zombie y su tyrannosaurus rex

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Tras muchas especulaciones, teorías y esperanzas, por fin ha aparecido una imagen (que tiene toda la pinta de ser artwork previo para estimular las ventas internacionales) que nos permite intuir que, como ya se había especulado anteriormente, el próximo proyecto de Rob Zombie será una adaptación de su colaboración comiquera con Steve Niles, El clavo. Coincide la ambientación setentera, y la imagen tanto del personaje central como de sus acompañantes (claro está, con un enfoque más realista que el ofrecido por los dibujos de Nat Jones) se corresponde con el luchador de wrestling Rex Hauser y sus compañeros de desventuras. Si el director pule un poco el argumento, y lo acerca todavía más a su particular estilo, podemos estar ante una joyita que podría estar a la altura de su magnífica Los renegados del diablo. Veremos qué nos depara su retorcida imaginación.

Ya puestos a adaptar su trabajo comiquero, también sería interesante ver llevada a la gran pantalla su colaboración con Niles y Richard Corben, Bigfoot, otro divertido homenaje al cine de los 70 que, con algunos matices a lo Zombie, podría ser una joyita de ésas que arrasa en el Festival de Sitges.

el incidente

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Aunque su anterior La joven del agua tiene recalcitrantes defensores (incluido algún muy buen amigo), para quien esto firma se trataba de un evidente, y casi diríamos que necesario, paso en falso de un autor en camino de cambio, de reevaluación de su propio estilo, que estaba intentando romper las expectativas puestas sobre él: algo que, aunque muchos no entendieron en su momento, ya intentó (y logró) con la apasionante El bosque. En ese sentido hay que entender su nueva propuesta, El incidente: quizás sea la ocasión en que Shyamalan se ha acercado más al cine de Quentin Tarantino, entendiendo éste como una apuesta franca, abierta, por una idea totalmente posmoderna del cine, en el que las imágenes se construyen a partir de formas y modelos anteriores aunque, eso sí, dándoles la vuelta, personalizándolas con la visión particular del propio autor.

En esta ocasión, el objetivo del director indio ha sido recuperar el espíritu de serie B, algo apreciable desde el primer instante de metraje, con una historia que va al grano y mantiene un ritmo constante en sus ajustadísimos 90 minutos de duración. Pero Shyamalan va más allá, pues además llena la película de diálogos que rozan lo absurdo, y dirige a los actores para sacar de ellos interpretaciones cuadriculadas, rozando la caricatura, en evidente referencia a los films del Hollywood de los 50 pensados exclusivamente para los programas dobles (¿o acaso puede verse ese plano tan forzado del iPhone sin darse cuenta de que está mal hecho a propósito?). El problema está en que, pese a tan deliciosa intención, el autor se demuestra incapaz de hacer al público mayoritario partícipe de su juego, quizás porque la fotografía de Tak Fujimoto apuesta por un realismo que no acaba de dejar clara la orientación de la película, lo que ha provocado la acogida tan negativa y el aluvión de críticas negativas hacia ésta. Pero ¿la culpa es de Shymalan por no obviar lo suficiente sus intenciones, o de los espectadores por no saber captarlas?

Pero incluso considerando El incidente como un film fallido (que, en opinión del autor de estas líneas, no lo es), si se dejan a un lado esas formas de buscado aire trash, siguen brillando suficientes de las habituales virtudes del director indio como para apreciar su trabajo al respecto. Sin ir más lejos, las escenas de suicidio colectivo son de las más inquietantemente directas del cine de Shyamalan, que parece tender a quitarse de encima el sambenito de autor sutil a lo Jacques Tourneur para optar por una flexibilidad genérica mucho más estimulante. Y aun así, es difícil pensar en otro director estadounidense, sin contar a David Lynch, que utilice el sonido de forma tan abrumadora como Shyamalan: la brutalidad de la secuencia del suicidio de los albañiles está en cómo suenan los cuerpos al estrellarse contra el suelo, igual que, en otro momento de la película, demuestra cómo un detalle tan irrisorio como un columpio puede llegar a destrozar los nervios como fondo sonoro.

Por si alguien todavía no lo tenía claro, este nuevo trabajo de Shyamalan le certifica como un autor en perpetua huida de su propio éxito. Lo que está claro es que precisamente por esa lucha continua contra la clasificación, contra el ser metido dentro de un saco, es lo que está poniéndole en contra a los que antes le profesaban admiración incondicional. No hay duda de que el tiempo, y la perspectiva sobre su carrera, acabará colocando El incidente allá donde se merece. Pero, desde luego, que un director que ha vivido una experiencia tan nefasta como La joven del agua se atreva a llevar adelante un proyecto tan valiente, tan extremadamente arriesgado, en el que incluso reflexiona en voz alta sobre cuál es el mayor problema de nuestro planeta (y no, no es el ser humano per se, sino la pérdida de su respeto y su conexión con la naturaleza que le rodea), es digno de admiración. Y de que, una vez superada esta fiebre crítica, se revise un film que, sin ser perfecto, resulta mucho más interesante que otros estrenos mucho más laureados.

la difícil posición del crítico

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Uno de los (tantísimos) errores de juicio que se cometen respecto a los críticos cinematográficos es suponer que no tiene ni idea del trabajo que supone llevar un proyecto adelante. Es, sin duda, reconfortante apoyarse en el “este tío no tiene ni idea” para asumir una mala crítica, pero la realidad suele ser bien distinta. Para dedicarse a esto, o al menos a hacerlo con cierta seriedad y compromiso, es imprescindible aislarse del hecho de que, incluso detrás de las peores películas, ha habido un grupo de personas ilusionadas, algunos seguramente muy profesionales, que han intentado hacerlo lo mejor posible. Hay que emitir un juicio dejando a un lado, al menos a priori, esa posible empatía personal, para poder ser lo más ecuánimes posibles. Pero eso supone una implacabilidad que, es evidente, los implicados en los proyectos asumen como endiosamiento, como si miraras a los demás por encima del hombro.

Mantener ese, digamos, “aislamiento” era más fácil para los críticos de la vieja escuela, que podían ignorar las opiniones de directores, guionistas y demás. Hoy en día, con la popularización de internet, es prácticamente imposible, y de hecho hace más difícil conseguir esa distancia (que no objetividad, ojo: aplicar semejante término a un género opinativo es una auténtica burrada). Por eso hacer críticas sobre cine español es, a día de hoy, un trabajo mucho más denostado, porque supone arriesgarse a ponerse en contra a aquellos que, habiendo intervenido en el proyecto, se sientan tratados injustamente por el texto realizado. El problema es, precisamente, que se ha creado una imagen de los críticos como personas altivas, inexpugnables, que precisamente habría que romper gracias a la facilidad de comunicación que proporciona internet (algo que ya utilizan muchísimos directores), abriendo la posibilidad de matizar las reflexiones puestas sobre el papel, de debatir y aclarar puntos, de hacer ver a los implicados que tu opinión no es un capricho momentáneo, sino fruto de una reflexión profunda y que, de todas maneras, tiene que tomarse como lo que es: algo subjetivo, no un dogma ni una verdad absoluta, pero que puede resultar una buena guía para saber qué ha podido fallar en determinados productos.

sobreviviendo

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No quisiera que los lectores habituales de este, su blog, pensaran que el autor lo ha dejado abandonaíto, ni que se ha tomado unas largas vacaciones sin decirle nada a nadie. Qué más quisiera. Lo que ocurre es que estoy atravesando uno de los picos de trabajo más bestias del año, que implica trabajar sin descanso de sol a sol con el objetivo de dejar listos algunos de los trabajos más ilusionantes del año… Lástima que, a cambio, uno haya de sentirse tan irremediablemente agotado. Pero, eso sí, feliz.

Lo bueno de este verano sin vacaciones es que, antes de que queramos darnos cuenta, ya tendremos encima el Festival de Sitges, que este año promete ser uno de los más memorables de los últimos tiempos. Y no lo digo por las películas, que también, sino por la muy grata compañía. Ellos ya saben de quién hablo.