"La catarata de premios, incluidos Globos de Oro y Oscars, que ha obtenido su último filme, Slumdog Millionaire, han colocado de nuevo en el candelero a este director británico de carrera irregular, en la que ha alternado grandes éxitos con fracasos estrepitosos. Generalmente considerado un mero ilustrador, en realidad su implicación en los guiones que ha llevado a la gran pantalla crea una cierta coherencia temática en su obra"
Número 387 de la revista Dirigido Por, en los kioscos de toda España.
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Lo reconozco. Tenía mis dudas sobre si, con la crisis galopante que tenemos encima, Madrid iba a poder disfrutar este año de la simpaticota Muestra Sci-Fi de Cine Fantástico. Afortunadamente, estaba equivocado, y del 5 al 8 de marzo se podrá disfrutar en el Cine Palafox de una selección de joyas del género, donde destacan rutilantes estrenos como Watchmen, Inju, El vagón de la muerte y Underworld 3: La rebelión de los licántropos, a los que se añade una muestra de algunos de los títulos estrella del pasado Sitges, donde se incluyen las dos mejores películas del Festival, Vinyan y Déjame entrar, así como The Chaser, Eden Lake, Martyrs, The Chaser, Surveillance, 20th Century Boys, The Cottage y Splinter. Además, se recupera también una exposición de efectos especiales de Tomoo Haraguchi que pasó por la última Semana de Terror de San Sebastián. La programación completa, con sus horarios, la podéis encontrar aquí.
Las películas estarán presentadas, de nuevo, por la ya imprescindible Leticia Dolera. Y yo, también de nuevo, estaré por allí, para ver a amigos y colegas y, sobre todo, para disfrutar (o redisfrutar, en el caso de lo ya visto en Sitges) de la suculenta programación. ¡Hay ganas!
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Aunque siempre habrá quien me acuse de pedante e intelectualoide por buscar las lecturas sociopolíticas del cine de terror moderno (ya se sabe que un género de entretenimiento como éste no puede tener subtextos... ¡Dios nos libre!), pero está claro que el formidable éxito de taquilla de dos propuestas como Viernes 13 (2009) y My Bloody Valentine no responde a la casualidad. Cuando algunos auguraban la decadencia del género tal y como lo han desarrollado en los últimos años Zombie, Aja, Roth o Wan, entre otros, resurge con más fuerza que nunca en forma de revival de las tendencias de los 80. Y es que a la oscura segunda legislatura de George W. Bush, que ya deprimió al país lo suficiente como para que los jóvenes buscaran una cierta catarsis colectiva a través del consumo de productos terroríficos, le ha seguido algo todavía más inquietante: la crisis económica global. Así, de la misma manera que el crack del 29, además de llevar más gente al cine para olvidar la amarga realidad reinante, canalizó la frustración del público en la creación de los monstruos de la Universal, ahora está ocurriendo lo mismo con los serial killers ochenteros. ¿A quién le puede extrañar, pues, que los Weinstein hayan empujado a Zombie a rodar una secuela exprés de su Halloween? Ahora es el momento ideal para ello.
De hecho, las dos películas que nos ocupan tienen muy clara su vocación de entretenimiento palomitero, capaz de hacer olvidar a su público de los problemas reales, y no se esconden de ello. Como en los clásicos más granados del slasher, abunda la anatomía femenina al aire libre y, por supuesto, las muertes cruentas, espectaculares y muy, muy explícitas. Ésa es la clave de ambos films, y el resto es tan accesorio que, de hecho, sus jóvenes actores no destacan por la calidad de sus interpretaciones (más bien al contrario), sino por lo bien que ejercen de carne de cañón para el psicópata de turno. Curiosamente los dos asesinos, tanto Jason Voorhees como Harry Warden, funcionan en sus ficciones no sólo como individuos, sino también como cuentos de terror, como mitos compartidos. Y es que, al fin y al cabo, resulta más tranquilizador que el Mal tenga cara y ojos reconocibles a que sea un completo desconocido (sobre todo si tiene que enfrentarse a los hermanos de Sobrenatural, Jared Padalecki y Jensen Ackles, protagonistas de ambos films).
Hablando de Viernes 13, me sorprende la fría acogida que se le ha dispensado a la película. Se ha comparado hasta la extenuación con el otro remake terrorífico realizado por su director, La matanza de Texas, lo cual resulta absurdo porque aquel film estaba basado en una película magnífica, mientras la que nos ocupa se inspira en una saga llena de deficiencias. Y lo cierto es que Nispel las respeta todas con un cuidado exquisito, elaborando un producto sencillo y directo que ofrece lo que, en teoría, se esperaba de él: muertes espantosas, sentido del humor y algún que otro pecho. Pero además, tanto los guionistas como el director se permiten algunas acotaciones, repletas de humor negro, que hacen todavía más divertido el film. Me refiero, por ejemplo, a todo el periplo del personaje de Padalecki en busca de su hermana, que sirve para que el espectador entienda el entorno redneck en el que se ha criado Jason, o la presencia de un matamoscas eléctrico que, es evidente, metaforiza cómo los jovenzuelos van a caer uno a uno en las redes del asesino. En cuanto a los cambios introducidos en éste, personalmente creo que son a mejor: no sólo se ha recuperado su naturaleza humana, que lo convierte en un figura más realista y, por lo tanto, más inquietante, sino que se ha simplificado el mito para recuperar lo que nunca debería haber dejado de ser, un hillbilly traumatizado por la muerte de su madre.
Mientras Viernes 13 responde más a los esquemas del slasher puro y duro, en cambio My Bloody Valentine prefiere acercarse a la hibridación con el giallo que se dio sobre todo a finales de los 70 y principios de los 80. Por eso se reserva la auténtica identidad del asesino hasta el final, y por eso también juega con sus apariciones: la influencia de Aja y su Alta tensión está clara en la tensión obtenida al jugar con la respiración y el ruido de las botas del falso Warden. Lo cierto es que Lussier no lo tenía muy complicado para superar al original de George Mihalka, más popular por la icónica imagen de su asesino que por su (ínfima) calidad, y lo logra con un film funcional y entretenido, en apariencia más circunspecto que el de Nispel pero igual de desinhibido. La mala leche con la que están retratados todos los personajes (no hay ni uno que resulte simpático, lo que ayuda a que todos resulten sospechosos) y la brutalidad de las muertes, aún más radical que en Viernes 13 (¡y en 3D!), lo convierten en un entretenimiento de primera, pero además tiene una doble baza interpretativa: los veteranos Tom Atkins y Kevin Tighe, que saben hacer interesantes unos personajes que no daban para más. Como la (previsible) sorpresa final, más o menos.
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Un buen amigo comentaba no hace mucho que Darren Aranofsky se ha convertido en uno de los grandes cineastas del dolor. A lo que yo añadiría, por supuesto sin quitarle validez a su afirmación, que también que es un magnífico retratista de la pérdida. De la misma manera que los protagonistas de Réquiem por un sueño perdían las riendas de su vida por culpa de las drogas, y el héroe de (déjenme repetirlo, maravillosa, mal a quien le pese) La fuente de la vida perdía a su mujer, paradójicamente, por intentar salvarla, el luchador de wrestling que interpreta Mickey Rourke en su nueva película lo ha perdido todo en su vida por aferrarse a un tiempo que ya no volverá. Y, como todos los demás personajes de Aranofsky, la suya es una historia de decadencia, de disolución progresiva, pero sobre todo de choque frontal de un individuo incapaz de encajar en el lugar en el que la sociedad intenta colocarlo.
A pesar del minimalismo estético y narrativo de esta nueva propuesta, que está en las antípodas de la exuberancia visual del film protagonizado por Hugh Jackman, el director sigue siendo capaz de crear con sus imágenes una sensación acongojante, casi claustrofóbica, sobre todo gracias a su atención al detalle, a su capacidad de reproducir en toda su crudeza la parte más sórdida de la sociedad estadounidense. Su mirada a ras de suelo, rabiosamente desencantada, sobre el mundo del wrestling, encuentra gran parte de su fuerza en el trabajo de Maryse Alberti, directora de fotografía especializada en documental que ayuda a Aranosfky a explotar el verismo que le aporta la imagen llena de grano del formato 16 mm. A lo que ayudan los inmersivos travellings de seguimiento a Rourke desde su espalda, reminiscentes de Elephant, de Gus Van Sant, que junto a las sencillas melodías de Clint Mansell provocan una sensación de tristeza infinita hacia los acontecimientos del film.
De hecho, la elección de Mickey Rourke para protagonizar El luchador es un golpe de genio, una de las decisiones creativas que le dan un sentido pleno a la película. No sólo porque su rostro ajado, destrozado por las cirugías, y ese físico hipertrofiado que ya había lucido en otros films, se ajusten perfectamente a Randy "The Ram" Robinson. Sobre todo, porque sus paralelismos personales con el personaje son evidentes (ambos fueron figuras públicas durante los 80 antes de caer en el olvido, y han tenido que sufrir los excesos de una vida desordenada y disoluta), lo que permite cargar su interpretación de una carga de autencidad, a pesar de la limitada expresividad que le permite su operadísimo rostro, que hace inevitable que el espectador se sienta conmovido. De la misma manera que los espléndidos 45 años de Marisa Tomei, esa actriz que el mundo del cine parece haber descubierto en los últimos años, le permiten aportar a su papel todo el bagaje de su trayectoria vital.
Hay quien ha hecho lecturas políticas de la película que, es cierto, son muy factibles (además, ya se sabe, la llegada de Obama a la presidencia y la salida de Bush ha reavivado el interés por lo político), aunque personalmente me parece que el mensaje que Aranofsky quiere transmitir es, sobre todo social. Y es que El luchador es la crónica de los despojos que crea nuestra sociedad del espectáculo, que tal y como encumbra a alguien, lo olvida con la misma facilidad, sobre todo si la edad parece dejarle en inferioridad de condiciones respecto a los más jóvenes. Así, no es sólo un toque de atención a la millonaria industria del wrestling, sino también a la de Hollywood, que nunca se ha cortado en dar la espalda a sus estrellas favoritas una vez éstas han caído en desgracia (como bien puede decir Rourke). Sin duda, la metáfora más hermosa del film es la escena en que el protagonista juega con un niño una partida a un título de wrestling (donde aparece él como personaje) de una vetusta Nintendo, mientras el pequeño, que maneja el mando sin demasiado interés, le glosa las excelencias de Call of Duty 4: Modern Warfare. Los más jóvenes no tienen piedad alguna con las viejas glorias.
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Como ya ocurrió con la primera parte del film, Filmax está llevando con absoluto secretismo todo lo relacionado con la secuela de su mayor éxito reciente, [Rec]. Todavía en proceso de montaje, y previendo una fecha de estreno que permite a Jaume Balagueró y Paco Plaza estrenar su nuevo trabajo en el Festival de Sitges, de momento podemos degustar este simpático teaser que, como su nombre indica, no revela nada, pero pone los dientes largos. ¡Queremos más zombis!
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A los lectores habituales de este blog no les sorprenderá si les digo que mi ausencia de las últimas semanas se basa única y exclusivamente al exceso de trabajo... De lo que, viendo como está el patio con la tan cacareada crisis económica, no me voy a quejar. Lo tengo complicado, pues, para actualizar a menudo, aunque no me he podido resistir a escribir unas líneas para presentar el primer teaser del nuevo trabajo de Quentin Tarantino, Inglorious Basterds. Babeen a gusto.
Y ya puestos, me permito recomendarles que se pasen por sendos proyectos en los que estoy implicado como periodista, dos blogs tecnológicos llamados Thinkinblu y RodandoBoy. El primero está dedicado al mundo de la alta definición doméstica, con el Blu-ray como excusa principal, mientras el segundo ofrece consejos y noticias para gente que se quiera iniciar en el rodaje en vídeo: lo interesante es que vamos a ir ofreciendo consejos básicos, pero esenciales, en formato YouTube y de una forma amena y simpática. Os dejo un ejemplo de por dónde van a ir, más o menos, los tiros.
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