afilado minimachete.
Claro que, para impagable, su brillante final, que con sencillez y un punto de mala leche consigue insinuar en un solo plano lo que Matheson dejaba caer por escrito... La aparatosa ortodoncia sólo es un complemento para los golpes de machete y la mirada perdida de la Black, que le dan el auténtico tono al momento.
a las
12:36
Hay que reconocer que es un gustazo que el paso del tiempo te vaya dando la razón. No hace tantos años, la mayor parte de la comunidad cinéfila ponía invariablemente a parir este acercamiento de Ang Lee al universo del personaje creado por Stan Lee y Jack Kirby, pero últimamente que ha surgido una especie de movimiento de defensa de la misma por parte de críticos que parecen haberla redescubierto. No seré lo bastante malo como para pensar que algunos de esos señores ni siquiera se habían molestado en ver la película, pero es justo señalar que todas las virtudes que ahora se le achacan siempre han estado allí, desde el primer momento. Algún día deberá explicarme alguien por qué una obra mucho más imperfecta como Batman Begins fue elevada a los altares, mientras esta concepción adulta y abiertamente shakespeariana de uno de los superhéroes más entrañables de la Marvel fue machacada sin piedad.
Lo que no significa, claro, que Hulk sea perfecta: su gran fallo es, precisamente, que Lee se ve obligado a jugar de vez en cuando las cartas de las adaptaciones de superhéroes, introduciendo escenas de acción innecesarias y, lo que es peor, con violencia light (esos soldados saliendo tambaleantes de los tanques destrozados, cual malosos de El Equipo A...) para llegar a todos los públicos. Pero es un peaje inevitable que el director tiene que pagar para poder llevar a cabo esta reexploración del mito del monstruo incomprendido, desgraciado, que tan bien explotó James Whale en su díptico sobre el doctor Frankenstein, pero desde una perspectiva hondamente psicoanalítica, reflexiva, en la que los accidentes con rayos gamma y los experimentos genéticos sólo son el desencadenante de una rabia interior, un conflicto traumático que hace que Bruce Banner se cree continuamente una coraza, ya sea en forma de frialdad y distanciamento o de monstruo verde altamente destructivo.
Un enfoque del personaje, por otro lado, muy relacionado con los momentos más reflexivos de la etapa en la serie regular del personaje del guionista Peter David, que tuvo la habilidad de saber amalgamar y dar mayor coherencia a algunas de las ideas planteadas (pero no desarrolladas) por autores anteriores. Él fue quien exploró más a fondo la animadversión entre padre e hijo que, en el film, Lee y su guionista James Schamus convierten en carne de tragedia griega (atención al momento en el hangar al final del film, bellísimo homenaje al teatro clásico), a lo que ayuda la magnífica interpretación de un Eric Bana que ya daba muestras de su talla como actor (aunque hubo despistados, cómo no, que confundieron su contención con inexpresividad) y un Nick Nolte que, pese a estar algo pasado de vueltas, es capaz de otorgar presencia y gravedad a su personaje. A ellos se une una Jennifer Connelly arrebatadora, angelical, que nutre sus apariciones de esa calidez maternal que Betty Ross demandaba.
Mención aparte merece el montaje introducido en Hulk por Lee, una de las propuestas más atrevidas que ha dado el cine comercial norteamericano, y que intentaba llevar a la pantalla algunas soluciones visuales inspiradas en el lenguaje del cómic. No deja de ser sorprendente que a quienes se les llena la boca con la necesidad de hacer evolucionar el lenguaje y la forma de narrar historias se les pasara por alto semejante valentía, que aunque en algunos momentos resulte excesiva e incluso cargante, resulta mucho más interesante que algunos experimentos supuestamente resistentes que llevan a cabo algunos directores demasiado pagados de sí mismos. Y es que, sin ánimo de soltar una boutade, aquí la capacidad creadora de Ang Lee brilla mucho más que en la muy aburridota Brokeback Mountain.
a las
23:06
